miércoles, 17 de septiembre de 2014

ARTÌCULOS - IN MEMORIAM - GUSTAVO CERATI: VUELTA POR EL UNIVERSO (Suplemento Radar - Pàgina/12, 7.9.14) // Parte II










PODER DECIR ADIÓS

Por Mariano del Mazo

 El arco de la vida artística de Gustavo Cerati, antes de la sorprendente escala de los cuatro años en coma tras sufrir un ACV, comenzó en los inicios de la democracia. Fue uno de los héroes posmodernos que al frente de Soda Stereo disolverían los últimos nudos del rock hippie y libertario, plantando la bandera del placer y la extrañeza, la reivindicación del artificio, una nueva pose y un nuevo look. Durante años, el clásico binarismo del rock nacional lo enfrentó a Luca Prodan, al Indio Solari y al rock más duro de las tribus barriales. Pero treinta años de carrera hicieron correr mucha agua bajo el puente. Cerati se convirtió en la figura más reconocida del rock argentino en toda América latina y después de la separación de Soda inició una carrera solista íntima y técnicamente brillante. El final del jueves pasado, cuando se anunció su muerte, abrió la puerta a un nuevo mito que ya puede empezar a analizarse entre el dolor y el cariño de sus seguidores.

UN HÉROE MODERNO

Por Juan Andrade

Hace menos de una semana, el lunes pasado, se cumplieron cinco años de la salida de Fuerza natural. En las entrevistas que dio por aquel entonces para apoyar el lanzamiento del disco, Gustavo Cerati enlazaba ese momento de plenitud musical con un hecho biológico que lo tenía movilizado: acababa de cumplir cincuenta años. Al revisar su discurso público a la hora de dar a conocer el nuevo material, hay una frase que resulta reveladora por su nivel de autoconciencia y su carga premonitoria. “Si yo me retirara ahora, en este momento –no creo que sea muy factible, pero supongamos que sí–, me iría contento, por Fuerza natural”, decía, hablándole a la cámara en un primer plano casero grabado en un negocio de ropa, entre voces infantiles y una pobre iluminación, en la escena que abría el EPK promocional del álbum.

Lamentablemente, hoy sabemos que Fuerza natural fue la última pieza maestra de su cosecha. Y también, podríamos agregar, del género que lo cuenta entre sus principales referentes: la corriente principal del rock argentino no fue capaz de producir otro disco capaz de dialogar de igual a igual con semejante nivel de genialidad y trascendencia para conjugar pasado, presente y futuro en un mismo paquete de canciones. Entre la tradición y la avanzada estéticas, la obra ceratiana está atravesada por una línea de tiempo paradójica. Va de “Ahora es nunca”, de su debut solista Amor amarillo, a “Siempre es hoy”, pero alcanza todo su esplendor en esa maravilla de riffs circulares que es “Déjà vu”. “Vuelve la misma sensación/ esta canción ya se escribió hasta el mínimo detalle”, canta Cerati. “Esto ya lo toqué mañana”, podría haber pensado el músico después de componerla, como exclama el alter ego de Charlie Parker en “El perseguidor”, de Cortázar.

“No tengo la pretensión de hacer algo nuevo, aunque cuando miro alrededor me parece que sigo proponiendo cosas”, le decía el músico a Mariano del Mazo en una entrevista a propósito del trabajo que cierra su discografía solista. Aunque podía afirmar que ya no se sentía interpelado por la idea de vanguardia, no hacía otra cosa que llevar hasta su límite el imperativo beatle de evolución y cambio con cada paso de su camino artístico. Lejos de especular o de refugiarse en su propio clasicismo, con Fuerza natural seguía ensanchando la avenida del mainstream criollo a partir de una búsqueda insaciable de nuevos carriles musicales. Nunca les temió a las nuevas olas, sino que las abrazó con ganas. En ese sentido, Cerati fue el heredero natural de Federico Moura: un héroe modernizador, un faro que alumbró hasta el final de sus días lo que había al otro lado del horizonte.

Si Ahí vamos había marcado un regreso al rock de guitarras distorsionadas, para activar un caleidoscopio de ecos retro que quizá pavimentó el retorno de Soda Stereo, Fuerza natural dibujó un relativo desplazamiento hacia una geografía hasta entonces no muy transitada en su obra: el campo, la ruta y la soledad del hombre en ese hábitat bucólico. De hecho, el grueso del material fue compuesto entre septiembre y octubre de 2008, en su chacra de José Ignacio, Uruguay. La profusión de guitarras, esta vez, se conjugó en clave acústica. Y también incluyó instrumentos como dobro, mandolina, lap steel y charango. Una paleta que le permitió darle pinceladas country a “Amor sin rodeos” o folk a “Tracción a sangre”, para finalmente pintar esa belleza minimalista que es “Cactus”, con su espíritu de zamba existencial.

En la huella que deja su discografía solista, Fuerza natural emerge como el trabajo que condensa y destila toda una gama de cualidades, elementos y nutrientes que podríamos denominar Factor C. “Es un como un compendio de mi carrera, pero expansivo”, decía el músico a la hora de definir el disco. Ahí están su fascinación por el rock valvular y la impronta de la viola eléctrica, pero también su debilidad por el pop electrónico y las programaciones. Su talento para crear estribillos instantáneos, memorables y de alto impacto popular, pero también el buen gusto para emplear frases y texturas que demandan un proceso de degustación más lento e íntimo. Esas canciones hoy suenan como una despedida que está a la altura de las grandes páginas de su historia, un capítulo que bien se podría titular “La Leyenda del Ultimo Moderno”.

NADA PERSONAL

 Por Sergio Pujol

Al principio, Soda Stereo no nos gustaba, dicho esto con cierta pretensión de vocero generacional. Puestos a la defensiva contra todo lo que oliera o sonara a posmodernismo –que en música se relacionaba con el reciclaje y el bricolage, pero también con la levedad y la falta de pasión–, las primeras canciones de Gustavo Cerati eran gélidas y perfectas, pero también sencillas armónicamente –eran años de petulancias tonales y atonales– y un tanto esquemáticas en sus ritmos, si bien Charly Alberti era un baterista radiante.

Pues bien, estábamos equivocados, si acaso se puede hablar así del gusto artístico en un momento dado. Afortunadamente, la belleza de aquella música, tan bien tocada y tan bien cantada, pronto conquistó a todos los adeptos posibles: a los incondicionales (fans), a los ocasionales (de menú sonoro variopinto y escucha de atención flotante) y a los desconfiados (cazadores infatigables del nihilismo del fin de la Historia). El arte de la canción de Gustavo Cerati se desprendió de sus posibles referentes, en un gesto de autonomía artística infrecuente en cualquier escena musical del mundo. Y ya no sirvió de nada rastrear influencias o tratar de entender el fenómeno local con explicaciones globalizadas.

La música se impuso de modo asertivo. ¡Qué bien sonaba ese trío, con cuánta independencia de gadgets electrónicos se movían sus integrantes! En ese sentido, Soda Stereo compartía con Los Redondos la destreza del vivo, el reto bien asumido de hacer música en tiempo y espacio reales. Pero todo eso sucedía sin perder esa misma cualidad de superficie muy pulida que al principio nos había maldispuesto. Sucedió que esa superficie tenía su reverso. Y que Soda Stereo tenía ironía. En fin, que las cosas no eran exactamente como parecían (¿no es eso el arte?). Que la sensualidad expectante de “Persiana americana” escondía más crítica que frivolidad. Que el mareo del que quería escapar el personaje de “Nada personal” remitía al sujeto angustiado de “Viernes 3 AM”. Que por más que el trío trabajara con obsesión su imagen, su look, su fotogenia escandalosa, su vicio por las pasarelas del estrellato, la fauna de sus canciones era tratada impiadosamente, con lo cual la mordacidad se refractaba en ese mundo “ochentoso” y volvía, lacerante, sobre los propios emisores. Y éste era un gesto de mucha audacia. Al fin y al cabo, ¿de qué servía pertenecer al jet-set?; ¿por qué resultaba tan difícil superar los amores de música ligera?; ¿qué clase de hombres y mujeres vivían inmersos en la “nada dietética”?; ¿hasta dónde había que caer para tocar fondo en la ciudad de la furia?

Es posible que al participar del disco de Leda Valladares Grito en el cielo, Cerati haya querido darse un baño de bagualas ancestrales, lejos de la locura masiva que había despertado Soda Stereo en la Argentina y en buena parte de América latina. Era un escape físico y espiritual. Un viaje en busca de sanación. Pero también era una manera de advertirle a cierto sector de su público que la figura del joven moderno y posmoderno (sólo en el rock estas categorías parecían equivalentes) era también una construcción artística. Y como tal, una estrategia para decir cosas poco agradables, nada corteses. Aún no sabemos si las canciones de Soda formarán parte del clasicismo del futuro. Por lo pronto, hoy nos ayudan a entender, como pocos artefactos culturales de su tiempo, cómo se pudo ser cuestionador y masivo (rockero y pop) en el país de Alfonsín y Menem.

AMOR AMARILLO

Por Sergio Marchi

Cada periodista que se dedica a una actividad específica termina repitiendo entrevistas a referentes o personalidades destacadas dentro de esa actividad. Es decir, hay tipos a los que uno sabe que terminará entrevistando... de nuevo. Esto permite prepararse mejor, pero también anticiparse a la sensación de la charla a producirse. Y en estas horas tan de torbellino tras la muerte de Gustavo Cerati, y sin querer arrogarme un grado de amistad que sería irreal, yendo directamente al núcleo de lo humano, lo que más recuerdo de él es que era el entrevistado ideal. No sólo porque era fácil para la conversación, un artista interesante y bien articulado con las oraciones, sino porque Gustavo tenía una calidez muy especial como ser humano. Gustavo era el mismo con el grabador prendido que con el grabador apagado; no impostaba, no se ponía en pose, ni cambiaba de lenguaje. Conversar con él era una delicia, porque era de los pocos tipos que pese a hacer miles de entrevistas que, i-nevitablemente, tenían muchísimas preguntas en común, se las arreglan para decir cosas diferentes en cada una de ellas y sin penetrar en la contradicción. ¡Carajo, qué era lindo entrevistarlo!

Siempre discutíamos de música y siempre tenía algo bueno que recomendarte. Confieso que su opinión (y la de Charly García) era la primera que buscaba en esos viejos listados de fin de año donde los músicos establecían sus preferencias sobre lo que habían escuchado en la temporada. Y si bien amé a los High Llamas, de los que me compré toda su discografía, no me convenció con los Hot Chip. “Para que veas lo fanático que soy –me dijo–; una noche después de tocar en River, sin cambiarme, así nomás, vestido de Soda Stereo, me fui a Crobar a ver un show de ellos que transmitían vía satélite.”



O sea, que no conforme con haber hecho saltar a una multitud en 2007, haberse tocado todo, haber bajado unos cuantos kilos durante la performance, Gustavo quería más música. Eso es lo que yo llamo amor a la música. Cualquier otro músico hubiese preferido un momento de relax, solo, acompañado, con su familia o con sus compañeros. Pero Gustavo no: su pasión musical no conocía límites.

Una noche he sentido miedo a su lado, por su violencia física. Afortunadamente, no era yo el objeto de ésta, ni tampoco algún otro ser viviente. Fue en la grabación del primer disco de Los Siete Delfines, la banda de Richard Coleman, en la que Gustavo oficiaba de productor. Empeñado en encontrar un sonido particular para la viola de Richard, sonido del que él no tenía la menor idea de cuál podía ser pero cuya existencia o no estaba dispuesto a verificar, zamarreaba con furia lo que se conoce como “pachera”; una suerte de interconector de cables, parecido a una vieja central telefónica. Y Gustavo era el telefonista loco, que sacaba y ponía cables en los agujeros, y no conforme con eso, los sacudía frenético, con una energía desmesurada para el material en cuestión. No recuerdo si encontró o no ese sonido, pero la imagen que me vuelve en estas horas es la de su cabeza enrulada haciendo headbanging mientras acogotaba a un cable inocente (y mis piernas recogidas de terror, como si fuera una mina aterrorizada por una rata).

Esa misma energía, Gustavo la puso a lo largo de su carrera. Pese a que su música podría dar una impresión de gelidez, Cerati era un tipo sumamente caliente y temperamental. Así lo recuerdo en un show demoledor que hizo Soda Stereo en Paraguay en el año 1988, donde parecía U2 con sangre italiana; o en el escenario de Club Buenos Aires, donde presentó el majestuoso Fuerza natural.

Cuando Soda Stereo todavía podía ser considerado un grupo nuevo y un poco plástico, grave error de juicio de los rockeros ya instalados, fue Federico Moura el que desde un reportaje alertaba sobre lo caliente que podía ser la guitarra de Gustavo. “Hot” fue la palabra que usó Moura, pero no “hot” en el sentido de “en boga”, sino con la temperatura de un río de lava. Soda mismo era un grupo caliente: los tres derrochaban fuego. En esta hora, donde todos lloramos a Gustavo, no hay que olvidarse de los dos mosqueteros que pelearon a su lado: Zeta Bosio y Charly Alberti, los cimientos de ese edificio en el que Gustavo oficiaba como “arquitecto del sonido”, tal cual lo definió hace pocas horas Charly García, con quien se quisieron muchísimo.

Gustavo fue un chico de barrio que hizo carrera grande, y como tal generó celos y envidias. Fue de esos compañeros de colegio que tenían los mejores promedios, pero a los que rara vez se los veía estudiando. Su inteligencia era natural y poderosa; su vocación también. No se lo veía en manada, pero sí en familia. Tenía todo por delante porque tenía el talento, las fuerzas y las ganas. Además de la enorme pérdida humana, habrá que resignarse a que no habrá música nueva de su parte. Las dos cosas, hoy, me resultan intolerables.

> UN CAPITULO DE BUENOS LIMPIOS & LINDOS, LA NOVELA DE VERA FOGWILL DONDE LA PROTAGONISTA ESTA OBSESIONADA CON LA FIGURA DE GUSTAVO CERATI

LO QUE SANGRA

Estoy sangrando. Mis piernas están llenas de sangre. Sin embargo siento una emoción tan grande que ningún sangrado me va quitar. No puedo creer lo que está pasando. Gustavo al fin se comunica conmigo. Pero no al pasar, sino con un fin directo a mí. Por fin. Soñé tantas veces en mi vida con este momento en el que él me habla con interés y no de paso. Me lo imaginé, tantas veces despierta, dormida, pero nunca jamás muerta. Comprendo...

El ya sabe lo que es esto. ¿Hace cuánto tiempo que está como yo? Con los ojos abiertos. Hace dos años, cuatro meses y cuatro días que tuvo su ACV. Es cierto, él está en coma. Pero no veo la diferencia de la coma y este punto suspensivo de poder mi alargada muerte. Igual yo pienso que está en pausa. La música tiene esa cualidad de poder ponerse en pausa y que siga cuando uno la enciende de nuevo como si no hubiera pasado el tiempo desde que uno dejó de escucharla. Gustavo es música. Por eso para mí está sólo en pausa.

Yo me mudé no bien lo trasladaron para estar en la manzana de la clínica Alcla donde está internado. No me dejaron verlo por más que fuera vecina. Y a Manuel sí lo dejaron, pero él no quiso. No puede, dice. Casualmente, se había terminado nuestro contrato en la otra casa y lo convencí a Manuel de cambiar de barrio. Y qué bien hice en mudarme cerca.

Cuando Gustavo se puso en pausa, yo planté un jazmín en una maceta que coloqué en la ventana de mi cuarto. Todos los días le ponía a la planta sus canciones preferidas y la planta crecía. Todos los días le cortaba una flor para llevársela a la clínica. Adentro de la maceta puse todo lo guardado. Cada ticket de cada concierto, cada boleto de colectivo a cada concierto y las copias de las cartas. Las originales, de puño y letra, se las pude ir dejando discretamente y con seudónimo en su camarín, suerte y beneficio que me daba ser la novia del plomo. Por las dudas se pierdan, siempre les hice varias fotocopias, no una sola. Mañas de archivista. Así que le entregué copias a su madre para que se las leyera estos años. Novecientas cuatro cartas, entre 1985 y 1987, escritas a mano, con una caligrafía excelente, materia que cursé en archivo. Supongo que se las habrán leído. Y que por eso está ahora acá. Lo veo hasta un poco más joven. ¡Me canta a mí!

–Somos cómplices los dos, / al menos sé que huyo porque amo. / Necesito distensión. / ¡Estar así despierto es un delirio de condenado!



–Te entiendo, es terrible... ¿Por qué no te cerraron los ojos tampoco a vos? Yo no tengo a nadie, pero vos... Es cierto, sí, te los cierran, te los lavan con gotas a diario. Lo sé, intentan que no se te queden pegados y deben abrírtelos al menos cada día varias horas.



–Como un efecto residual, / yo siempre tomaré el desvío. / Tus ojos nunca mentirán, / pero ese ruido blanco es una alarma en mis oídos.



–No es un ruido blanco, Gus; son los monitores nuevos de terapia que están muy blancos y hacen ruidos. Algunas personas locas hoy se compran el ruido ese constante para quedarse dormidos, se vende. Pero a vos no te funciona. No te dejan dormir...



–No seas tan cruel, / no busques más pretextos. / No seas tan cruel, / siempre seremos prófugos los dos.



–¿Cruel?



–No tenemos dónde ir. / Somos como un área desvastada, / carreteras sin sentido, / religiones sin motivo... / ¿Cómo podremos sobrevivir?



–No lo sé, me angustia que te estés enojando conmigo. Y espero que vos me digas cómo es esto y cuánto se puede continuar así...



–No seas tan cruel, / no busques más pretextos. / No seas tan cruel, / siempre seremos –y me repite al oído– / siempre seremos, prófugos los dos...



–No entiendo, ¿de qué huimos? ¿De la vida?



Gustavo no responde mi pregunta, se ríe de mí y me cambia de tema.



–Pude desaparecer, / pude decir que no, / pero el fin de la pasión / es que lo oculto se vea... / Vine a avisarte...



–¿Eh?



–Chica con ojos de ayer / sé que vibras también / la extraña sensación / de no pertenecer a este mundo, / como en un trance.



–Nadie me entiende más que vos.



–Ya tantas veces morí, / nunca me pude ir, / el arte de vivir / por encima del abismo, / estoy condenado a errar / de amor en amor... / Poseídos por el más allá...



–¡Qué horror! ¿Estás? Ya no te veo. ¿Te fuiste? –estoy desesperándome. Era él, me estaba hablando a través de sus letras, me impresiona su déjà vu, cómo es posible que las haya creado antes, tanto antes de tener la necesidad real de decirlas. Escucho apenas su voz; se está yendo, tiene un nuevo mensaje.



–Yo, caminaré entre las piedras / hasta sentir el temblor en mis piernas. / A veces tengo temor, lo sé, / a veces vergüenza... / Estoy, sentado en un cráter desierto, / sigo aguardando el temblor, en mi cuerpo. / Nadie me vio partir, lo sé, nadie me espera... Oh...



–La gente no sabe si partiste o no. La gente no entiende si el estado de coma es de ida o de vuelta, si es aquí o allá. Yo te estoy esperando. Te acompaño muerta.



–Hay una grieta en mi corazón un planeta con desilusión –me confiesa–. / Sé que te encontraré en esas ruinas, / ya no tendremos que hablar del temblor. / Te besaré en el temblor...



Y se va.



Estoy aterrada. ¿Y si ya se murió...? Y yo no me pude enterar. No pude ni leer el diario. ¿Será que vino a despedirse...?



No doy más... Estoy mojada de sangre. Menstrúo... Quieta, muerta, con los ojos abiertos, soy mujer de todos modos. Mi flequillo crece y comienza a taparme parte de los ojos.



–¿Gustavo...? ¿Estás acá o ya te fuiste?

Por Vera Fogwill

El 28 de diciembre de 2007 muere mi mejor amiga, Eleonora Margiotta. Yo tenía bocetos de la novela que había ido escribiendo durante varios años. Era una fábula en tono novela negra, cosa que se mantuvo, y los cuatro adolescentes con sus padres que me venían persiguiendo desde que la comencé. Al cabo de unos meses, hay una subasta en la Galería Catena de la obra de mi amiga, enorme artista, en donación para la contribución y sostén del Instituto de Oncología de la Fundación Angel H. Roffo. Voy, simplemente porque quiero, pero sin posibilidades económicas de donar nada a nadie. La primera obra que se subasta es la fotografía de una lechuza fucsia. Pienso, esa obra es mía, ella me la regaló y se la está llevando “esa”. En efecto, mi amiga me la había regalado, pero durante los dos años que me la regaló yo insistía que me la llevaba la próxima, junto con mis libros, mis discos, mis DVD, y todo lo que compartía con ella. “Amiga, siempre te voy a ver.” Era una forma de decirle: “No te podés morir, no te vas a morir, la próxima me la llevo”. Sonreía. Era hermoso, la única manera de hablar de todo eso que nos pasaba. “Nunca nos vamos a dejar de ver. Nunca.” Y así, una don nadie pudiente se llevaba mi cuadro. Luego se subastaron cuadros de paisajes, qué éxito que tienen los paisajes. Si supieran lo que significan esos paisajes. Para el final llegó la gran obra, la exponen a la subasta como un autorretrato. Su hija hermosa grita: “Es mi mamá”. Yo me callo. Sé mucho de su obra y no importa nada de lo que sé. Esa no es ella. Esa es Laurita. 

La foto es una mujer relativamente joven pero que sobre su cara tiene un espejo redondo y por eso sólo se ve su pelo, que impresionantemente es idéntico (la modelo y la fotógrafa) y sobre ese espejo se refleja al revés la frase NO EXIT (EXIT ON) del subte en Londres con un fondo de paredes rojas. Laurita cuando hizo esa foto estaba embarazada de Zoe, pero esto tampoco se ve. Si Eleonora hizo esta foto es porque estaba en anunciada salida y una tenía una obra para hacer y la otra, otra obra por dar a luz. Es una obra, no puedo llamarla fotografía, tan pero tan fuerte para mí, que pese a mis recursos nulos me embarqué en una deuda enorme que pagué durante un par de años para tener esa obra conmigo para siempre. Mis amigas. Ellas, hablando de salidas posibles, del on exit, no exit, de lo banal del exit, y no sé cuántos diálogos he tenido con ese cuadro que he ido corriendo de lugar hasta que halló el punto exacto, al lado de mi escritorio, en el año 2010 para verlo continuamente. Así siguió la cosa, en la mañana temprano limpiaba el vidrio del cuadro con vinagre (nada limpia mejor los vidrios). A la noche me sentaba a escribir y le ponía los discos de Soda Stereo o los solistas de Cerati. Sí, recorría así mi vida con ellas. Eleonora era fanática y yo me había decidido a hacerles un disco a sus hijos con la música que bailaba su mamá, con la música que escuchaba su mamá. Cerati estaba en prácticamente todos los armados. El 10 de junio de ese año Cerati tiene el ACV. Yo a fines de ese año ya tenía lista la novela, pero apareció un personaje más. Una narradora ON EXIT, en salida. No sabía si estaba viva o muerta, la seguí hasta el final. Quería hablar, bueno que hable y fue atravesando todas las historias (las seis que había) y todos los personajes. Como sonaba Cerati para mi amiga, de golpe sentía lo mismo que ahora, un temblor, una vibración. Fracturaba sus letras, hablaban más que antes, adquirían otros sentidos y así naturalmente el personaje nuevo se convirtió en la fan de él. Así que posiblemente Cerati sea para mí, mi amiga, de la que fui fan y fue su fan. De la que tengo videos de nuestros cumpleaños de quince bailando Soda Stereo, recuerdos de las colas en los recitales, de ir a bailar y escuchar Cerati. Ir a bailar, es una cosa que no existe más, pero en cualquier recuerdo estará Cerati. Atraviesa casi toda mi vida (desde el comienzo de la adolescencia) dejando hermosos rastros, emocionales. No tengo posibilidad de oírlo sin que me remonte al pasado y se me estrangule la vida. Nada transporta más mis recuerdos de amistad que su música. Gracias. Siempre gracias.

Una amiga que vive en París hace treinta años leyó la novela antes que nadie. Años más tarde, viene a Buenos Aires y se sorprende cuando ve un disco de Cerati: “¿Cómo? Pensé que era un invento. No sabía que existía este músico y ¡todo eso es verdad!”. Sí, todo es verdad, la novela está cargada de verdades y quién sabe, algún día será un libro de historia. Yo no inventé nada, transcribí ciertos hechos, ni siquiera puedo decir que la escribí. Fue un sueño intervenido por la realidad de este mundo, que tristemente convierte horrores inventados en realidades universales. Se apagó la vela que le encendí para mandarle luz a Gustavo. Duró lo que tardé en escribir. Gracias otra vez.

Fuente: Suplemento Radar, Pàgina/12. DOMINGO, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2014




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