lunes, 15 de septiembre de 2014

ARTÌCULOS - IN MEMORIAM: GUSTAVO CERATI, VUELTA POR EL UNIVERSO (Suplemento Radar - Pàgina/12, 7.9.14) // Parte I






EL PRINCIPITO

  

  Por Joselo Rangel


Durante estos últimos cuatro años me descubría pensando en Gustavo por una u otra razón. La última fue hace muy poco, apenas el miércoles. Me acordé de haberlo visto en el Auditorio Nacional –acá en la Ciudad de México– cantando sus canciones con una sinfónica. Café Tacvba pronto pisará ese escenario, y además de tocar nuestro disco Re usaremos vestuarios especiales. Fue por eso que me acordé de Gustavo, pues en aquella ocasión me sorprendió mucho verlo vestido como El Principito: su pelo ensortijado tirando a rubio, con un abrigo de cuello alto que le llegaba casi a los pies. Aunque estaba acompañado de un buen número de músicos y un director, en realidad estaba solo, como El Principito en su asteroide. Cantaba solito las canciones que había compuesto solo. Para eso se necesita ser muy valiente, pensé.



Y no sólo por pararse en medio de un escenario sin poder cubrirse con su instrumento, la guitarra, que tocaba de manera magistral. No nada más por eso tenía agallas, sino por desarrollar una carrera brillante creada alrededor de sí mismo.



Gustavo era de esas personas a las que no les pesaba ser el centro de atención. Hoy en día esa actitud puede resultar políticamente incorrecta. Se habla mucho de que todos debemos suprimir el ego y no resaltar más que los demás. Pero al mismo tiempo admiramos a los genios, a quienes bailan mejor, a los virtuosos de un instrumento o a quienes meten más goles que nadie.



Gustavo resaltaba. Café Tacvba coincidió varias veces con él. Hicimos una gira juntos a principios de este milenio. Puedo asegurar que en los aeropuertos la gente volteaba a verlo más que a nadie. Aun quienes no tenían idea de quién era. Eso generaba un sinfin de sentimientos a su alrededor: mucha admiración, sí, pero también desprecio. Hay quienes no pueden sorportar estar al lado de alguien que brille más que ellos.



Y eso hacía Gustavo, brillaba. Era un rockstar en toda la extensión de la palabra.



Hasta en su propia muerte da más que hablar que nadie. Nos tuvo a la expectativa, pensando en él, preocupados y ansiosos. Como si fuéramos los expectadores de su último gran acto.



Sé que la muerte de un ser querido no es eso, no es un show, pero Gustavo Cerati era, además de un ser querido por todos, un gran artista.


“Me perdí en el viaje. Nunca me sentí tan bien. Todo por delante, todo está hablándome. Está cambiando el aire. Nunca me sentí tan bien”, escribió en la canción que titula su último disco, Fuerza natural. El sabor zen de las frases se puede aplicar a este momento, en el que la tristeza cede a la idea de liberación: después de cuatro años de vivir preso en su cuerpo, Gustavo Cerati se perdió en un viaje y ya desde otra dimensión, ahora sí, dejó el terreno abonado para la instalación del mito. Catapultada la esperanza del milagro y con el morbo Karen Quinlan disuelto en el comunicado médico del jueves a la mañana, toma relieve el músico y su música. Y las letras, que hoy quedan resignificadas. Porque su figura queda resignificada.



El arco de su vida artística fue de la era parricida de principios de los ‘80 –cuando había que matar al rock hippie de Porchetto, Cantilo, Gieco, Spinetta, Charly– a una suave apertura transversal que incluyó en los últimos tiempos trabajos con Shakira y Mercedes Sosa. Fueron 30 años de carrera en los que lo único que no cambió fue su rigor musical y la obsesión estética. Resulta complejo analizar aquellos inicios con la lupa actual. Soda Stereo fue junto a Virus la banda que entendió como nadie que hay una distancia entre el escenario y el público. Que un grupo de rock y pop también es una puesta en escena que contempla el artificio y la ilusión. Ser o sentirse estrella era más que un rasgo megalómano, era un complemento de lo artístico. En aquellos primeros ‘80, antes y después de la restauración democrática, cada banda tomaba un modelo musical de Estados Unidos o Inglaterra y lo procesaba para poner al día a un rock algo anquilosado que había tenido a Malvinas como la bisagra que aniquiló la inocencia. No confesaban las influencias. En un país alambrado y endogámico después de tanta dictadura, muchos escucharon primero a Sumo que a Joy Division, primero a Los Violadores que a Sex Pistols, primero a Soda Stereo que a The Police. Como fuere, encarnaron lo nuevo. Y dentro de ese panorama se recreó la tensión pionera entre Manal y Almendra (que no era tal, que fue una creación del inconsciente colectivo del ghetto del rock fogoneado por un par de revistas) y en los recitales de Sumo se empezó a cantar en contra de Soda Stereo. Muerto Luca y disuelto Sumo, la gente puso en ese lugar al Indio Solari y a Los Redonditos de Ricota.



De un lado, la verdad, lo genuino, la calle, lo macho; del otro, el artilugio, lo impostado, el plástico, la ambigüedad. El malentendido duró demasiado. Luca Prodan, el Indio Solari y Gustavo Cerati ostentaban un bagaje brutal de información musical y con sus distancias fueron emergentes pasionales de la cultura rock. Pero los estereotipos ya estaban cristalizados. Cerati podía sacar el disco más guitarrero del mundo y Solari rodearse de máquinas, que la consideración no se modificaba. Tuvo que pasar un tiempo para que el prejuicio menguara y llegara la legitimación unánime. El escenario compartido con Luis Alberto Spinetta en Vélez en la larga noche de Las Bandas Eternas fue definitivo al respecto y consolidó una idea que estalló en ese disco extraordinario titulado Canción animal: el carácter spinetteano de parte de su obra. No es una influencia nítida: de hecho la poética de Cerati poco tiene que ver con los vuelos abstractos de Spinetta y mucho menos con cualquier atisbo de jazz rock o de melancolía urbana. Es, sí, y más allá de su evidente clivaje anglófilo, la confirmación de una continuidad, un ADN, el del rock argentino. Spinetta fue a Cerati lo que Cerati a Babasónicos.



Una de las características de su obra es el péndulo estético entre la experimentación y la canción de matriz beatle, la tradición y la vanguardia. Esa obra puede tener trabajos que gusten más o menos, pero no conoce la decadencia. Signos o Dynamo con Soda, Amor amarillo o Bocanada como solista... Los registros son múltiples y su audacia a veces no midió consecuencias. O las medía y no le importaban; algunos discos directamente daban las espaldas al público, y parecían ejercicios de estilo dirigidos a otros músicos. Eran como recreos de autosatisfacción, exploraciones. En esos casos se configuraba la extraña y paradójica condición de músico popular de culto, casi un guiño entre porteños, en las antípodas de la euforia beatlemaníaca de su conquista de América latina durante la segunda mitad de los ‘80. A veces chocaba con la pretenciosidad: ahí están los 11 Episodios Sinfónicos. Otra paradoja: en algún momento se uniformó con las capas románticas que fueron un símbolo de la ampulosidad de los ’70 y que él colaboró en borrar del mapa en su iniciático período post-punk. Es tal vez un detalle menor: tanto los dos tonos punks como los colchones de cuerdas son dos caras del signo de los tiempos cíclicos del pop & rock. Cerati siempre cabalgó su tiempo. Habrá que decir que la triple condición de gran cantante, gran guitarrista y gran compositor, sumada a la minuciosidad mostrada en el estudio y a la inteligencia de saber rodearse de gente como Melero, Terán o Coleman, impidió estruendosos pasos en falso. Como con Spinetta o Gustavo Santaolalla, nada en Cerati estuvo mal hecho.



Fue algo inconfesable, pero seguramente nunca quiso volver con Soda Stereo en 2007, esa “burbuja en el tiempo”, sin canciones nuevas, con su aceitada ingeniería económica. A veces resulta complejo decir que no. Antes del regreso procuró fortalecer su carrera solista: quería demostrarle al mundo, como si hiciera falta, que era capaz de componer tantos y tan buenos hits como con Soda. Lo logró con Ahí vamos: Cerati volvió a la palestra de la masividad con un disco de rock clásico desbordante de soberbias canciones. Con el interregno de la gira con Soda Stereo, se lo veía especialmente feliz y relajado: estaba trabajando con su hijo Benito, se había reencontrado con amigos como Richard Coleman, concebía un disco con temperamento folk y un inusitado ambiente de viento y pampa como Fuerza natural. Muchos buscaron señales en las letras, apelaciones a mujeres, mensajes a Zeta Bosio y a Charly Alberti, reflexiones sobre el regreso del trío. Cerati se desmarcaba: otra vez se ponía en eje y miraba adelante: “Si hay algo que quedó en el pasado es Soda –decía en 2009–. Mis letras no suelen hacer referencia a nada. Yo creo que la canción es artificio. No sólo lo creo, sino que defiendo a muerte esa idea estética. Okey, si un psicólogo pone la lupa seguro salen cosas. Es más: leí libros de psicología y puedo asegurar que tengo todas las patologías. En mayor o menor medidas, todas. Pero eso es otra cosa. Para mí ser artista es una actuación, es mentir, es jugar a la fantasía. Hay gente que necesita jugar al noticiero, todo bien. Yo no: entre Aristóteles y Platón, me quedo con Platón”.



Tenía una altanería proveniente de una timidez insobornable. Tenía al cantar la mejor dicción del rock argentino y fue un guitarrista rítmico extraordinario, con una mano derecha notable. Al menos un par de generaciones crecieron con sus temas y llevan los estribillos tatuados en la piel. Por peso específico de su obra, discutió estas décadas un podio compartido con Calamaro y Páez en la sucesión de Charly y Spinetta. Fue la gran estrella de rock de América latina. Jugando a la fantasía, a la ilusión y al esteticismo diseñó una catedral pop con pasajes de densidad y hondura. El último concierto lo dio en Venezuela y la última canción fue “Lago en el cielo”: “El tiempo es arena en mis manos”, cantó. Gélido y frágil, dedicó la mayor parte de sus 55 años a embellecer la vida cotidiana de millones de personas. Sin demagogia barata, sin condescender a la cumbia, sin apartarse de la sofisticación y las formas. Con el poder de la canción.


EL BELLO DURMIENTE



  Por Martín Pérez


Un fin de año en la quinta de sus padres, Gustavo Cerati enchufó su guitarra nueva al equipo de audio del living para tocar encima de un disco de Deep Purple. Aún consciente después de esa larga noche, Richard Coleman se lo quedó mirando al escucharlo hacer, medio borracho, el solo de Ritchie Blackmore nota por nota, y no pudo evitar repetir una broma con olor a espíritu adolescente: “Uau, te sabés el solo de ‘Estrella del camino’. ¿No querés tocar conmigo?”.



Siempre me gustó este recuerdo cómplice de Gustavo Cerati que su amigo Richard Coleman me contó unos años atrás, para la salida de su demorado primer disco solista. Fue la primera imagen que se me vino a la mente cuando se difundió la noticia de la muerte del líder de Soda Stereo. La estrella finalmente en camino. Y no pude evitar pensar también en Coleman, que me había confesado que –si bien no siempre le había hecho escuchar a su amigo sus discos– ahora que quería su opinión, no podía tenerla. “Habrá que seguir esperando”, me dijo entonces, muy serio. Y no hubo lugar –ni ánimo, ni necesidad– para seguir preguntando.



Después de cuatro años, esa larga espera finalmente terminó. Vera Fogwill escribió en su fascinante novela Buenos, limpios & lindos que, como Cerati es música, podía estar en pausa. Pero durante esa pausa, ese extraño limbo, fue muy difícil pensar en él. Es decir: fue difícil saber cómo pensarlo. La ciencia declaraba, aquí y allá, para quien quisiera escucharlo, que su estado era irreversible. La fe de sus familiares y amigos, sin embargo, no se permitía dejar de esperarlo. Y así tenía que ser.



Durante esa larga espera, fue imposible olvidar una imagen inquietante contada por algún allegado que había ido a visitarlo. Lo había visto sentado en la cama de la clínica, como lo dejaban quienes lo cuidaban después de ejercitar su cuerpo. Con la espalda apoyada contra la cabecera, con los ojos cerrados, el pelo largo y canoso, ya sin necesidad de tinturas. La imagen de un Cerati dormido, pero impecable. Un bello durmiente, esperando ese beso que podía no llegar jamás.



La particular naturaleza del accidente, en realidad, colaboró en ese no saber qué pensar. Mejor la pausa, entonces. Mejor la espera. Recuerdo no haber podido impedir un escalofrío cuando otro amigo contó, en las sorprendidas sobremesas de la época que inevitablemente llevaban por el camino de la infidencia, haber compartido una reunión en la que Cerati –sin conocerlo pero sin jamás imponer su presencia, uno más en el lugar– insistió en tratar de explicarle: “No sabés lo que es que todo un estadio te desee la muerte”.



Injusto blanco de ese River-Boca eterno al que por momentos parecemos estar todos condenados, los Soda y Cerati gozaron del extraño privilegio de tener reservado un lugar de ese ring imaginario, mientras que por el otro iban pasando los contendientes. “Esas dicotomías nunca me molestaron desde el punto de vista artístico”, me dejó en claro sin embargo Gustavo en la época de la gira despedida de su grupo. “Nunca lo vi como una competencia, ni siquiera como algo personal. Me parece que son corrientes que siempre existieron en la Argentina, y es casi imposible no ser ubicado de un lado o del otro.”



Con o sin Soda, Cerati también supo disfrutar del fervor de un público femenino que siempre despertó la desconfianza de los supuestos dueños de ese nosotros de un rock nacional siempre tan machista y endogámico. No fueron los únicos: lo mismo le sucedió al Spinetta de “Muchacha...” y a Charly García con Sui Generis antes que a ellos, y a Fito Páez, Calamaro o los Babasónicos después. Todos los que aceptaron el desafío de ampliar el público del rock local debieron soportar la injusta estigmatización de disfrutar del –mal que les pese a sus detractores– evidente buen gusto de las niñas.



Ahora que ya se puede hacer el duelo, y hablar en pasado de Cerati, también es posible empezar a intentar ubicarlo en un panteón donde seguramente ocupará un lugar preponderante. Primera estrella continental del rock local y dueño de una masividad que va más allá de los géneros musicales, Cerati generacionalmente ocupa un lugar –dentro de un rock al que siempre estuvo orgulloso de pertenecer– entre los sobrevivientes de sus grupos de los ’80, reconvertidos en exitosos solistas durante la década siguiente: Calamaro, Vicentico y también Páez, cabeza emergente de la Trova Rosarina. En la estampita aparecen primero los padres fundadores, seguidos por sus inmediatos apóstoles. Pero después de los mártires de los ’80, Luca, Moura y Abuelo, ellos integran –antes de los grupos de los ’90 y más allá de un fenómeno masivo como los Redondos– la última línea de ídolos que exceden los marcos del género. Cerati es el que se destaca claramente del lote, aunque más no sea por popularidad y alcance generacional. Y ahora también por haber sido el primero en decir adiós.



Aunque han pasado ya casi dos décadas, recuerdo que en aquel largo artículo que anticipó el gracias totales de River y fue tapa de Radar, Cerati se destacó como un entrevistado generoso. Aceptaba las preguntas que implicaban un salto al vacío y se atrevía a especular sobre el destino de su obra. Entonces, claro, Cerati le decía adiós a Soda. Ahora es el turno de su despedida. Como en el final del video de “Zoom”, le toca a él dejar su música en manos de los que se quedan y los que vendrán, y emprender el viaje. Aquel artículo terminaba evocando ese video, que terminaba con el grupo subiendo a un Planetario que se convertía en nave espacial y perdiéndose en el cielo, y jugaba a imaginar que algún fan de Soda podría haber dicho entonces, a la manera de lo que sucedía en ET: “Ahora que se han ido, ya no sé cómo sentir”. Después de cuatro años en pausa, en cambio, recién ahora que Cerati se ha ido podremos empezar a elaborar el duelo, a evocarlo, recordarlo y homenajearlo como corresponde. Ahora que ya no espera, podremos empezar a saber qué sentir.


CERATI TIENE BÍCEPS



  Por Pipo Lernoud


Debo ser un bicho raro, una persona en estado gaseoso, inmaduro, y sin embargo, ya con los primeros síntomas de la bobera de la vejez. Me cuesta confesar que, de Gustavo Cerati, lo que más me gusta todavía es el primer disco, los comienzos de Soda Stereo. Me gusta la actitud, la estética tipo The Who Sell Out, las letras telegráficas y sin melancolía (que sobró después), tipos viviendo en un aquí y ahora perpetuo. Y la música, directa y sin pretensiones en plena eclosión del rock sinfónico.



Como a Virus, creo que el new romantic les quitó mucho de la espontaneidad y el atrevimiento de sus comienzos. Los peinados nuevos vinieron cargados de una solemnidad que terminó siendo tomada en serio. Porque cuando asomaron por primera vez, todavía en dictadura, Cerati, Moura y Cipolatti formaron la delantera de una sacudida irreverente a los templos del rock y la cultura. Una vacuna contra el psicobolchismo que amenazaba copar todo en la vuelta a la democracia.



El primer disco de Soda fue una radiografía de la sociedad de consumo, cruda, divertida, y adelantada a su tiempo. “Mi novia tiene bíceps”, “Te hacen falta vitaminas” y “Yo quiero ser del jet-set” podrían ser zócalos del programa de Rial ahora, treinta años después. “Sobredosis de TV” es lo que tenemos hoy, “Dietético” es lo que somos.



En esos días era una fiesta ver su frescura estallar en el Zero Bar, en el Einstein, en las esquinas decrépitas de un Palermo que era todavía Viejo y nunca Hollywood, en el Stud Free Pub donde reinaba Luca cantando Yo quiero a mi bandera planchadita, o en los tugurios en los que los Redondos nos hacían perder la forma humana con “Un tal Brigitte Bardot”.



El rock era revulsivo y contracultural. Con el tiempo y el éxito se convirtió en una pieza previsible y bien conceptuada de la cultura nacional, en una gran Bestia Pop. Y los fans entraron por la variante y se tomaron con una cantidad enorme de yeso y mármol a tipos como Spinetta y Cerati, colaborando en la mitificación. Y allí termina el arte y empieza el monumento.



CUANDO PASABA EL TEMBLOR



  Por Cecilia González


La única vez que vi en persona a los Soda Stereo me costó mucho ser profesional. Había ido como periodista extranjera a la presentación de la gira Me verás volver, que hicieron una tarde de septiembre de 2007 en el Museum de San Telmo, pero cuando salieron a un pequeño escenario y, sin más preámbulos, cantaron “Sobredosis de TV” y “En la ciudad de la furia” casi me puse a llorar. Me emocioné un montón. Desde la primera fila me trasladé de inmediato a la época de los ’90, en la que mis amigos y yo bailábamos, cantábamos sus canciones en México, hasta el amanecer. Su música, su ropa, su estilo, la belleza de Cerati, marcaron a mi generación. Es un código que compartimos, porque “Persiana americana”, “De música ligera” y “Nada personal” musicalizaron nuestra transición hacia eso que se llama la adultez.



Los Soda se habían hecho famosos en México con “Cuando pase el temblor”, que se convirtió en un himno después del terremoto del ’85, el peor de todos, el que nos dejó miles de muertos. Todavía hoy, cada vez que tiembla en el DF, lo que pasa muy seguido, empieza a sonar por todas partes el “Yo, caminaré entre las piedras...”.



Con todos esos recuerdos encima, el día de la presentación de Me verás volver les pregunté a Cerati, a Charly Alberti y Zeta Bosio qué representaba México para ellos. “México fue uno de los últimos países a los que llegamos, por cuestiones geográficas, pero fue muy importante, una especie de despertar algo que ya estaba ahí”, me respondió Gustavo, al recordar que habían ido por primera vez a México a mediados de los ’80, justo después del terremoto. Los tres se hicieron amigos de representantes del rock mexicano, que estaba muy vapuleado por las prohibiciones, y empezaron a moverse para poder tocar. Al principio, los Soda se presentaron sólo en las afueras del DF porque en la capital no se podía, pero luego todo eso quedó atrás con el auge del famoso “rock en tu idioma”, la movida comercial que difundió a artistas de México, España y Argentina y que tuvo mucho éxito. Miguel Mateos y Enanitos Verdes, por ejemplo, siguen siendo ídolos en México, pero no alcanzaron el nivel mítico que tiene Soda Stereo.



Anoche, cuando volví del velorio en la Legislatura, le pregunté a mi amigo Gerardo por qué estábamos tan tristes, por qué había pegado tan duro en México la muerte de Cerati.



“Por su contenido poético, por crear un nuevo código de identidad para los chavos que en aquel entonces, carentes de redes sociales, no teníamos alcance a los referentes británicos como The Cure, The Smiths. Porque nos hicieron sentir que un grupo de latinos podía competir con las leyendas. Porque se la creyeron”, me respondió desde México este amigo que hace casi 20 años me hizo escuchar a Soda por primera vez.



Terminada la rueda de prensa de la gira-reencuentro del grupo, me asumí como fan y fui con dos amigas mexicanas al primero de los recitales que dieron en River, que se agotaron bien rápido, me acuerdo. Tanta era la expectativa. Para nosotras era la primera vez, porque a México no habían ido tanto a tocar. Nos emocionamos, recordamos aventuras no tan lejanas y cantamos y bailamos todo lo que pudimos. Para nosotras, que nos habíamos enamorado hacía muchos años de ellos en México, fue mágico poder verlos en Buenos Aires. Un privilegio jamás planeado, uno de los tantos que he vivido en Argentina.



Luego vino la tristeza de ese lunes de mediados de mayo de 2010, cuando a todos nos sorprendieron los rumores sobre la internación de Cerati en Venezuela y la impresión de saber que estaba en estado de coma. La información sobre su estado de salud fue prioridad para los medios mexicanos, lo que derivó en una presión noticiosa que yo, como corresponsal, sólo había sufrido en el caso de Maradona. Así de importante era Cerati para nosotros. Siento que muchos de sus fans vivimos una especie de duelo en esos primeros y agitados días de su traslado a Buenos Aires, de su no despertar. Por eso anoche, en la fila de 20 cuadras poca gente lloraba. Estaban tristes, pero no sorprendidos, no era una muerte inesperada. El llanto afloró horas más tarde, al pasar por el cajón cerrado y constatar que Cerati, ahora sí, ya no va a despertar.



Cecilia González es mexicana, autora de Narcosur. La sombra del narcotráfico mexicano en la Argentina (Marea) y desde 2002 es corresponsal de la Agencia Notimex en Argentina.

BIG BANG THEORY



Por Marcelo Figueras


Los ’80 –aquella bocanada de aire, después del ahogo de la dictadura– fueron una suerte de Big Bang para la cultura argentina: un estallido paradójico, a la vez inevitable y sorprendente, en cuya estela, por cierto, vivimos todavía. El rock fue parte esencial de aquel bombazo (por qué no decirlo: su dínamo), y dentro de ese magma, la música de Gustavo Cerati cumplió un rol especial: aquel del que irrumpe desconociendo las tradiciones del lugar, para producir lo que el tiempo convertirá en una tradición nueva; enriqueciendo, en suma, el canon que había nacido para desafiar. Ahora la muerte acabó con el tuc de la púa contra el surco rayado. Para ponerlo en términos cortazarianos: lo que Cerati está tocando y cantando mañana es, ay, un silencio que ensordece.



Todos los fenómenos del rock de entonces –y eran muchos– tenían una manera similar de producir obra: aun cuando, por definición, procesaban sonidos que provenían de otros lares, lo hacían de un modo idiosincrática e intransferiblemente argentino. Tanto Charly como Spinetta eran tangueros, incluso cuando vestían a la moda y se pintaban con rimmel. Los Redonditos de Ricota eran argentinísimos por su sensualidad arrasadora, pero ante todo por la porfía de buscar arte en el agujero menos pensado. (Así como, en 1975, Tiburón supuso el fin del cine como lo conocíamos y el comienzo de la era del blockbuster, en los ’80 Michael Jackson y Madonna ya habían meado el fuego del rock, recordándole a la música popular que debía retornar a sus cauces: es decir, a comportarse como una rama de la mercadotecnia.)



Pero Cerati procedió de otro modo, creando sus propios códigos.



Alguien dirá que era lógico, desde que pertenecía a otra generación: una que no tenía por qué asumir culpa alguna en la tragedia argentina y por ende podía desentenderse de su herencia. Sin embargo Fito Páez (por mencionar al último de los mencionables, de aquel tiempo en que el rock todavía era cosa de gigantes), que con pocos años menos pertenecía a la misma generación, se inscribió voluntaria y gozosamente en la tradición de la música popular argentina. Sería fácil pensar que la temprana orfandad de Páez lo sensibilizaba con las pérdidas que ocurrían alrededor suyo, convirtiendo su corazón en presa fácil de las tristezas del tango y la rabia del rock. Pero esa línea determinista llevaría a creer que la perfecta clasemediez de Cerati (familia tipo, Villa Urquiza, Universidad del Salvador) debería haberlo convertido en el frívolo con quien tantos lo confundieron al oír Soda Stereo (1984). Cuando, muy por el contrario, lo que signaba su obra era la exquisita sensibilidad de la que hacía gala, aunque no tuviese justificación alguna para poseerla.



Cuando uno prestaba oídos a sus primeros discos, tres cosas se tornaban evidentes. Primero, que Cerati era un músico de un nivel que le habría permitido tocar en cualquiera de las grandes bandas internacionales. (Una verdadera excepción: acá estamos acostumbrados a los que no tocan ni cantan del todo bien, pero se imponen a fuerza de carisma e inspiración.) Segundo, que ese talento le permitía procesar influencias de un modo diferente: en lugar de producir remedos de otras músicas, Cerati dialogaba con ellas de igual a igual y las impulsaba en nuevas direcciones. (Prueba irrefutable: muchas bandas de aquéllas a las que Cerati interpelaba y recreaba envejecieron de un modo que no afectó a Soda Stereo.) Y tercero, tal vez lo más sorprendente: que sus letras revelaban que estaba al tanto de todo lo que había ocurrido y ocurría –que no vivía en un tupper, que era sensible al dolor que era la moneda más corriente en su sociedad–, pero optaba por procesar esa realidad de un modo distinto de sus colegas.



Si alguien me preguntase hoy de qué hablan las canciones de Cerati, diría apresuradamente: no tengo la más puta idea. Pero sé que expresan una sensibilidad profunda y resuenan por eso de mil modos distintos, resignificándose en cada nueva etapa de la vida; y que, aun donde se pretendían osadas y hasta risquées, lidiaron siempre con los sentimientos desde la elegancia que deriva del pudor. No diría que fue un poeta, pero tampoco negaría el poder de sus intuiciones: ¿acaso ha escrito alguien una definición de Buenos Aires más perdurable que aquella que la describe como la ciudad de la furia?



La obra de Cerati es una de las más delicadas fusiones entre sonido y sentido que se hayan creado en este país. Música y palabras trabajan en la misma dirección: escapando por arriba del laberinto de su circunstancia, desconociendo fronteras artificiales, apuntando a lo que une por encima de lo que separa. Para Cerati, la argentinidad no era un tema, y mucho menos un karma: era parte de lo que uno es, simplemente, y no podría dejar de ser aunque quisiera. En este sentido, fue quizás el primer rockero argentino verdaderamente global, dicho esto de modo positivo: uno a quien la creciente interconexión del mundo lo ayudó a entender que, aquí o en la China, todos sentimos lo mismo; y por eso se aplicó a tematizarlo de un modo que no acentuase las diferencias, sino el lenguaje sonoro y poético en común.



Suele atribuirse su popularidad continental al fenómeno de MTV, la cultura del videoclip y las giras frecuentes, que en la Latinoamérica dictatorial de los ’70 habrían sido impensables. Eso es minimizar las características de su arte, que “viaja” bien por sus propios medios porque está concebido así, ligero y duradero a la vez, de acuerdo con las mejores normas de la aerodinámica: canciones diseñadas para volar mucho y llegar lejos. No hace faltar ser semiólogo para entender por qué Cerati enamora en Lima y Bogotá de un modo que para Spinetta y Los Redondos es imposible. Cerati no fue nunca prisionero de la torre que, por condena histórica, habitaban sus mayores. En todo caso, su destino fue más bien el de Icaro.



Si tiende a asociarse su música con los ’80 es porque aun en las décadas siguientes siguió expresando un deseo muy propio de aquellos años: la búsqueda de un arte-puente, elegante en las formas pero de sensibilidad popular, que permitiese conectar lo que el poder aísla. (Pocas bandas latinoamericanas tienen tantos fans en clases sociales tan distintas como Soda Stereo.) Alrededor suyo, el país cayó en manos de los jíbaros y el rock se atomizó, viéndose conminado a chabonizarse o a disfrazar de ironía la incapacidad de sentir. Pero Cerati no dejó nunca de jugar al juego que mejor le salía y más le gustaba. Aun cuando el rock se futbolizaba y apuntaba a un público cada vez más segmentado a golpes de marketing, no renunció al grand geste del arte entendido como seducción. Si una música es magnífica, ¿no debería saltar barreras en vez de clavarlas?



Cuando tuvo lugar aquel Big Bang, una chica de Tapalqué encontraba natural que un chico lindo, educado y de ojos tristes de Villa Urquiza le hablase de igual a igual; del mismo modo en que el chico de Villa Urquiza encontraba natural que un flaco de Virreyes lo siguiese con una intención que no fuese la de afanarlo. Acabábamos de escapar de la muerte, todos por igual; y aunque no llegásemos a entender ni la mitad de lo que nos ocurría, teníamos la obligación de vivirlo con intensidad. Por eso no extraña que la mayoría de aquellos que hoy son alguien en el terreno del arte hayan cruzado sus primeras armas en los ’80, cuando todo parecía posible. Nuestro universo de hoy no es más que la expansión de aquel estallido. Algunos cuerpos celestes brillan más que nunca, otros se apagaron, otros se convirtieron en agujeros negros y tragan la energía que antes irradiaban.



De mis recuerdos de Cerati, ninguno es más intenso que el primero. En 1984 –creo que era el ’84– yo coconducía un programita de Canal 13 llamado Cinegrafía, con Alan Pauls y Daniel Guebel. Una tarde pasé por la oficina de producción y había un monitor encendido. El 13 emitía uno de esos magazines que se dedicaban cada día a un barrio distinto. Aquel día le tocaba a Villa Urquiza. Un trío de rock tocaba en el garaje de una casa. Sonaban tan bien que me puse a ver el programa que hasta entonces había despreciado. Esa fue la primera vez que oí a Soda Stereo. Ya eran lo que serían; ya eran este futuro desde el que sigo descubriéndolos.



Desde entonces, cada vez que agarro un libro de autor/a nacional, o veo una peli local, o paro la oreja ante un artista nuevo, aliento la esperanza de volver a sentir aquel entusiasmo. Más deseoso que nunca de toparme con alguien que, como Cerati, apueste a la excelencia en vez de a la resignación; y que, al tender un puente en el sitio menos pensado, nos revele que había allí un abismo donde –gracias totales– ya no caeremos.



Fuente: Suplemeento Radar, Pàgina/12. DOMINGO 7 DE SEPTIEMBRE DE 2014



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