miércoles, 19 de diciembre de 2012

ARTÌCULOS DE ROCK - THE DOORS EN MÈXICO (El Fòrum D.F., 1969)



ENCIENDE MI FUEGO




Con el "Fórum" de Javier Castro a reventar, pletórico de juventud popis dió comienzo el espectáculo al presentar Mario Olmos un "light show" a base de transparencias de varios conciertos de rock (del Canned Heat, Hendix, Bloomfield, Kooper, etc., menos de los Doors) y con música de fondo de los increíbles Blood, Sweat & Tears (que siguen a Los Doors en las listas de los rockanroleros contratados por el Fórum), poniendo a todo el mundo en la mejor disposición para aplaudir a rabiar a "Las Puertas de la Percepción".

 
De pronto se hizo la obscuridad completa, se escuchó la batería de John Densmore (el corazón nos latía más fuerte) y la guitarra de Krieger se afinaba con el órgano de Manzarek (los nervios se apoderaron del ambiente). Pronto el reflector rojizo iluminó la escena descubriendo a un fulano de enorme barba y melena ocupando el lugar de Morrison, quien comenzó a jadear comiéndose casi el micrófono. Era Morrison.

Un terrible, dramático, esquizofrénico, erótico y enfermizo rock subterráneo, "Five to One", empezó a desgarrar la garganta de un Morrison completamente distinto a la imagen idolatrada por sus fans. Cantaba con los ojos cerrados, "limpiándose" los bigotes a cada instante, agarrado (ese es el término) con desesperación al micrófono y secundado increíblemente por la precisión sin paralelo de sus estupendos músicos de rock.

Muy de vez en cuando, Morrison abría sus ojos obscuros, con expresión de sorpresa, quizás por no escuchar gritos, aplausos o exclamaciones por su interpretación insana, provocativa, insinuante, destructiva y tremendamente introspectiva.

Pero su show era preciso, muy serio, muy profesional. Estupendo. Termina la pieza. Aplauso fuerte, desconcertado, esperanzado. Empieza otro rock super-subterráneo, Morrison hincado y con la cabeza metida en el boom de la batería de Densmore, y el pie de éste golpendo el cuero sin piedad. Morrison pega un salto felino (y teatral) e intenta destrozar a gritos y aullidos las 48 bocinas que trataban de hacer vibrar a la juventud popis mexicana.
Termina "When the musicís over". Nuevo aplauso. Fuerte. Esperanzado.

Con ademanes ridículos, Jim lee unas palabras en español y el público celebra calurosamente el cotorreo. "Quiero presentarles a mis músicos" -dijo, contoneándose-, "Roberto Krieger en la guitarra, Juan Densmore en la batería y Ray Manzarek en el órgano... y yo soy... ¡Fidel Castro!", más aplausos y ahí comenzó a declinar el show. Primeramente nos tenían apantallados Los Doors con su onda superunderground y la increíble precisión y agresividad de todos sus integrantes. 


Después de la presentación semi-cómica, los Doors se perdieron en una serie de interpretaciones que, salvo contados chispazos que lograban emocionarnos, adoptaron una línea pareja-declinante del show, al no encontrar comunicación con el público. "Break on through" y se escuchan chillidos aislados. Gusta el primer hit que tuvieron Los Doors y Morrison se emociona, hace la señal de la "V" indicando "por fin estamos en onda", pero no fue así. Dos números más y no pasa nada.

Morrison viaja frecuentemente al fondo del foro a tomar cerveza (pose), se tambalea (pose) y pone cara de pasado (más pose). "Touch me" levanta aplausos y sube un poco el ambiente. Manzarek por sí solo es todo un show. No se le ve el rostro, tapado completamente por una cabellera dorada,, ondulada, limpia y sedosa que lleva el ritmazo increíble que implica, con todo su ser, al órgano. Encorvado, con las garras crispadas (la izquierda arriba, la derecha abajo) aporrea el teclado con furia salvaje. ¡No hay quien lo iguale en el órgano! El baterista es lo mejor que hemos visto. Violento y efusivo en sus tambores. El requinto domina a la perfección la técnica sicodélica-distorsionante en forma casi infernal.

Jim Morrison es un mito. Su figura había llegado hasta nosotros desfigurada por la leyenda de "Morrison el sucio", de quien se decían atrocidades y se narraban los más increíbles atrevimientos en su show, que era tan sexy o más que Mick Jagger o el de Elvis Presley. Mentira, Morrison no estuvo a la altura de su mito, de su imagen, de su leyenda. Quiso excitar y escandalizar, pero no lo logró.

Cantó muy bien. Tiene una voz magnífica y una fogosidad y agresividad tremendas, pero su show no convenció a nadie. Estuvo bien, quizá estuvo muy bien, pero esperábamos que estuviera demasiado bien, increíble, lo máximo, incomparable!!!. "Suenan las notas de "Light my fire" (Enciende mi fuego) y todos nos entusiasmamos. ¡Y Morrison no puede con el paquete! Su voz suena insegura, fingida. Desconcierta a los otros Doors y la pieza se desploma, se viene abajo arrastrando a Las Puertas en su derrumbe.

Al terminar Morrison y compañía huyen despavoridos, casi diríamos que avergonzados de la escena y en los rostros desconcertados y desilusionados de los cientos de parejitas juveniles que llenaban el "Fórum", se podía leer claramente: "APAGA MI FUEGO" Lástima. No hubo onda".

Finalmente, un año después, en julio de 1970, Jim Morrison sin los otros Doors, volvió a visitar México, invitado en esta ocasión por el mismo Mario Olmos, que seguía en la necia de promover conciertos de rock. Para entonces había contratado a los grupos Kimberly y Tower of Power, de San Francisco, para que tocaran en el Quid, otro centro nocturno de la ciudad de México. 


Invitó a Morrison a asistir a los conciertos y éste aceptó. Sólo venía acompañado de su amigo, el fotógrafo Frank Lisciandro. En el Quid, mientras tocaba el grupo abridor, los mexicanos de Love Army, Morrison se subió al escenario a palomear y se cayó encima de la batería, pero sin percances que lamentar. Luego fueron a otros centro nocturno, el Maximís, pero allí no se subió al escenario, nada más lo presentaron como invitado especial. Era el impredecible Morrison de incògnito. El huèsped azteca, "the dark passenger".
 

Fuente: crònica de Raul Velazco para El Heraldo de Mèxico (Julio de 1970)

No hay comentarios:

Publicar un comentario