jueves, 31 de enero de 2013

ARTÍCULOS - ALMENDRA, POR LUIS ALBERTO SPINETTA (Revista Rebelde)



 


ERÁMOS TAN BEATS


Todo comienza en un cumpleaños de 15 de una prima. Uno de los invitados era pianista, y tenía un grupo llamado The Larkins, que ensayaba muy cerca de mi casa y donde Rodolfo (García) tocaba la batería. Un día me fui a uno de sus ensayos, medio con la mirada rectora de mis padres porque ellos sabían que era el paso decisivo, y cuando entré en esa piecita donde ensayaban los quías y escuché un tipo que cantaba, un bajo, una batería y la guitarra eléctrica, capoté totalmente. Nunca había visto guitarras eléctricas de cerca, siempre españolas o criollas. A partir de ahí me atrapó ese sonido que es un emblema para mí: bajo, batería y guitarra.



Cuando empecé a hacer mis primeros rocks, me parecía imposible llegar a componer alguna canción como las de Los Beatles de ese período, porque eran canciones que rompían con todos los esquemas. Aun hoy analizo los acordes que usaban y son piezas tremendas: la simplicidad que tienen y la riqueza, que es tremenda. Los Stones me resultaban más fáciles, menos cambios de acordes y más ritmo. Yo amaba ambas cosas, pero Los Beatles siempre un poco más.
Sentíamos una ola de cosas que hablaban en castellano, sabíamos que existían Los Gatos Salvajes, Billy Bond... Medio que de ahí salió que nuestra música iba a ser en castellano. En esa etapa ya tenía compuesta “Plegaria para un niño dormido” o la zamba que después hice en Kamikaze (“Barro tal vez”). Lo nuestro era que queríamos ser todo a la vez: Piazzolla, Los Beatles, Los Doble Seis de París. Ibamos a escuchar jazz, nos gustaba el folklore de vanguardia, en ese momento venía Waldo de Los Ríos con sonidos electrónicos y era descomunal, lo veía por televisión y me ponía a llorar porque decía: “Esto también es vanguardia”. Escuchábamos a Rovira, a Mederos, un montón de música que no era El Club del Clan. De todas esas conversaciones y horas perdidas, de todas esas cartas con Rodolfo, parte la premisa de crear una música con una libertad de horizonte total. Almendra no fue una casualidad.

En tercer año no me fue muy bien, y cuarto y quinto los hice de taquito. Era en el Instituto San Román, un colegio con una modalidad bastante represiva, sobre todo en cosas sutiles. Yo era miembro del coro de la iglesia, todos los domingos a las ocho de la mañana iba a cantar, y subía esa escalera de caracol que me llevaba al órgano, y estaba la monjita, y todos los cabezones dormidos cantando, porque los sábados a la noche con Emilio y los chicos era una romería hasta caer muertos a las seis de la mañana. Una vez nos llevaron en cana en Juramento, porque estábamos cantando “Plegaria”. Cayó la taquería, menores de edad, adentro. Yo me sentía como un turco en la neblina frente a millones de cosas, pero con Emilio sabíamos que ya se terminaba esa etapa: de ahí nos íbamos a arquitectura, que fue la carrera que elegimos para empezar, después hicimos un año en Bellas Artes juntos, con muy buenas notas, y cuando Edelmiro zafa de la colimba estamos todos servidos, y empezamos a ensayar.


No teníamos tiempo para las pibas, para nada que no fuera música o ir a ver una exposición o saber algo nuevo, leer a Cortázar y a Sabato. Igual íbamos a fiestas con Emilio, pero empezábamos a hablar de Nietzsche y, en vez de bailar, estábamos hasta las seis de la mañana hablando con una flaca, y que no nos dijeran nada en contra de Los Beatles porque incendiábamos al que hablaba. En esas cosas se veían las diferencias. Yo era superenamoradizo, caía por todas las minas bíblicas que veía, me decía: “Por fin te encontré, mi amor”. Había un lirismo y una virginidad tal que después se fueron desatando los colmillos.

El que más calle tenía era Rodolfo, que laburaba y hacía una vida diferente de la nuestra, que era más la de un estudiante secundario. Él nos contactaba con las maravillas que había en ese momento para curtir, desde los programas de radio que pasaban mejor música a las novedades de los grupos americanos. Era medio incontrolable, pero siempre estábamos reunidos en una casa. Cuando íbamos a ver jazz, lo hacíamos en horarios que no nos complicaran la existencia. Nosotros éramos púberes que estábamos en una rara. No nos pasaban las cosas que vivieron los pibes de La Cueva, Javier (Martínez) o Tanguito o Lito (Nebbia), que sí son realmente pioneros en ese sentido: estaban en asuntos más de la noche, tocaban en la calle y venía la licuadora a decirles “Si no se van todos de acá, caen todos en cana”.
Lo del nombre fue una cosa que nos llevó meses, porque nosotros nos habíamos puesto nombres terribles: Vicuña, no sé, cada cosa... Hasta que Rodolfo y Emilio dijeron: “Ya está el nombre, es Almendra”. Y fue como encontrar “Eureka”. Nadie dijo: “Me parece que no”. En ese momento ya estaba la onda de que los grupos no tuvieran el “Los” adelante. Había salido el libro de Yoko Ono, Pomelo. Y Marmalade, y toda una moda de no poner más “Los” antes del nombre.


Fuente: "Rebelde, el rock argentino en los ’70" (www.dospotencias.com.ar)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada