jueves, 25 de septiembre de 2014

DISCOS - ALIVE (2012) de Adler's Appetite










ADLER, ESE AVE FÉNIX



* * * 
BUENO




Reseña:

El sello de los miembros de Warrant- Jerry Dixon (bajo) y Erik Turner (guitarra)- "Down Boys Records", ha editado el EP de Adler's Appetite "Alive" (2012). El nuevo material antecede al anterior EP (titulado de forma homónima a la banda) que se editara en 2005. Respecto a su flamante producción, el lanzamiento oficial se produjo el pasado día 2 de Abril y está disponible en formato digital y CD físico.

El material fue grabado por el propio Adler en compañia del cantante Rick Stitch, el bajista Chip Z'Nuff (Enuff Z'Nuff) y el guitarrista Alex Grossi (Hotel Diablo, Bang Tango, ex Quiet Riot, Beautiful Creatures), quienes dejaron la banda luego de concluido el proyecto. 

El baterista se describe a sí mismo como una persona alocada, temeraria, extrovertida, apasionada de la música y con una tendencia autodestructiva hacia los excesos que le ha llevado a poner en riesgo su carrera musical y su propia vida, nada menos. Sin embargo, y ya pasada la tormenta, Adler encuentra ocupación e inspiración manteniendo la adrenalina bien alta. Desde sus infiernos ya vencidos y en una suerte de método catártico surge este material discográfico, un breve pero contundente estallido de rock de comienzo a fin.
 
 Adler's Appetite fue una banda formada y liderada por Steven Adler -el ex baterista de Guns N' Roses- cuyo principal repertorio se sustenta en covers de Appetite For Destruction -el disco debut de los californianos- agregando algunas canciones de los discos Use Your Illusion I y Use Your Illusion II que fueron tocadas en vivo por Adler cuando estaba en Guns N' Roses, como Civil War, Knockin' on Heaven's Door y Don't Cry. El grupo ha realizado sucesivas presentaciones en eventos locales estrenando canciones de su último trabajo de estudio, que incluye un brillante cover de Aerosmith de su clásico "Draw the Line". 


De esta forma, la banda esta apuntando a un mercado joven, y desde el punto de marketing le permitirá hacerse conocer entre las nuevas generaciones que empiezan a escuchar hard rock y donde el ex Gn'R sigue siendo un punto de referencia en el firamemento musical. La huella gunner trazada por Adler y companía allá por fines de unos peligrosos y salvajes años '80 es una marca imborrable que aún persigue los caminos solistas de Steven.


Lista de temas que incluye el EP: 

01. Alive
02. Stardog
03. Fading
04. Alive [Instrumental] 
05. Draw the Line 


Ficha del album de  de Adler's Appetite:

Género: Hard Rock
Duración: 22:22
Formato: EP
Discografica: "Down Boys Records" / Arrogant Bastard Ltd.


Clip - "Alive"



miércoles, 24 de septiembre de 2014

CANCIONES - BABY RAN (inédito, 2012) de Izzy Stradlin








IZZY Y SU ÚLTIMO GRAN ESCAPE




* * *
BUENA




Reseña:


Tras su último disco (la séptima placa de estudio, Wave Of Heat - 2010) y la escasa promoción del mismo, poco más se supo de Izzy Stradlin hasta su negativa a concurrir a la inducción de Gn'R al Salón de la Fama del Rock n' Roll en Abril de 2012. Tuvieron que pasar varios, hasta que en noviembre salio a la luz el vídeo y la canción "Baby Ran", un single que parecía indicar que su regreso con nuevo material llegaría proximamente, y ” en el que colaboran Rick Richards de la banda de Izzy, los Juju Hound a la guitarra, JT Longoria al bajo y el batería de  Reverend Horton Heat,  Taz Bentley.

“Baby Rann” de Izzy Stradlin acaba de ser grabado este mismo mes de noviembre en el legendario estudio de grabación de Weste Sunset Blvd en Hollywood, Los Angeles, Ocean Way Recording. Los estudios de Ocean Way Recording fueron los más importantes del mundo entre la década de los 60 y 70′s (Frank Sinatra, The Beach Boys, The Rolling Stones, Ray Charles, Tom Petty, Willie Nelson, Bob Dylan, Radiohead, Miles Davis, Dr. Dre y un largo etcétera.

A inicios de Diciembre de 2012 descubrimos una segunda versión acotada de "Baby Ran" que tenia una duración de 2:53 -era mas larga inicialmente, ya que la canción dura cuatro minutos- y sin planes de lanzar al mercado nuevo material discográfico, Izzy colocó su nuevo tema disponible en la plataforma virtual iTunes. A finales de Diciembre del mismo año, de nuevo Izzy sorprendió con otro nuevo single: la canción se llama "Upside" y también la subió a iTunes.

Izzy Stradlin perteneció a Guns N’ Roses entre 1985 y 1991; guitarrista y compositor feroz, amante de los excesos y del buen rock, compuso éxitos fundamentales de la banda, ya durante el primer disco de Guns N’ Roses en 1987, “Appetite for Destruction”. Dejando la banda en 1991 por desavenencias con Axl Rose, el mítico guitarrista formaría una grandiosa banda llamada Izzy Stradlin & The Ju Ju Hounds al año siguiente de dejar a los Guns N’ Roses.


Letra:

My baby ran away to vietnam
And my dog just salivates
She told me later: "yeah, i'm surely mad
No need turn bait"
I wouldn't drive to lax
She took my good suitcase
My baby ran away to vietnam
The dog just licked his plate
She bought her ticket, she ain't coming back
Said, said: "little kids"
My baby ran away to vietnam
Left a pork chop on the plate
She told me later: "i ain't coming back"
Said: "no need turn bait"
She never talked about the day
She took off and ran away
Yeah!
Yeah! my baby ran away to vietnam
Along the east bound rail
I'm gonna catch it, gonna drag her back
Back on that train
My baby ran away to vietnam
But the dog stayed in la
I know you're leaving but i'm coming back, yeah
Y' just have to wait
My baby ran away to vietnam
My baby ran away to vietnam
My baby ran away to vietnam
My baby ran away to vietnam


Clip - teaser del tema:  




martes, 23 de septiembre de 2014

DISCOS - ROCK AND REVOLUTION (2014) de Fito Páez








UN MONUMENTO AL ROCK,
PARA NUESTRO MONUMENTO DE ROCK




Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo, entonces es rock and roll.
Pete Townshend



* * * * *
EXCELENTE



Reseña:

En 2012, Fito festejó los 20 años de “El Amor Después Del Amor” -el disco más vendido en la historia del rock nacional argentino- y el año pasado sorpendió con un tríptico que culminó con “Yo Te Amo”. Sin pausas ni descanso, el artista rosarino continúa con su productiva cosecha musical tributando a uno de sus referentes musicales de mayor influencia a lo largo de su nutrida trayectoria: Rock and Roll Revolution (RRR) es el nuevo álbum de canciones inéditas de Fito Páez  y es un homenaje explícito a Charly García

En forma de dardo venenoso o bien de poema nostálgico, según valga con tal de exorcisar unos cuantos demonios; es rock and roll y eso vale. Cobra sentido, fluye, se convierte, renace. Acto seguido, el odio vuelve a florecer y se hace manifiesto, metamorfosis de humores y atmósferas varias: el despecho, la bronca por la relación interrumpida, dejando el alma quebrada y el corazón visiblemente herido. Atravesado de principio a fin por las melodías y las letras de Charly como concepto unificador e indiscutida fuente inspiradora, el disco contiene un texto del escritor argentino Martín Rodríguez sobre García, su legado en nuestro rock y su protagonismo cultural en las últimas décadas.

Editado por Sony Music, el álbum fue compuesto en dos semanas meteóricas y grabado en otras dos en Buenos Aires, tiempo record para un artista como Fito. Participaron Mariano Otero en bajo, Gastón Barembreg en batería, Gaby Carámbula en guitarra eléctrica, Fito en pianos y teclados, y Diego Olivero en todo lo demás. Después Fito viajó a New York, donde trabajó en solitario con Joe Blaney (ingeniero de grabación de “Clicks Modernos”, así como discos de Prince , The Clash, Tom Waits, Keith Richards). 
El disco fue lanzado el martes 9 de setiembre en formato físico a lo largo de toda América Latina, y en edición digital disponible en plataformas como Spotify, iTunes y Deezer; todo esto precedido por una fuerte campaña promocional en redes sociales.

No se sabe si es por urgencia, inspiración o impulso, pero la fuerza creativa de Fito Páez no se coarta con nada: después de lanzar tres discos durante el 2013, el argentino presenta Rock and Roll Revolution , su vigésimo segunda producción discográfica, en donde vuelve a las fuentes concibiendo un disco de rock and roll puro. Con guitarras al frente, melodías pegadizas con destino de clásico y letras cargadas de rabia y enojo, la influencia de Charly Garcia está omnipresente a lo largo de un disco que, además, atraviesa todas las facetas y estadíos del desamor.

El disco abre con la contestataria "Rock and Roll Revolution", una poderosa lectura socio-política y auténtica declaración de principios morales y musicales, con un riff que recuerda a "I Love Rock and Roll" de Joan Jett. El material discográfico sigue con "Muchacha" una hermosa balada a piano, dulce pero dolida, en la que la figura de Charly vuelve a aparecer en algunos acordes que recuerdan a "No soy un Extraño". 

"Tendré que volver a amar" es sin dudas el lado B de la hermosa "Al costado del camino" del disco Abre, Fito recita esta secuela de su brillante clásico, saldando cuentas con viejos adversarios, tomando postura política y dabiéndose un hombre de principios y con personalidad.  Páez, desbordante de citas -autoreferenciales o no- , juega con elementos de la literatura (desde "Moby Dick" de Herman Mellvile a "Dorian Grey" de Oscar Wilde) para meter recuerdos e imágenes de cada relación que plasma en el álbum y "La canción de Sybil Vane", basada en el desdichado personaje, es el perfecto paradigma. Inspirado en la desafortunada femenina de la obra, abre en tonos graves a dos pianos y batería, con una atmósfera agobiante que desemboca en un potente y distorsionado riff rockero que incrementa la densitud que exuda la cruda letra de una de las joyas del disco. 

"Ella sabe todo de mi" abre con Fito al piano siguiendo la melodía de "Fantasy", para convertirse en la más romántica y optimista de las canciones en su inicio, donde destacan los arreglos corales que Fito comparte con Dixon y Absatz. "La mejor solución" se anuncia bien blusera y su riff inicial recuerda a la exquisita "Yo Miro tu Amor" de Luis Alberto Spinetta. Con el tempo dictado por Gabriel Carámbula -metiéndose con su Les Paul en terrenos exclusivos de Pappo- Fito canta bendecido, sacándole aspereza y suciedad a su registro para una canción de un hombre destruido por el desamor que quiere probar con suicidarse.

En su siguiente movida maestra, Fito rescata un clásico inédito de García: "Loco, no te sobra una moneda?", que fue incluida en el disco Billy Bond and the Jets del año 78 y donde tocaban Bond más todos los Serú Girán. Será un clásico festivalero para las nuevas generaciones, porque es verdaderamente arengadora con menciones homenaje a Charly, Spinetta y Pappo, la sangre fundacional de nuestro rock. Devenida en pieza con aire stone, el tema posee dos guiños autorales cerca del final: una línea de "Yo no Quiero Volverme tan loco" sumado a las palabras de Pete Townshend que cierran el tema y una generación conoció gracias al propio Charly, explicando mejor que nadie qué es el rock and roll.

"Los días de sonrisas, vino y flores" fue compuesta entre Fito y Carámbula y es una hermosa balada medio tempo cuya preciosa letra tiene destino de tribuna y bises. El dolor del amor vuelve al centro de la escena, pero esta vez Fito se viste de un rock star vencido por Cupido en plena noche de concierto, mientras el tema agoniza en un lento fade out. "Arde" es un funky con aires latinos que atraviesa de Baires a Caracas -dejando un poco de lado el clima de desengaño vertido hasta el momento-, mientras Fito homenajea a Juan Formell, el fundador del grupo cubano los Van Van. 

Promediando el final del álbum, "Que te vaya bien" suena muy Charly, bien ochentoso y optimista, en la que Fito despide a un amor con buena onda y sin rencores, a caballito de su inseparable piano y de un puñado de fraseos inolvidables.  A modo de bonus track, el álbum cierra con la atípica "Hombre Lobo (yo)" -cuyo clima dista bastante del sonido rocker del disco- que abre con un piano bien a lo García donde Páez comienza entonando suave, casi a capella, para culminar en un aullido de lobo hambriento y desolado en la penumbra.

Con una fotografía de nuestro legendario Charly García en la tapa -la fotógrafa Andy Charniavsky retrató al artista-, RRR representa el grito iniciático ocasionado por el rocanrol: un canto de revolución y un reencuentro del discípulo con su maestro y con el género que impulsó su carrera de tres décadas y medio en la música. Su hábitat natural y comfortable; su propia naturaleza sangre.




MÚSICOS

Fito Páez
: voz, piano acústico, Wurlitzer, mini Moog, Hammond, coproducción
Diego Olivero: guitarras eléctrica y acústica, bajo, drum machine, coproducción
Gabriel Carámbula: guitarra eléctrica
Mariano Otero: bajo
Gastón Baremberg: batería
Juan Absatz, Deborah Dixon: coros

FICHA TÉCNICA:

Sony Music
: edición 2014
ACH, Mariano Soulé: arte
Andy Cherniavsky, Guido Adler: fotografía
Duración: 46 min.

Lista de temas "Rock and roll revolution": 

1.Rock and roll Revolution 
2.Muchacha 
3.Tendré que volver a amar 
4.Arde 
5.La canción de Sybil Vane 
6.Ella sabe todo de mí 
7.La mejor solución 
8.Loco
9.Los días de sonrisas, vino y flores 
10.Que te vaya bien 
11.Hombre lobo (yo).


Link - álbum completo:


 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

ARTÌCULOS - IN MEMORIAM - GUSTAVO CERATI: VUELTA POR EL UNIVERSO (Suplemento Radar - Pàgina/12, 7.9.14) // Parte II










PODER DECIR ADIÓS

Por Mariano del Mazo

 El arco de la vida artística de Gustavo Cerati, antes de la sorprendente escala de los cuatro años en coma tras sufrir un ACV, comenzó en los inicios de la democracia. Fue uno de los héroes posmodernos que al frente de Soda Stereo disolverían los últimos nudos del rock hippie y libertario, plantando la bandera del placer y la extrañeza, la reivindicación del artificio, una nueva pose y un nuevo look. Durante años, el clásico binarismo del rock nacional lo enfrentó a Luca Prodan, al Indio Solari y al rock más duro de las tribus barriales. Pero treinta años de carrera hicieron correr mucha agua bajo el puente. Cerati se convirtió en la figura más reconocida del rock argentino en toda América latina y después de la separación de Soda inició una carrera solista íntima y técnicamente brillante. El final del jueves pasado, cuando se anunció su muerte, abrió la puerta a un nuevo mito que ya puede empezar a analizarse entre el dolor y el cariño de sus seguidores.

UN HÉROE MODERNO

Por Juan Andrade

Hace menos de una semana, el lunes pasado, se cumplieron cinco años de la salida de Fuerza natural. En las entrevistas que dio por aquel entonces para apoyar el lanzamiento del disco, Gustavo Cerati enlazaba ese momento de plenitud musical con un hecho biológico que lo tenía movilizado: acababa de cumplir cincuenta años. Al revisar su discurso público a la hora de dar a conocer el nuevo material, hay una frase que resulta reveladora por su nivel de autoconciencia y su carga premonitoria. “Si yo me retirara ahora, en este momento –no creo que sea muy factible, pero supongamos que sí–, me iría contento, por Fuerza natural”, decía, hablándole a la cámara en un primer plano casero grabado en un negocio de ropa, entre voces infantiles y una pobre iluminación, en la escena que abría el EPK promocional del álbum.

Lamentablemente, hoy sabemos que Fuerza natural fue la última pieza maestra de su cosecha. Y también, podríamos agregar, del género que lo cuenta entre sus principales referentes: la corriente principal del rock argentino no fue capaz de producir otro disco capaz de dialogar de igual a igual con semejante nivel de genialidad y trascendencia para conjugar pasado, presente y futuro en un mismo paquete de canciones. Entre la tradición y la avanzada estéticas, la obra ceratiana está atravesada por una línea de tiempo paradójica. Va de “Ahora es nunca”, de su debut solista Amor amarillo, a “Siempre es hoy”, pero alcanza todo su esplendor en esa maravilla de riffs circulares que es “Déjà vu”. “Vuelve la misma sensación/ esta canción ya se escribió hasta el mínimo detalle”, canta Cerati. “Esto ya lo toqué mañana”, podría haber pensado el músico después de componerla, como exclama el alter ego de Charlie Parker en “El perseguidor”, de Cortázar.

“No tengo la pretensión de hacer algo nuevo, aunque cuando miro alrededor me parece que sigo proponiendo cosas”, le decía el músico a Mariano del Mazo en una entrevista a propósito del trabajo que cierra su discografía solista. Aunque podía afirmar que ya no se sentía interpelado por la idea de vanguardia, no hacía otra cosa que llevar hasta su límite el imperativo beatle de evolución y cambio con cada paso de su camino artístico. Lejos de especular o de refugiarse en su propio clasicismo, con Fuerza natural seguía ensanchando la avenida del mainstream criollo a partir de una búsqueda insaciable de nuevos carriles musicales. Nunca les temió a las nuevas olas, sino que las abrazó con ganas. En ese sentido, Cerati fue el heredero natural de Federico Moura: un héroe modernizador, un faro que alumbró hasta el final de sus días lo que había al otro lado del horizonte.

Si Ahí vamos había marcado un regreso al rock de guitarras distorsionadas, para activar un caleidoscopio de ecos retro que quizá pavimentó el retorno de Soda Stereo, Fuerza natural dibujó un relativo desplazamiento hacia una geografía hasta entonces no muy transitada en su obra: el campo, la ruta y la soledad del hombre en ese hábitat bucólico. De hecho, el grueso del material fue compuesto entre septiembre y octubre de 2008, en su chacra de José Ignacio, Uruguay. La profusión de guitarras, esta vez, se conjugó en clave acústica. Y también incluyó instrumentos como dobro, mandolina, lap steel y charango. Una paleta que le permitió darle pinceladas country a “Amor sin rodeos” o folk a “Tracción a sangre”, para finalmente pintar esa belleza minimalista que es “Cactus”, con su espíritu de zamba existencial.

En la huella que deja su discografía solista, Fuerza natural emerge como el trabajo que condensa y destila toda una gama de cualidades, elementos y nutrientes que podríamos denominar Factor C. “Es un como un compendio de mi carrera, pero expansivo”, decía el músico a la hora de definir el disco. Ahí están su fascinación por el rock valvular y la impronta de la viola eléctrica, pero también su debilidad por el pop electrónico y las programaciones. Su talento para crear estribillos instantáneos, memorables y de alto impacto popular, pero también el buen gusto para emplear frases y texturas que demandan un proceso de degustación más lento e íntimo. Esas canciones hoy suenan como una despedida que está a la altura de las grandes páginas de su historia, un capítulo que bien se podría titular “La Leyenda del Ultimo Moderno”.

NADA PERSONAL

 Por Sergio Pujol

Al principio, Soda Stereo no nos gustaba, dicho esto con cierta pretensión de vocero generacional. Puestos a la defensiva contra todo lo que oliera o sonara a posmodernismo –que en música se relacionaba con el reciclaje y el bricolage, pero también con la levedad y la falta de pasión–, las primeras canciones de Gustavo Cerati eran gélidas y perfectas, pero también sencillas armónicamente –eran años de petulancias tonales y atonales– y un tanto esquemáticas en sus ritmos, si bien Charly Alberti era un baterista radiante.

Pues bien, estábamos equivocados, si acaso se puede hablar así del gusto artístico en un momento dado. Afortunadamente, la belleza de aquella música, tan bien tocada y tan bien cantada, pronto conquistó a todos los adeptos posibles: a los incondicionales (fans), a los ocasionales (de menú sonoro variopinto y escucha de atención flotante) y a los desconfiados (cazadores infatigables del nihilismo del fin de la Historia). El arte de la canción de Gustavo Cerati se desprendió de sus posibles referentes, en un gesto de autonomía artística infrecuente en cualquier escena musical del mundo. Y ya no sirvió de nada rastrear influencias o tratar de entender el fenómeno local con explicaciones globalizadas.

La música se impuso de modo asertivo. ¡Qué bien sonaba ese trío, con cuánta independencia de gadgets electrónicos se movían sus integrantes! En ese sentido, Soda Stereo compartía con Los Redondos la destreza del vivo, el reto bien asumido de hacer música en tiempo y espacio reales. Pero todo eso sucedía sin perder esa misma cualidad de superficie muy pulida que al principio nos había maldispuesto. Sucedió que esa superficie tenía su reverso. Y que Soda Stereo tenía ironía. En fin, que las cosas no eran exactamente como parecían (¿no es eso el arte?). Que la sensualidad expectante de “Persiana americana” escondía más crítica que frivolidad. Que el mareo del que quería escapar el personaje de “Nada personal” remitía al sujeto angustiado de “Viernes 3 AM”. Que por más que el trío trabajara con obsesión su imagen, su look, su fotogenia escandalosa, su vicio por las pasarelas del estrellato, la fauna de sus canciones era tratada impiadosamente, con lo cual la mordacidad se refractaba en ese mundo “ochentoso” y volvía, lacerante, sobre los propios emisores. Y éste era un gesto de mucha audacia. Al fin y al cabo, ¿de qué servía pertenecer al jet-set?; ¿por qué resultaba tan difícil superar los amores de música ligera?; ¿qué clase de hombres y mujeres vivían inmersos en la “nada dietética”?; ¿hasta dónde había que caer para tocar fondo en la ciudad de la furia?

Es posible que al participar del disco de Leda Valladares Grito en el cielo, Cerati haya querido darse un baño de bagualas ancestrales, lejos de la locura masiva que había despertado Soda Stereo en la Argentina y en buena parte de América latina. Era un escape físico y espiritual. Un viaje en busca de sanación. Pero también era una manera de advertirle a cierto sector de su público que la figura del joven moderno y posmoderno (sólo en el rock estas categorías parecían equivalentes) era también una construcción artística. Y como tal, una estrategia para decir cosas poco agradables, nada corteses. Aún no sabemos si las canciones de Soda formarán parte del clasicismo del futuro. Por lo pronto, hoy nos ayudan a entender, como pocos artefactos culturales de su tiempo, cómo se pudo ser cuestionador y masivo (rockero y pop) en el país de Alfonsín y Menem.

AMOR AMARILLO

Por Sergio Marchi

Cada periodista que se dedica a una actividad específica termina repitiendo entrevistas a referentes o personalidades destacadas dentro de esa actividad. Es decir, hay tipos a los que uno sabe que terminará entrevistando... de nuevo. Esto permite prepararse mejor, pero también anticiparse a la sensación de la charla a producirse. Y en estas horas tan de torbellino tras la muerte de Gustavo Cerati, y sin querer arrogarme un grado de amistad que sería irreal, yendo directamente al núcleo de lo humano, lo que más recuerdo de él es que era el entrevistado ideal. No sólo porque era fácil para la conversación, un artista interesante y bien articulado con las oraciones, sino porque Gustavo tenía una calidez muy especial como ser humano. Gustavo era el mismo con el grabador prendido que con el grabador apagado; no impostaba, no se ponía en pose, ni cambiaba de lenguaje. Conversar con él era una delicia, porque era de los pocos tipos que pese a hacer miles de entrevistas que, i-nevitablemente, tenían muchísimas preguntas en común, se las arreglan para decir cosas diferentes en cada una de ellas y sin penetrar en la contradicción. ¡Carajo, qué era lindo entrevistarlo!

Siempre discutíamos de música y siempre tenía algo bueno que recomendarte. Confieso que su opinión (y la de Charly García) era la primera que buscaba en esos viejos listados de fin de año donde los músicos establecían sus preferencias sobre lo que habían escuchado en la temporada. Y si bien amé a los High Llamas, de los que me compré toda su discografía, no me convenció con los Hot Chip. “Para que veas lo fanático que soy –me dijo–; una noche después de tocar en River, sin cambiarme, así nomás, vestido de Soda Stereo, me fui a Crobar a ver un show de ellos que transmitían vía satélite.”



O sea, que no conforme con haber hecho saltar a una multitud en 2007, haberse tocado todo, haber bajado unos cuantos kilos durante la performance, Gustavo quería más música. Eso es lo que yo llamo amor a la música. Cualquier otro músico hubiese preferido un momento de relax, solo, acompañado, con su familia o con sus compañeros. Pero Gustavo no: su pasión musical no conocía límites.

Una noche he sentido miedo a su lado, por su violencia física. Afortunadamente, no era yo el objeto de ésta, ni tampoco algún otro ser viviente. Fue en la grabación del primer disco de Los Siete Delfines, la banda de Richard Coleman, en la que Gustavo oficiaba de productor. Empeñado en encontrar un sonido particular para la viola de Richard, sonido del que él no tenía la menor idea de cuál podía ser pero cuya existencia o no estaba dispuesto a verificar, zamarreaba con furia lo que se conoce como “pachera”; una suerte de interconector de cables, parecido a una vieja central telefónica. Y Gustavo era el telefonista loco, que sacaba y ponía cables en los agujeros, y no conforme con eso, los sacudía frenético, con una energía desmesurada para el material en cuestión. No recuerdo si encontró o no ese sonido, pero la imagen que me vuelve en estas horas es la de su cabeza enrulada haciendo headbanging mientras acogotaba a un cable inocente (y mis piernas recogidas de terror, como si fuera una mina aterrorizada por una rata).

Esa misma energía, Gustavo la puso a lo largo de su carrera. Pese a que su música podría dar una impresión de gelidez, Cerati era un tipo sumamente caliente y temperamental. Así lo recuerdo en un show demoledor que hizo Soda Stereo en Paraguay en el año 1988, donde parecía U2 con sangre italiana; o en el escenario de Club Buenos Aires, donde presentó el majestuoso Fuerza natural.

Cuando Soda Stereo todavía podía ser considerado un grupo nuevo y un poco plástico, grave error de juicio de los rockeros ya instalados, fue Federico Moura el que desde un reportaje alertaba sobre lo caliente que podía ser la guitarra de Gustavo. “Hot” fue la palabra que usó Moura, pero no “hot” en el sentido de “en boga”, sino con la temperatura de un río de lava. Soda mismo era un grupo caliente: los tres derrochaban fuego. En esta hora, donde todos lloramos a Gustavo, no hay que olvidarse de los dos mosqueteros que pelearon a su lado: Zeta Bosio y Charly Alberti, los cimientos de ese edificio en el que Gustavo oficiaba como “arquitecto del sonido”, tal cual lo definió hace pocas horas Charly García, con quien se quisieron muchísimo.

Gustavo fue un chico de barrio que hizo carrera grande, y como tal generó celos y envidias. Fue de esos compañeros de colegio que tenían los mejores promedios, pero a los que rara vez se los veía estudiando. Su inteligencia era natural y poderosa; su vocación también. No se lo veía en manada, pero sí en familia. Tenía todo por delante porque tenía el talento, las fuerzas y las ganas. Además de la enorme pérdida humana, habrá que resignarse a que no habrá música nueva de su parte. Las dos cosas, hoy, me resultan intolerables.

> UN CAPITULO DE BUENOS LIMPIOS & LINDOS, LA NOVELA DE VERA FOGWILL DONDE LA PROTAGONISTA ESTA OBSESIONADA CON LA FIGURA DE GUSTAVO CERATI

LO QUE SANGRA

Estoy sangrando. Mis piernas están llenas de sangre. Sin embargo siento una emoción tan grande que ningún sangrado me va quitar. No puedo creer lo que está pasando. Gustavo al fin se comunica conmigo. Pero no al pasar, sino con un fin directo a mí. Por fin. Soñé tantas veces en mi vida con este momento en el que él me habla con interés y no de paso. Me lo imaginé, tantas veces despierta, dormida, pero nunca jamás muerta. Comprendo...

El ya sabe lo que es esto. ¿Hace cuánto tiempo que está como yo? Con los ojos abiertos. Hace dos años, cuatro meses y cuatro días que tuvo su ACV. Es cierto, él está en coma. Pero no veo la diferencia de la coma y este punto suspensivo de poder mi alargada muerte. Igual yo pienso que está en pausa. La música tiene esa cualidad de poder ponerse en pausa y que siga cuando uno la enciende de nuevo como si no hubiera pasado el tiempo desde que uno dejó de escucharla. Gustavo es música. Por eso para mí está sólo en pausa.

Yo me mudé no bien lo trasladaron para estar en la manzana de la clínica Alcla donde está internado. No me dejaron verlo por más que fuera vecina. Y a Manuel sí lo dejaron, pero él no quiso. No puede, dice. Casualmente, se había terminado nuestro contrato en la otra casa y lo convencí a Manuel de cambiar de barrio. Y qué bien hice en mudarme cerca.

Cuando Gustavo se puso en pausa, yo planté un jazmín en una maceta que coloqué en la ventana de mi cuarto. Todos los días le ponía a la planta sus canciones preferidas y la planta crecía. Todos los días le cortaba una flor para llevársela a la clínica. Adentro de la maceta puse todo lo guardado. Cada ticket de cada concierto, cada boleto de colectivo a cada concierto y las copias de las cartas. Las originales, de puño y letra, se las pude ir dejando discretamente y con seudónimo en su camarín, suerte y beneficio que me daba ser la novia del plomo. Por las dudas se pierdan, siempre les hice varias fotocopias, no una sola. Mañas de archivista. Así que le entregué copias a su madre para que se las leyera estos años. Novecientas cuatro cartas, entre 1985 y 1987, escritas a mano, con una caligrafía excelente, materia que cursé en archivo. Supongo que se las habrán leído. Y que por eso está ahora acá. Lo veo hasta un poco más joven. ¡Me canta a mí!

–Somos cómplices los dos, / al menos sé que huyo porque amo. / Necesito distensión. / ¡Estar así despierto es un delirio de condenado!



–Te entiendo, es terrible... ¿Por qué no te cerraron los ojos tampoco a vos? Yo no tengo a nadie, pero vos... Es cierto, sí, te los cierran, te los lavan con gotas a diario. Lo sé, intentan que no se te queden pegados y deben abrírtelos al menos cada día varias horas.



–Como un efecto residual, / yo siempre tomaré el desvío. / Tus ojos nunca mentirán, / pero ese ruido blanco es una alarma en mis oídos.



–No es un ruido blanco, Gus; son los monitores nuevos de terapia que están muy blancos y hacen ruidos. Algunas personas locas hoy se compran el ruido ese constante para quedarse dormidos, se vende. Pero a vos no te funciona. No te dejan dormir...



–No seas tan cruel, / no busques más pretextos. / No seas tan cruel, / siempre seremos prófugos los dos.



–¿Cruel?



–No tenemos dónde ir. / Somos como un área desvastada, / carreteras sin sentido, / religiones sin motivo... / ¿Cómo podremos sobrevivir?



–No lo sé, me angustia que te estés enojando conmigo. Y espero que vos me digas cómo es esto y cuánto se puede continuar así...



–No seas tan cruel, / no busques más pretextos. / No seas tan cruel, / siempre seremos –y me repite al oído– / siempre seremos, prófugos los dos...



–No entiendo, ¿de qué huimos? ¿De la vida?



Gustavo no responde mi pregunta, se ríe de mí y me cambia de tema.



–Pude desaparecer, / pude decir que no, / pero el fin de la pasión / es que lo oculto se vea... / Vine a avisarte...



–¿Eh?



–Chica con ojos de ayer / sé que vibras también / la extraña sensación / de no pertenecer a este mundo, / como en un trance.



–Nadie me entiende más que vos.



–Ya tantas veces morí, / nunca me pude ir, / el arte de vivir / por encima del abismo, / estoy condenado a errar / de amor en amor... / Poseídos por el más allá...



–¡Qué horror! ¿Estás? Ya no te veo. ¿Te fuiste? –estoy desesperándome. Era él, me estaba hablando a través de sus letras, me impresiona su déjà vu, cómo es posible que las haya creado antes, tanto antes de tener la necesidad real de decirlas. Escucho apenas su voz; se está yendo, tiene un nuevo mensaje.



–Yo, caminaré entre las piedras / hasta sentir el temblor en mis piernas. / A veces tengo temor, lo sé, / a veces vergüenza... / Estoy, sentado en un cráter desierto, / sigo aguardando el temblor, en mi cuerpo. / Nadie me vio partir, lo sé, nadie me espera... Oh...



–La gente no sabe si partiste o no. La gente no entiende si el estado de coma es de ida o de vuelta, si es aquí o allá. Yo te estoy esperando. Te acompaño muerta.



–Hay una grieta en mi corazón un planeta con desilusión –me confiesa–. / Sé que te encontraré en esas ruinas, / ya no tendremos que hablar del temblor. / Te besaré en el temblor...



Y se va.



Estoy aterrada. ¿Y si ya se murió...? Y yo no me pude enterar. No pude ni leer el diario. ¿Será que vino a despedirse...?



No doy más... Estoy mojada de sangre. Menstrúo... Quieta, muerta, con los ojos abiertos, soy mujer de todos modos. Mi flequillo crece y comienza a taparme parte de los ojos.



–¿Gustavo...? ¿Estás acá o ya te fuiste?

Por Vera Fogwill

El 28 de diciembre de 2007 muere mi mejor amiga, Eleonora Margiotta. Yo tenía bocetos de la novela que había ido escribiendo durante varios años. Era una fábula en tono novela negra, cosa que se mantuvo, y los cuatro adolescentes con sus padres que me venían persiguiendo desde que la comencé. Al cabo de unos meses, hay una subasta en la Galería Catena de la obra de mi amiga, enorme artista, en donación para la contribución y sostén del Instituto de Oncología de la Fundación Angel H. Roffo. Voy, simplemente porque quiero, pero sin posibilidades económicas de donar nada a nadie. La primera obra que se subasta es la fotografía de una lechuza fucsia. Pienso, esa obra es mía, ella me la regaló y se la está llevando “esa”. En efecto, mi amiga me la había regalado, pero durante los dos años que me la regaló yo insistía que me la llevaba la próxima, junto con mis libros, mis discos, mis DVD, y todo lo que compartía con ella. “Amiga, siempre te voy a ver.” Era una forma de decirle: “No te podés morir, no te vas a morir, la próxima me la llevo”. Sonreía. Era hermoso, la única manera de hablar de todo eso que nos pasaba. “Nunca nos vamos a dejar de ver. Nunca.” Y así, una don nadie pudiente se llevaba mi cuadro. Luego se subastaron cuadros de paisajes, qué éxito que tienen los paisajes. Si supieran lo que significan esos paisajes. Para el final llegó la gran obra, la exponen a la subasta como un autorretrato. Su hija hermosa grita: “Es mi mamá”. Yo me callo. Sé mucho de su obra y no importa nada de lo que sé. Esa no es ella. Esa es Laurita. 

La foto es una mujer relativamente joven pero que sobre su cara tiene un espejo redondo y por eso sólo se ve su pelo, que impresionantemente es idéntico (la modelo y la fotógrafa) y sobre ese espejo se refleja al revés la frase NO EXIT (EXIT ON) del subte en Londres con un fondo de paredes rojas. Laurita cuando hizo esa foto estaba embarazada de Zoe, pero esto tampoco se ve. Si Eleonora hizo esta foto es porque estaba en anunciada salida y una tenía una obra para hacer y la otra, otra obra por dar a luz. Es una obra, no puedo llamarla fotografía, tan pero tan fuerte para mí, que pese a mis recursos nulos me embarqué en una deuda enorme que pagué durante un par de años para tener esa obra conmigo para siempre. Mis amigas. Ellas, hablando de salidas posibles, del on exit, no exit, de lo banal del exit, y no sé cuántos diálogos he tenido con ese cuadro que he ido corriendo de lugar hasta que halló el punto exacto, al lado de mi escritorio, en el año 2010 para verlo continuamente. Así siguió la cosa, en la mañana temprano limpiaba el vidrio del cuadro con vinagre (nada limpia mejor los vidrios). A la noche me sentaba a escribir y le ponía los discos de Soda Stereo o los solistas de Cerati. Sí, recorría así mi vida con ellas. Eleonora era fanática y yo me había decidido a hacerles un disco a sus hijos con la música que bailaba su mamá, con la música que escuchaba su mamá. Cerati estaba en prácticamente todos los armados. El 10 de junio de ese año Cerati tiene el ACV. Yo a fines de ese año ya tenía lista la novela, pero apareció un personaje más. Una narradora ON EXIT, en salida. No sabía si estaba viva o muerta, la seguí hasta el final. Quería hablar, bueno que hable y fue atravesando todas las historias (las seis que había) y todos los personajes. Como sonaba Cerati para mi amiga, de golpe sentía lo mismo que ahora, un temblor, una vibración. Fracturaba sus letras, hablaban más que antes, adquirían otros sentidos y así naturalmente el personaje nuevo se convirtió en la fan de él. Así que posiblemente Cerati sea para mí, mi amiga, de la que fui fan y fue su fan. De la que tengo videos de nuestros cumpleaños de quince bailando Soda Stereo, recuerdos de las colas en los recitales, de ir a bailar y escuchar Cerati. Ir a bailar, es una cosa que no existe más, pero en cualquier recuerdo estará Cerati. Atraviesa casi toda mi vida (desde el comienzo de la adolescencia) dejando hermosos rastros, emocionales. No tengo posibilidad de oírlo sin que me remonte al pasado y se me estrangule la vida. Nada transporta más mis recuerdos de amistad que su música. Gracias. Siempre gracias.

Una amiga que vive en París hace treinta años leyó la novela antes que nadie. Años más tarde, viene a Buenos Aires y se sorprende cuando ve un disco de Cerati: “¿Cómo? Pensé que era un invento. No sabía que existía este músico y ¡todo eso es verdad!”. Sí, todo es verdad, la novela está cargada de verdades y quién sabe, algún día será un libro de historia. Yo no inventé nada, transcribí ciertos hechos, ni siquiera puedo decir que la escribí. Fue un sueño intervenido por la realidad de este mundo, que tristemente convierte horrores inventados en realidades universales. Se apagó la vela que le encendí para mandarle luz a Gustavo. Duró lo que tardé en escribir. Gracias otra vez.

Fuente: Suplemento Radar, Pàgina/12. DOMINGO, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2014




lunes, 15 de septiembre de 2014

ARTÌCULOS - IN MEMORIAM: GUSTAVO CERATI, VUELTA POR EL UNIVERSO (Suplemento Radar - Pàgina/12, 7.9.14) // Parte I






EL PRINCIPITO

  

  Por Joselo Rangel


Durante estos últimos cuatro años me descubría pensando en Gustavo por una u otra razón. La última fue hace muy poco, apenas el miércoles. Me acordé de haberlo visto en el Auditorio Nacional –acá en la Ciudad de México– cantando sus canciones con una sinfónica. Café Tacvba pronto pisará ese escenario, y además de tocar nuestro disco Re usaremos vestuarios especiales. Fue por eso que me acordé de Gustavo, pues en aquella ocasión me sorprendió mucho verlo vestido como El Principito: su pelo ensortijado tirando a rubio, con un abrigo de cuello alto que le llegaba casi a los pies. Aunque estaba acompañado de un buen número de músicos y un director, en realidad estaba solo, como El Principito en su asteroide. Cantaba solito las canciones que había compuesto solo. Para eso se necesita ser muy valiente, pensé.



Y no sólo por pararse en medio de un escenario sin poder cubrirse con su instrumento, la guitarra, que tocaba de manera magistral. No nada más por eso tenía agallas, sino por desarrollar una carrera brillante creada alrededor de sí mismo.



Gustavo era de esas personas a las que no les pesaba ser el centro de atención. Hoy en día esa actitud puede resultar políticamente incorrecta. Se habla mucho de que todos debemos suprimir el ego y no resaltar más que los demás. Pero al mismo tiempo admiramos a los genios, a quienes bailan mejor, a los virtuosos de un instrumento o a quienes meten más goles que nadie.



Gustavo resaltaba. Café Tacvba coincidió varias veces con él. Hicimos una gira juntos a principios de este milenio. Puedo asegurar que en los aeropuertos la gente volteaba a verlo más que a nadie. Aun quienes no tenían idea de quién era. Eso generaba un sinfin de sentimientos a su alrededor: mucha admiración, sí, pero también desprecio. Hay quienes no pueden sorportar estar al lado de alguien que brille más que ellos.



Y eso hacía Gustavo, brillaba. Era un rockstar en toda la extensión de la palabra.



Hasta en su propia muerte da más que hablar que nadie. Nos tuvo a la expectativa, pensando en él, preocupados y ansiosos. Como si fuéramos los expectadores de su último gran acto.



Sé que la muerte de un ser querido no es eso, no es un show, pero Gustavo Cerati era, además de un ser querido por todos, un gran artista.


“Me perdí en el viaje. Nunca me sentí tan bien. Todo por delante, todo está hablándome. Está cambiando el aire. Nunca me sentí tan bien”, escribió en la canción que titula su último disco, Fuerza natural. El sabor zen de las frases se puede aplicar a este momento, en el que la tristeza cede a la idea de liberación: después de cuatro años de vivir preso en su cuerpo, Gustavo Cerati se perdió en un viaje y ya desde otra dimensión, ahora sí, dejó el terreno abonado para la instalación del mito. Catapultada la esperanza del milagro y con el morbo Karen Quinlan disuelto en el comunicado médico del jueves a la mañana, toma relieve el músico y su música. Y las letras, que hoy quedan resignificadas. Porque su figura queda resignificada.



El arco de su vida artística fue de la era parricida de principios de los ‘80 –cuando había que matar al rock hippie de Porchetto, Cantilo, Gieco, Spinetta, Charly– a una suave apertura transversal que incluyó en los últimos tiempos trabajos con Shakira y Mercedes Sosa. Fueron 30 años de carrera en los que lo único que no cambió fue su rigor musical y la obsesión estética. Resulta complejo analizar aquellos inicios con la lupa actual. Soda Stereo fue junto a Virus la banda que entendió como nadie que hay una distancia entre el escenario y el público. Que un grupo de rock y pop también es una puesta en escena que contempla el artificio y la ilusión. Ser o sentirse estrella era más que un rasgo megalómano, era un complemento de lo artístico. En aquellos primeros ‘80, antes y después de la restauración democrática, cada banda tomaba un modelo musical de Estados Unidos o Inglaterra y lo procesaba para poner al día a un rock algo anquilosado que había tenido a Malvinas como la bisagra que aniquiló la inocencia. No confesaban las influencias. En un país alambrado y endogámico después de tanta dictadura, muchos escucharon primero a Sumo que a Joy Division, primero a Los Violadores que a Sex Pistols, primero a Soda Stereo que a The Police. Como fuere, encarnaron lo nuevo. Y dentro de ese panorama se recreó la tensión pionera entre Manal y Almendra (que no era tal, que fue una creación del inconsciente colectivo del ghetto del rock fogoneado por un par de revistas) y en los recitales de Sumo se empezó a cantar en contra de Soda Stereo. Muerto Luca y disuelto Sumo, la gente puso en ese lugar al Indio Solari y a Los Redonditos de Ricota.



De un lado, la verdad, lo genuino, la calle, lo macho; del otro, el artilugio, lo impostado, el plástico, la ambigüedad. El malentendido duró demasiado. Luca Prodan, el Indio Solari y Gustavo Cerati ostentaban un bagaje brutal de información musical y con sus distancias fueron emergentes pasionales de la cultura rock. Pero los estereotipos ya estaban cristalizados. Cerati podía sacar el disco más guitarrero del mundo y Solari rodearse de máquinas, que la consideración no se modificaba. Tuvo que pasar un tiempo para que el prejuicio menguara y llegara la legitimación unánime. El escenario compartido con Luis Alberto Spinetta en Vélez en la larga noche de Las Bandas Eternas fue definitivo al respecto y consolidó una idea que estalló en ese disco extraordinario titulado Canción animal: el carácter spinetteano de parte de su obra. No es una influencia nítida: de hecho la poética de Cerati poco tiene que ver con los vuelos abstractos de Spinetta y mucho menos con cualquier atisbo de jazz rock o de melancolía urbana. Es, sí, y más allá de su evidente clivaje anglófilo, la confirmación de una continuidad, un ADN, el del rock argentino. Spinetta fue a Cerati lo que Cerati a Babasónicos.



Una de las características de su obra es el péndulo estético entre la experimentación y la canción de matriz beatle, la tradición y la vanguardia. Esa obra puede tener trabajos que gusten más o menos, pero no conoce la decadencia. Signos o Dynamo con Soda, Amor amarillo o Bocanada como solista... Los registros son múltiples y su audacia a veces no midió consecuencias. O las medía y no le importaban; algunos discos directamente daban las espaldas al público, y parecían ejercicios de estilo dirigidos a otros músicos. Eran como recreos de autosatisfacción, exploraciones. En esos casos se configuraba la extraña y paradójica condición de músico popular de culto, casi un guiño entre porteños, en las antípodas de la euforia beatlemaníaca de su conquista de América latina durante la segunda mitad de los ‘80. A veces chocaba con la pretenciosidad: ahí están los 11 Episodios Sinfónicos. Otra paradoja: en algún momento se uniformó con las capas románticas que fueron un símbolo de la ampulosidad de los ’70 y que él colaboró en borrar del mapa en su iniciático período post-punk. Es tal vez un detalle menor: tanto los dos tonos punks como los colchones de cuerdas son dos caras del signo de los tiempos cíclicos del pop & rock. Cerati siempre cabalgó su tiempo. Habrá que decir que la triple condición de gran cantante, gran guitarrista y gran compositor, sumada a la minuciosidad mostrada en el estudio y a la inteligencia de saber rodearse de gente como Melero, Terán o Coleman, impidió estruendosos pasos en falso. Como con Spinetta o Gustavo Santaolalla, nada en Cerati estuvo mal hecho.



Fue algo inconfesable, pero seguramente nunca quiso volver con Soda Stereo en 2007, esa “burbuja en el tiempo”, sin canciones nuevas, con su aceitada ingeniería económica. A veces resulta complejo decir que no. Antes del regreso procuró fortalecer su carrera solista: quería demostrarle al mundo, como si hiciera falta, que era capaz de componer tantos y tan buenos hits como con Soda. Lo logró con Ahí vamos: Cerati volvió a la palestra de la masividad con un disco de rock clásico desbordante de soberbias canciones. Con el interregno de la gira con Soda Stereo, se lo veía especialmente feliz y relajado: estaba trabajando con su hijo Benito, se había reencontrado con amigos como Richard Coleman, concebía un disco con temperamento folk y un inusitado ambiente de viento y pampa como Fuerza natural. Muchos buscaron señales en las letras, apelaciones a mujeres, mensajes a Zeta Bosio y a Charly Alberti, reflexiones sobre el regreso del trío. Cerati se desmarcaba: otra vez se ponía en eje y miraba adelante: “Si hay algo que quedó en el pasado es Soda –decía en 2009–. Mis letras no suelen hacer referencia a nada. Yo creo que la canción es artificio. No sólo lo creo, sino que defiendo a muerte esa idea estética. Okey, si un psicólogo pone la lupa seguro salen cosas. Es más: leí libros de psicología y puedo asegurar que tengo todas las patologías. En mayor o menor medidas, todas. Pero eso es otra cosa. Para mí ser artista es una actuación, es mentir, es jugar a la fantasía. Hay gente que necesita jugar al noticiero, todo bien. Yo no: entre Aristóteles y Platón, me quedo con Platón”.



Tenía una altanería proveniente de una timidez insobornable. Tenía al cantar la mejor dicción del rock argentino y fue un guitarrista rítmico extraordinario, con una mano derecha notable. Al menos un par de generaciones crecieron con sus temas y llevan los estribillos tatuados en la piel. Por peso específico de su obra, discutió estas décadas un podio compartido con Calamaro y Páez en la sucesión de Charly y Spinetta. Fue la gran estrella de rock de América latina. Jugando a la fantasía, a la ilusión y al esteticismo diseñó una catedral pop con pasajes de densidad y hondura. El último concierto lo dio en Venezuela y la última canción fue “Lago en el cielo”: “El tiempo es arena en mis manos”, cantó. Gélido y frágil, dedicó la mayor parte de sus 55 años a embellecer la vida cotidiana de millones de personas. Sin demagogia barata, sin condescender a la cumbia, sin apartarse de la sofisticación y las formas. Con el poder de la canción.


EL BELLO DURMIENTE



  Por Martín Pérez


Un fin de año en la quinta de sus padres, Gustavo Cerati enchufó su guitarra nueva al equipo de audio del living para tocar encima de un disco de Deep Purple. Aún consciente después de esa larga noche, Richard Coleman se lo quedó mirando al escucharlo hacer, medio borracho, el solo de Ritchie Blackmore nota por nota, y no pudo evitar repetir una broma con olor a espíritu adolescente: “Uau, te sabés el solo de ‘Estrella del camino’. ¿No querés tocar conmigo?”.



Siempre me gustó este recuerdo cómplice de Gustavo Cerati que su amigo Richard Coleman me contó unos años atrás, para la salida de su demorado primer disco solista. Fue la primera imagen que se me vino a la mente cuando se difundió la noticia de la muerte del líder de Soda Stereo. La estrella finalmente en camino. Y no pude evitar pensar también en Coleman, que me había confesado que –si bien no siempre le había hecho escuchar a su amigo sus discos– ahora que quería su opinión, no podía tenerla. “Habrá que seguir esperando”, me dijo entonces, muy serio. Y no hubo lugar –ni ánimo, ni necesidad– para seguir preguntando.



Después de cuatro años, esa larga espera finalmente terminó. Vera Fogwill escribió en su fascinante novela Buenos, limpios & lindos que, como Cerati es música, podía estar en pausa. Pero durante esa pausa, ese extraño limbo, fue muy difícil pensar en él. Es decir: fue difícil saber cómo pensarlo. La ciencia declaraba, aquí y allá, para quien quisiera escucharlo, que su estado era irreversible. La fe de sus familiares y amigos, sin embargo, no se permitía dejar de esperarlo. Y así tenía que ser.



Durante esa larga espera, fue imposible olvidar una imagen inquietante contada por algún allegado que había ido a visitarlo. Lo había visto sentado en la cama de la clínica, como lo dejaban quienes lo cuidaban después de ejercitar su cuerpo. Con la espalda apoyada contra la cabecera, con los ojos cerrados, el pelo largo y canoso, ya sin necesidad de tinturas. La imagen de un Cerati dormido, pero impecable. Un bello durmiente, esperando ese beso que podía no llegar jamás.



La particular naturaleza del accidente, en realidad, colaboró en ese no saber qué pensar. Mejor la pausa, entonces. Mejor la espera. Recuerdo no haber podido impedir un escalofrío cuando otro amigo contó, en las sorprendidas sobremesas de la época que inevitablemente llevaban por el camino de la infidencia, haber compartido una reunión en la que Cerati –sin conocerlo pero sin jamás imponer su presencia, uno más en el lugar– insistió en tratar de explicarle: “No sabés lo que es que todo un estadio te desee la muerte”.



Injusto blanco de ese River-Boca eterno al que por momentos parecemos estar todos condenados, los Soda y Cerati gozaron del extraño privilegio de tener reservado un lugar de ese ring imaginario, mientras que por el otro iban pasando los contendientes. “Esas dicotomías nunca me molestaron desde el punto de vista artístico”, me dejó en claro sin embargo Gustavo en la época de la gira despedida de su grupo. “Nunca lo vi como una competencia, ni siquiera como algo personal. Me parece que son corrientes que siempre existieron en la Argentina, y es casi imposible no ser ubicado de un lado o del otro.”



Con o sin Soda, Cerati también supo disfrutar del fervor de un público femenino que siempre despertó la desconfianza de los supuestos dueños de ese nosotros de un rock nacional siempre tan machista y endogámico. No fueron los únicos: lo mismo le sucedió al Spinetta de “Muchacha...” y a Charly García con Sui Generis antes que a ellos, y a Fito Páez, Calamaro o los Babasónicos después. Todos los que aceptaron el desafío de ampliar el público del rock local debieron soportar la injusta estigmatización de disfrutar del –mal que les pese a sus detractores– evidente buen gusto de las niñas.



Ahora que ya se puede hacer el duelo, y hablar en pasado de Cerati, también es posible empezar a intentar ubicarlo en un panteón donde seguramente ocupará un lugar preponderante. Primera estrella continental del rock local y dueño de una masividad que va más allá de los géneros musicales, Cerati generacionalmente ocupa un lugar –dentro de un rock al que siempre estuvo orgulloso de pertenecer– entre los sobrevivientes de sus grupos de los ’80, reconvertidos en exitosos solistas durante la década siguiente: Calamaro, Vicentico y también Páez, cabeza emergente de la Trova Rosarina. En la estampita aparecen primero los padres fundadores, seguidos por sus inmediatos apóstoles. Pero después de los mártires de los ’80, Luca, Moura y Abuelo, ellos integran –antes de los grupos de los ’90 y más allá de un fenómeno masivo como los Redondos– la última línea de ídolos que exceden los marcos del género. Cerati es el que se destaca claramente del lote, aunque más no sea por popularidad y alcance generacional. Y ahora también por haber sido el primero en decir adiós.



Aunque han pasado ya casi dos décadas, recuerdo que en aquel largo artículo que anticipó el gracias totales de River y fue tapa de Radar, Cerati se destacó como un entrevistado generoso. Aceptaba las preguntas que implicaban un salto al vacío y se atrevía a especular sobre el destino de su obra. Entonces, claro, Cerati le decía adiós a Soda. Ahora es el turno de su despedida. Como en el final del video de “Zoom”, le toca a él dejar su música en manos de los que se quedan y los que vendrán, y emprender el viaje. Aquel artículo terminaba evocando ese video, que terminaba con el grupo subiendo a un Planetario que se convertía en nave espacial y perdiéndose en el cielo, y jugaba a imaginar que algún fan de Soda podría haber dicho entonces, a la manera de lo que sucedía en ET: “Ahora que se han ido, ya no sé cómo sentir”. Después de cuatro años en pausa, en cambio, recién ahora que Cerati se ha ido podremos empezar a elaborar el duelo, a evocarlo, recordarlo y homenajearlo como corresponde. Ahora que ya no espera, podremos empezar a saber qué sentir.


CERATI TIENE BÍCEPS



  Por Pipo Lernoud


Debo ser un bicho raro, una persona en estado gaseoso, inmaduro, y sin embargo, ya con los primeros síntomas de la bobera de la vejez. Me cuesta confesar que, de Gustavo Cerati, lo que más me gusta todavía es el primer disco, los comienzos de Soda Stereo. Me gusta la actitud, la estética tipo The Who Sell Out, las letras telegráficas y sin melancolía (que sobró después), tipos viviendo en un aquí y ahora perpetuo. Y la música, directa y sin pretensiones en plena eclosión del rock sinfónico.



Como a Virus, creo que el new romantic les quitó mucho de la espontaneidad y el atrevimiento de sus comienzos. Los peinados nuevos vinieron cargados de una solemnidad que terminó siendo tomada en serio. Porque cuando asomaron por primera vez, todavía en dictadura, Cerati, Moura y Cipolatti formaron la delantera de una sacudida irreverente a los templos del rock y la cultura. Una vacuna contra el psicobolchismo que amenazaba copar todo en la vuelta a la democracia.



El primer disco de Soda fue una radiografía de la sociedad de consumo, cruda, divertida, y adelantada a su tiempo. “Mi novia tiene bíceps”, “Te hacen falta vitaminas” y “Yo quiero ser del jet-set” podrían ser zócalos del programa de Rial ahora, treinta años después. “Sobredosis de TV” es lo que tenemos hoy, “Dietético” es lo que somos.



En esos días era una fiesta ver su frescura estallar en el Zero Bar, en el Einstein, en las esquinas decrépitas de un Palermo que era todavía Viejo y nunca Hollywood, en el Stud Free Pub donde reinaba Luca cantando Yo quiero a mi bandera planchadita, o en los tugurios en los que los Redondos nos hacían perder la forma humana con “Un tal Brigitte Bardot”.



El rock era revulsivo y contracultural. Con el tiempo y el éxito se convirtió en una pieza previsible y bien conceptuada de la cultura nacional, en una gran Bestia Pop. Y los fans entraron por la variante y se tomaron con una cantidad enorme de yeso y mármol a tipos como Spinetta y Cerati, colaborando en la mitificación. Y allí termina el arte y empieza el monumento.



CUANDO PASABA EL TEMBLOR



  Por Cecilia González


La única vez que vi en persona a los Soda Stereo me costó mucho ser profesional. Había ido como periodista extranjera a la presentación de la gira Me verás volver, que hicieron una tarde de septiembre de 2007 en el Museum de San Telmo, pero cuando salieron a un pequeño escenario y, sin más preámbulos, cantaron “Sobredosis de TV” y “En la ciudad de la furia” casi me puse a llorar. Me emocioné un montón. Desde la primera fila me trasladé de inmediato a la época de los ’90, en la que mis amigos y yo bailábamos, cantábamos sus canciones en México, hasta el amanecer. Su música, su ropa, su estilo, la belleza de Cerati, marcaron a mi generación. Es un código que compartimos, porque “Persiana americana”, “De música ligera” y “Nada personal” musicalizaron nuestra transición hacia eso que se llama la adultez.



Los Soda se habían hecho famosos en México con “Cuando pase el temblor”, que se convirtió en un himno después del terremoto del ’85, el peor de todos, el que nos dejó miles de muertos. Todavía hoy, cada vez que tiembla en el DF, lo que pasa muy seguido, empieza a sonar por todas partes el “Yo, caminaré entre las piedras...”.



Con todos esos recuerdos encima, el día de la presentación de Me verás volver les pregunté a Cerati, a Charly Alberti y Zeta Bosio qué representaba México para ellos. “México fue uno de los últimos países a los que llegamos, por cuestiones geográficas, pero fue muy importante, una especie de despertar algo que ya estaba ahí”, me respondió Gustavo, al recordar que habían ido por primera vez a México a mediados de los ’80, justo después del terremoto. Los tres se hicieron amigos de representantes del rock mexicano, que estaba muy vapuleado por las prohibiciones, y empezaron a moverse para poder tocar. Al principio, los Soda se presentaron sólo en las afueras del DF porque en la capital no se podía, pero luego todo eso quedó atrás con el auge del famoso “rock en tu idioma”, la movida comercial que difundió a artistas de México, España y Argentina y que tuvo mucho éxito. Miguel Mateos y Enanitos Verdes, por ejemplo, siguen siendo ídolos en México, pero no alcanzaron el nivel mítico que tiene Soda Stereo.



Anoche, cuando volví del velorio en la Legislatura, le pregunté a mi amigo Gerardo por qué estábamos tan tristes, por qué había pegado tan duro en México la muerte de Cerati.



“Por su contenido poético, por crear un nuevo código de identidad para los chavos que en aquel entonces, carentes de redes sociales, no teníamos alcance a los referentes británicos como The Cure, The Smiths. Porque nos hicieron sentir que un grupo de latinos podía competir con las leyendas. Porque se la creyeron”, me respondió desde México este amigo que hace casi 20 años me hizo escuchar a Soda por primera vez.



Terminada la rueda de prensa de la gira-reencuentro del grupo, me asumí como fan y fui con dos amigas mexicanas al primero de los recitales que dieron en River, que se agotaron bien rápido, me acuerdo. Tanta era la expectativa. Para nosotras era la primera vez, porque a México no habían ido tanto a tocar. Nos emocionamos, recordamos aventuras no tan lejanas y cantamos y bailamos todo lo que pudimos. Para nosotras, que nos habíamos enamorado hacía muchos años de ellos en México, fue mágico poder verlos en Buenos Aires. Un privilegio jamás planeado, uno de los tantos que he vivido en Argentina.



Luego vino la tristeza de ese lunes de mediados de mayo de 2010, cuando a todos nos sorprendieron los rumores sobre la internación de Cerati en Venezuela y la impresión de saber que estaba en estado de coma. La información sobre su estado de salud fue prioridad para los medios mexicanos, lo que derivó en una presión noticiosa que yo, como corresponsal, sólo había sufrido en el caso de Maradona. Así de importante era Cerati para nosotros. Siento que muchos de sus fans vivimos una especie de duelo en esos primeros y agitados días de su traslado a Buenos Aires, de su no despertar. Por eso anoche, en la fila de 20 cuadras poca gente lloraba. Estaban tristes, pero no sorprendidos, no era una muerte inesperada. El llanto afloró horas más tarde, al pasar por el cajón cerrado y constatar que Cerati, ahora sí, ya no va a despertar.



Cecilia González es mexicana, autora de Narcosur. La sombra del narcotráfico mexicano en la Argentina (Marea) y desde 2002 es corresponsal de la Agencia Notimex en Argentina.

BIG BANG THEORY



Por Marcelo Figueras


Los ’80 –aquella bocanada de aire, después del ahogo de la dictadura– fueron una suerte de Big Bang para la cultura argentina: un estallido paradójico, a la vez inevitable y sorprendente, en cuya estela, por cierto, vivimos todavía. El rock fue parte esencial de aquel bombazo (por qué no decirlo: su dínamo), y dentro de ese magma, la música de Gustavo Cerati cumplió un rol especial: aquel del que irrumpe desconociendo las tradiciones del lugar, para producir lo que el tiempo convertirá en una tradición nueva; enriqueciendo, en suma, el canon que había nacido para desafiar. Ahora la muerte acabó con el tuc de la púa contra el surco rayado. Para ponerlo en términos cortazarianos: lo que Cerati está tocando y cantando mañana es, ay, un silencio que ensordece.



Todos los fenómenos del rock de entonces –y eran muchos– tenían una manera similar de producir obra: aun cuando, por definición, procesaban sonidos que provenían de otros lares, lo hacían de un modo idiosincrática e intransferiblemente argentino. Tanto Charly como Spinetta eran tangueros, incluso cuando vestían a la moda y se pintaban con rimmel. Los Redonditos de Ricota eran argentinísimos por su sensualidad arrasadora, pero ante todo por la porfía de buscar arte en el agujero menos pensado. (Así como, en 1975, Tiburón supuso el fin del cine como lo conocíamos y el comienzo de la era del blockbuster, en los ’80 Michael Jackson y Madonna ya habían meado el fuego del rock, recordándole a la música popular que debía retornar a sus cauces: es decir, a comportarse como una rama de la mercadotecnia.)



Pero Cerati procedió de otro modo, creando sus propios códigos.



Alguien dirá que era lógico, desde que pertenecía a otra generación: una que no tenía por qué asumir culpa alguna en la tragedia argentina y por ende podía desentenderse de su herencia. Sin embargo Fito Páez (por mencionar al último de los mencionables, de aquel tiempo en que el rock todavía era cosa de gigantes), que con pocos años menos pertenecía a la misma generación, se inscribió voluntaria y gozosamente en la tradición de la música popular argentina. Sería fácil pensar que la temprana orfandad de Páez lo sensibilizaba con las pérdidas que ocurrían alrededor suyo, convirtiendo su corazón en presa fácil de las tristezas del tango y la rabia del rock. Pero esa línea determinista llevaría a creer que la perfecta clasemediez de Cerati (familia tipo, Villa Urquiza, Universidad del Salvador) debería haberlo convertido en el frívolo con quien tantos lo confundieron al oír Soda Stereo (1984). Cuando, muy por el contrario, lo que signaba su obra era la exquisita sensibilidad de la que hacía gala, aunque no tuviese justificación alguna para poseerla.



Cuando uno prestaba oídos a sus primeros discos, tres cosas se tornaban evidentes. Primero, que Cerati era un músico de un nivel que le habría permitido tocar en cualquiera de las grandes bandas internacionales. (Una verdadera excepción: acá estamos acostumbrados a los que no tocan ni cantan del todo bien, pero se imponen a fuerza de carisma e inspiración.) Segundo, que ese talento le permitía procesar influencias de un modo diferente: en lugar de producir remedos de otras músicas, Cerati dialogaba con ellas de igual a igual y las impulsaba en nuevas direcciones. (Prueba irrefutable: muchas bandas de aquéllas a las que Cerati interpelaba y recreaba envejecieron de un modo que no afectó a Soda Stereo.) Y tercero, tal vez lo más sorprendente: que sus letras revelaban que estaba al tanto de todo lo que había ocurrido y ocurría –que no vivía en un tupper, que era sensible al dolor que era la moneda más corriente en su sociedad–, pero optaba por procesar esa realidad de un modo distinto de sus colegas.



Si alguien me preguntase hoy de qué hablan las canciones de Cerati, diría apresuradamente: no tengo la más puta idea. Pero sé que expresan una sensibilidad profunda y resuenan por eso de mil modos distintos, resignificándose en cada nueva etapa de la vida; y que, aun donde se pretendían osadas y hasta risquées, lidiaron siempre con los sentimientos desde la elegancia que deriva del pudor. No diría que fue un poeta, pero tampoco negaría el poder de sus intuiciones: ¿acaso ha escrito alguien una definición de Buenos Aires más perdurable que aquella que la describe como la ciudad de la furia?



La obra de Cerati es una de las más delicadas fusiones entre sonido y sentido que se hayan creado en este país. Música y palabras trabajan en la misma dirección: escapando por arriba del laberinto de su circunstancia, desconociendo fronteras artificiales, apuntando a lo que une por encima de lo que separa. Para Cerati, la argentinidad no era un tema, y mucho menos un karma: era parte de lo que uno es, simplemente, y no podría dejar de ser aunque quisiera. En este sentido, fue quizás el primer rockero argentino verdaderamente global, dicho esto de modo positivo: uno a quien la creciente interconexión del mundo lo ayudó a entender que, aquí o en la China, todos sentimos lo mismo; y por eso se aplicó a tematizarlo de un modo que no acentuase las diferencias, sino el lenguaje sonoro y poético en común.



Suele atribuirse su popularidad continental al fenómeno de MTV, la cultura del videoclip y las giras frecuentes, que en la Latinoamérica dictatorial de los ’70 habrían sido impensables. Eso es minimizar las características de su arte, que “viaja” bien por sus propios medios porque está concebido así, ligero y duradero a la vez, de acuerdo con las mejores normas de la aerodinámica: canciones diseñadas para volar mucho y llegar lejos. No hace faltar ser semiólogo para entender por qué Cerati enamora en Lima y Bogotá de un modo que para Spinetta y Los Redondos es imposible. Cerati no fue nunca prisionero de la torre que, por condena histórica, habitaban sus mayores. En todo caso, su destino fue más bien el de Icaro.



Si tiende a asociarse su música con los ’80 es porque aun en las décadas siguientes siguió expresando un deseo muy propio de aquellos años: la búsqueda de un arte-puente, elegante en las formas pero de sensibilidad popular, que permitiese conectar lo que el poder aísla. (Pocas bandas latinoamericanas tienen tantos fans en clases sociales tan distintas como Soda Stereo.) Alrededor suyo, el país cayó en manos de los jíbaros y el rock se atomizó, viéndose conminado a chabonizarse o a disfrazar de ironía la incapacidad de sentir. Pero Cerati no dejó nunca de jugar al juego que mejor le salía y más le gustaba. Aun cuando el rock se futbolizaba y apuntaba a un público cada vez más segmentado a golpes de marketing, no renunció al grand geste del arte entendido como seducción. Si una música es magnífica, ¿no debería saltar barreras en vez de clavarlas?



Cuando tuvo lugar aquel Big Bang, una chica de Tapalqué encontraba natural que un chico lindo, educado y de ojos tristes de Villa Urquiza le hablase de igual a igual; del mismo modo en que el chico de Villa Urquiza encontraba natural que un flaco de Virreyes lo siguiese con una intención que no fuese la de afanarlo. Acabábamos de escapar de la muerte, todos por igual; y aunque no llegásemos a entender ni la mitad de lo que nos ocurría, teníamos la obligación de vivirlo con intensidad. Por eso no extraña que la mayoría de aquellos que hoy son alguien en el terreno del arte hayan cruzado sus primeras armas en los ’80, cuando todo parecía posible. Nuestro universo de hoy no es más que la expansión de aquel estallido. Algunos cuerpos celestes brillan más que nunca, otros se apagaron, otros se convirtieron en agujeros negros y tragan la energía que antes irradiaban.



De mis recuerdos de Cerati, ninguno es más intenso que el primero. En 1984 –creo que era el ’84– yo coconducía un programita de Canal 13 llamado Cinegrafía, con Alan Pauls y Daniel Guebel. Una tarde pasé por la oficina de producción y había un monitor encendido. El 13 emitía uno de esos magazines que se dedicaban cada día a un barrio distinto. Aquel día le tocaba a Villa Urquiza. Un trío de rock tocaba en el garaje de una casa. Sonaban tan bien que me puse a ver el programa que hasta entonces había despreciado. Esa fue la primera vez que oí a Soda Stereo. Ya eran lo que serían; ya eran este futuro desde el que sigo descubriéndolos.



Desde entonces, cada vez que agarro un libro de autor/a nacional, o veo una peli local, o paro la oreja ante un artista nuevo, aliento la esperanza de volver a sentir aquel entusiasmo. Más deseoso que nunca de toparme con alguien que, como Cerati, apueste a la excelencia en vez de a la resignación; y que, al tender un puente en el sitio menos pensado, nos revele que había allí un abismo donde –gracias totales– ya no caeremos.



Fuente: Suplemeento Radar, Pàgina/12. DOMINGO 7 DE SEPTIEMBRE DE 2014