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viernes, 17 de julio de 2015

ARTÍCULOS DE ROCK - "Un ensueño en este insomnio" por EDUARDO BERTI (Radar, PÁGINA /12 - 29.11.2009)







Suplemento Radar- Página /12
DOMINGO, 29 DE NOVIEMBRE DE 2009
Por Eduardo Berti


Si la letra de “Cuando me empiece a quedar solo”, de Charly García con Sui Generis, fue deviniendo con el tiempo curiosamente profética (“tendré los ojos muy lejos, un cigarrillo en la boca, el pecho dentro de un hueco...”) hasta volverse poco menos que un autorretrato de su autor, algo por el estilo parece ocurrir con esa canción de Spinetta llamada “Moviola” e incluida en uno de sus discos más inspirados: Los niños que escriben en el cielo (1981).

“¿Alguien vio a este anciano solo aquí en el desierto, pidiendo limosna a los cactus con su infatigable violín?”, empezaba “Moviola”. Y por más que a 40 años de sus primeros pasos junto con el grupo Almendra, convertido a esta altura en un icono de la cultura argentina, Luis Alberto Spinetta no es ni parece un anciano (aunque sea abuelo), está claro que su arte, infatigable, hace pensar cada vez más en un oasis en medio de este desierto o en “un ensueño en este insomnio”, como dijera en aquel mismo disco, en la canción “Umbral”.

En todos estos años de gente y de música, Spinetta no sólo ha buscado socios en el desierto sino que, disco a disco, canción tras canción, ha ido desafiando incluso a sus seguidores más fieles (“nunca me oíste en tiempo / siempre tuviste un poco de miedo”), en una perpetua tensión entre las tradiciones (las comunes y las propias) y la necesidad de innovación: Almendra fue un encuentro perfecto y original entre el tango, lo beatle y el surrealismo: la “voz de gorrión” de la “Muchacha ojos de papel” era hija tanto de “Lucy in the Sky with Diamonds” de Lennon y McCartney como de la “voz de alondra” de “Malena” (Troilo-Manzi); Pescado Rabioso fue un grito liberador (en medio de una serie de gritos como “No tengo más Dios”) y aun “destanguizador” bajo el influjo de Zeppelin, de Pappo y de la violencia armada de los ‘70, entre otras cosas; Artaud fue mucho más que un regreso a la casita de los viejos, también fue un ensayo sobre la libertad (y sus riesgos), un disco de tapa deforme imposible de poner en fila junto a los otros; Invisible no sólo marcó la adultez sino también el inicio de lecturas influyentes (Carlos Castaneda) y de ciertas alianzas musicales (con el baterista Pomo, por ejemplo) que prosiguieron luego en Spinetta Jade, por momentos con mayor impronta jazzera; las últimas décadas transcurrieron mayormente en solitario (con puntos culminantes como Privé o Pelusón of Milk), aunque en el medio hubo un power trío, la banda sonora de una película (Fuego gris) y, antes aún, un disco doble a dúo con Fito Páez.

El resumen es apretado y no alcanza a reflejar la intensidad ni la calidad de cada uno de estos momentos. Pero, en todo caso, deja entrever que Spinetta hizo mucho más que limitarse a cantar “mañana es mejor” (famoso verso de su disco Artaud), ya que también trató de cumplir el axioma al pie de la letra, tomando riesgos y, ante todo, eludiendo en lo posible cualquier clase de nostalgia o de conformismo.

En este contexto, la noticia de que Spinetta volverá a armar (aunque más no sea por pocos minutos) varios de los grupos que lideró o integró durante su carrera resulta poco menos que el milagro que esperaban, ya resignados, todos los amantes de su música. A diferencia de Sui Generis, de Seru Giran, de Los Gatos o de Soda Stereo, ninguna de las bandas de Spinetta conoció nunca un revival (ni Pescado Rabioso ni Invisible), excepción hecha del regreso de Almendra, que ocurrió hace ya tres décadas.

Este próximo verano Spinetta festejará su cumpleaños número 60, pero a su vez se cumplirán cuarenta años de un momento fundacional para la música argentina. En enero de 1970, dos grupos (Manal y Almendra) editaron sus primeros álbumes: sus respectivos debuts con un “long-play”, luego de un puñado de simples publicados en los meses previos. Nada fue igual luego de “Porque hoy nací”, “Informe de un día” o “Una casa con diez pinos” (Manal), ni tampoco luego de “Figuración”, “Laura va” o “Plegaria para un niño dormido” (Almendra). Estos dos álbumes, que vinieron a sumarse a la tarea pionera de Los Shakers y de Litto Nebbia con Los Gatos y que encontraron ecos en Moris o en Vox Dei, impulsaron un movimiento que pronto conoció otros nombres (desde Gustavo Santaolalla hasta León Gieco) y aún perduran como testimonio vigente de los primeros pasos de dos compositores excepcionales (Javier Martínez en el caso de Manal, Spinetta en Almendra), dos de los pocos cuyas letras (como ocurre también con Miguel Abuelo o con el Indio Solari) pueden leerse con placer, en un papel, independientemente de la música.

Fue y sigue siendo usual oponer a Manal y a Almendra, como quien opone a los Stones y a los Beatles. El trío Manal (Martínez, Claudio Gabis y Alejandro Medina) ofrecía una música cruda y unas letras de imágenes “comprensibles”: “Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado, charco sucio...”, mientras que Almendra (Spinetta, Emilio del Guercio, Edelmiro Molinari y Rodolfo García) retrataba “mares de algodón” o “dedos que se vuelven pan” y postulaba hipótesis de otras posibles formas de realidad: “Figúrate que no eres más un hombre”, “figúrate que pierdes la cabeza”.

Desde luego que pintar a la ciudad y al suburbio como lo hacía Manal no excluía, de ninguna forma, los aciertos poéticos y las metáforas brillantes: “Y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock” (“Avellaneda Blues”). En sentido inverso, lo “volado” de Almendra no impidió una reflexión sobre la alienación urbana: “Tanta ciudad, tanta sed y tú, un hombre solo”. Las cosas no son tan tajantes, ni tan simples. Y, en tal sentido, si bien uno de los aportes de Spinetta fue su corte con cierto naturalismo, esto no equivalió a un corte total con el tango, mucho menos con lo más osado de éste. En los arreglos de voces de “A estos hombres tristes”, de Almendra, hay innegables ecos de la ópera María de Buenos Aires, de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, quien entonces se atrevía a usar palabras como “supersport” en un género no siempre tan permeable; pero si se debe detectar un ancestro tanguero para Spinetta, éste seguramente sea Homero Expósito, como llegó a afirmar alguna vez Charly García. Ambos, Expósito y Spinetta, fueron influidos a las claras por las vanguardias poéticas (el surrealismo, sobre todo); ambos osaron con imágenes inusuales y exquisitas: “Los caballos del día sudan de pronto frente a mí” (Spinetta); “Trenzas de color de mate amargo que endulzaron mi letargo gris” (Expósito). Tan sólo las primeras letras de Miguel Abuelo (“Mariposas de madera”) pueden compararse por su osadía.

Con el tiempo, lo surrealista de Spinetta se haría más manifiesto en el disco Artaud (1973), firmado como Pescado Rabioso, pero en realidad solista, y en canciones magistrales como “Los libros de la buena memoria”; la atmósfera tanguera tendría su clímax en El jardín de los presentes (1976), álbum despedida de Invisible, para reaparecer en Bajo Belgrano (1983), homenaje al barrio de la infancia; una inédita ópera de Almendra iría revelándose, de a poco, en temas como “Ella también” o “Canción para los días de la vida”; la vertiente más baladística o acústica se prolongaría en clásicos como “Todas las hojas son del viento”, “Barro tal vez” (un hermoso aire de zamba compuesto a los 15 años de edad), “Durazno sangrando” o “Que ves el cielo”; mientras que la veta más rockera se extendería, hasta el presente, en temas como “Blues de Cris”, “Despiértate, nena”, “Post-Crucifixión”, “Ropa violeta” o “Cheques”. En cierto aspecto, la obra de Spinetta parece progresar en un apasionante equilibrio entre ambos impulsos –el introspectivo y el extravertido, el acústico y el eléctrico–, a veces más y otras menos balanceado; y hasta el nombre de su segundo grupo, Pescado Rabioso, en cierto modo sintetiza esta suerte de delicado equilibrio (¿un pez con hidrofobia?).

Calificadas en ocasiones de herméticas, las letras spinettianas han tocado extremos apasionantes. La breve canción “Por” trae una de las letras más originales de la historia del rock argentino: una serie de vocablos, todos sustantivos salvo el último (“árbol, hoja, salto, luz”), unidos por asociación libre: en algunos casos mediante un vínculo palpable (“clavo” y “coito”), en su mayor parte de manera misteriosa. Una canción del mismo álbum, “La sed verdadera”, muestra otro de sus recursos más usuales: el de dirigirse al oyente, apelándolo en segunda persona (“sé muy bien que has oído hablar de mí”) y desafiándolo, casi como el Cortázar de Rayuela a salir de toda pasividad (“nada salió de vos”, “la paz en mí nunca la encontrarás”). La segunda persona es bastante frecuente no sólo en el rock: diversos tangos (“Muñeca brava”, “Shusheta”) lograron así que el oyente se sintiera más implicado, creando la ilusión de que el cantor se dirige a él cuando, en realidad, se está dirigiendo al personaje. No obstante, en el caso de Spinetta (y de otros letristas del rock, como Moris en “De nada sirve”) se suele, en efecto, interpelar al oyente, como si un “hermano mayor” diera consejos: “Abre un poco tu mente / no te dejes desanimar” (García); “Abre tu mente al mundo” (Spinetta).

Que Spinetta y García hayan coincidido en esta idea (la de abrir la mente) lejos está de ser una casualidad. Si un propósito se ha arrogado el rock ha sido el de abrir puertas y “demoler paredes” (la obra de Pink Floyd es un emblema perfecto). Y, por cierto, Spinetta y García volvieron a coincidir casi literalmente años después, en otro verso que alude a la libertad: “Yo no quiero vivir como digan” (García en “Yo no quiero volverme tan loco”) y “ya no quiero vivir como digan” (Spinetta en “Mapa de tu amor”).

Convendría añadir que Spinetta nunca dudó en nutrir y estimular sus imágenes poéticas con lecturas de toda índole. Uno de sus canciones de culto (“Cantata de puentes amarillos”) está basada en las cartas del pintor Vincent van Gogh a su hermano Theo; casi todo el primer disco de Invisible tiene como punto de partida ciertos estudios sobre los mandalas que realizara el psicólogo Carl Gustav Jung; numerosas letras de sus canciones aluden al ya mencionado Castaneda, especialmente al libro Las enseñanzas de don Juan; y su álbum Téster de violencia está inspirado en sus lecturas del filósofo francés Michel Foucault.

Lo llamativo es que este trasfondo, que enriquece la apreciación de sus letras, nunca produjo un efecto del total distanciamiento. Tal vez porque otras canciones mucho más terrestres (desde “Rutas argentinas” o “Me gusta ese tajo” hasta sus alusiones futboleras en “El anillo del capitán Beto” o “La bengala perdida”) se encargan de contrarrestar las cosas, de manera que, aunque la obra spinettiana en ocasiones se vuelve un poco para “entendidos”, su figura goza de una indudable popularidad. Para la monada es, lisa y llanamente, “el Flaco”. Privilegio de pocos: el apodo basta y sobra para nombrarlo.


jueves, 25 de junio de 2015

ARTÍCULOS DE ROCK - FITO PÁEZ: SICODÉLICA STAR (Ediciones Disconario, 2014) de MIGUEL ÁNGEL DENTE



SICODELICA STAR - FITO PAEZ - COLECCION DISCONARIO - MIGUEL DENTE


Miguel Ángel Dente presenta su flamante libro sobre la vida y obra de Fito Páez. Es su quinto trabajo consecutivo dedicado a los íconos del Rock Argentino, una colección lanzada por Ediciones Disconario.

Sicodélica Star (Fitología) es el título del libro de reciente aparición que examina detalladamente la vida y la carrera de Fito Páez, uno de los músicos fundamentales del Rock Argentino desde los 80’s hacia acá. Con rigurosidad, Miguel Ángel Dente, autor de la obra lanzada a través de Ediciones Disconario, ofrece un recorrido por la música, los conciertos, notas periodísticas, la discografía completa comentada y analizada, filmografía, fotografías, versiones de otros artistas y participaciones del rosarino en discos de otros intérpretes.

Miguel Ángel Dente, nacido en Montevideo (1965) pero nacionalizado argentino, transita el diseño desde la gráfica y la arquitectura, y eso se observa en su criterio estético a la hora de concebir las biografías que ha realizado, todas presentadas con una lujosa encuadernación y un diseño novedoso que permite una fácil búsqueda de datos. Dente, además, posee un archivo con una considerable bibliografía del rock y una hemeroteca de recortes periodísticos y portadas de revistas y suplementos de espectáculos de los principales medios gráficos, complementada por todo lo que hoy se encuentra disponible en la web. Apoyado en todo ese material y con su práctica visión para documentar, logró componer en tiempo record todos sus trabajos editados a la fecha. Así, Sicodélica Star, que toma su nombre de la primera estrofa de la canción Circo Beat (del disco homónimo de 1994) es el quinto trabajo de Miguel Dente dedicado a íconos del Rock Argentino (lo antecedieron Spinetta, Charly García, Pedro Aznar y Cerati), un corpus enciclopédico escrito y recopilado por Dente desde el 2010 a la fecha; por lo que ha logrado una regularidad y rigor de trabajo que le permitió lanzar a razón de una biografía por año. Todo un record en la especialidad, que merece ser destacado.

Para esta ocasión incluyó testimonios de algunos músicos que formaron parte de las bandas del creador de Giros a lo largo de toda su carrera, como: Gonzalo Aloras, Paul Dourge, Machi Rufino, Guillermo Vadalá, Dizzy Espeche, Jota Morelli, Pomo, Liliana Herrero y el cordobés César Franov; que fueran recabados en exclusividad para este libro que propone a través de sus diferentes capítulos un recorrido temporal por toda la obra de Páez; otros que la abordan desde distintos ejes temáticos y un cuadro de honor sobre el gran concierto que cerró La Rueda Mágica Tour, realizado a beneficio de UNICEF.

Los otros títulos de esta colección, realizados por Miguel Dente y editados por Disconario son:Tícher de luz, una guía spinettiana (1ra. edición 2010 / 2da. edición 2012); Un Dios aparte, tras los pasos de Charly (2011); Nueve vidas de Pedro Aznar (2012) y Elegancia Pop, una vuelta por el universo de Gustavo Cerati (2013).




ARTÍCULOS DE ROCK - PARACAÍDAS Y VUELTAS (DIARIOS ÍNTIMOS) de Andrés Calamaro










EN EL CAMINO

Apuntes, fragmentos reordenados, inmersiones en la intimidad y crónicas del mundo que late ahí afuera, en las plazas de toros, en los estadios, en las grandes ciudades, en el Buenos Aires de ayer, en el camino. Con Paracaídas & vueltas, Andrés Calamaro debuta en el “formato” libro con la paradoja de disolver los rastros literarios –Sam Shepard, Bob Dylan, Arlt– que pudiera haber cultivado en sus lecturas pero con una lírica y búsqueda de estilo para nada ajena a su larga carrera de músico, compositor y letrista. El resultado es una apuesta a alejarse del anecdotario del rock star para disparar, desde un rincón más personal, un bienvenido trabajo con la escritura.

Todo ejercicio de escritura es un salto al vacío. Algunos prefieren la seguridad de tener el diagrama terminado antes de sentarse a escribir la primera página: pasaba con Héctor Tizón, por ejemplo, que armaba todo el croquis de la novela que pensaba escribir y después se disponía a poner las primeras palabras. Pero, en última instancia, por más planeado que esté todo, siempre hay un componente de incertidumbre que, en la mayor parte de los casos, abisma y hace temblar al escritor (o proyecto de escritor) que se inmoviliza frente a la página en blanco. Andrés Calamaro no parece, a primera vista, un artista (para hacer justicia también a su lírica, a su poesía) poco prolífico. Todos recuerdan las anécdotas de escritura de los temas reunidos en tres discos imprescindibles de su producción, Alta Suciedad (1997), Honestidad Brutal (1999) y el infatigable El Salmón (2000), tres discos que muestran no sólo una tremenda curiosidad musical por ir tanteando diversos géneros –tango, flamenco, reggae, rock–, sino que también lo presentan como un poeta popular que plasma rabiosamente sus pareceres, sus impresiones, sus versos en canciones que todo el mundo conoce o que completan el circuito de un género de todos y para todos como es el rock y sus aristas: canciones que guardamos para los días de la vida, canciones con las que hemos amado, llorado, vencido y caído.

Y aquellos cuatro momentos, cuatro niveles, digamos, y el desparpajo por decir las cosas y, al mismo tiempo, filtrarlas por el tamiz del estilo (que, recordemos, no es un atributo sino una hermosa imposibilidad: tal o cual no pueden escribir de otra manera) están presentes en Paracaídas & vueltas: diarios íntimos, un libro que reúne textos escritos en los últimos quince años que, al comienzo, pueden enganchar al lector por el lado del breve anecdotario, pero esto de lo “íntimo” va resignificándose tras pasar cada página para alejarse de la historia biográfica y convertirse en un verdadero mapa sentimental, en un auténtico, aguerrido, notable trabajo de escritura.

PAPERBACK WRITER

No por nada la primera imagen que evoca Calamaro en el prólogo es la del “cántaro roto” o “la fuente seca”, dos figuras que aparecen en varios de sus temas (“Media Verónica” y “Los Divinos”, este último del disco de 2011 On The Rocks): la idea que tiene todo el texto es mover todo un imaginario lírico plasmado en canciones hacia un espacio literario, mucho más volcado a la paciencia de la lectura y al ritmo del texto, cambiando de fuente. La idea aquí no es confiar plenamente en el problema de la inspiración que, como la historia lo ha demostrado, es apenas un pretexto para no hacer las cosas, para no meterse en el arte. Calamaro ha trabajado con pasión y método sus canciones y eso mismo notamos en estos escritos, apuntes marginales que, como bien indica el mentado prólogo “Palacios de arena”, está compuesto por fragmentos reordenados según pareceres compartidos con Rodolfo Palacios, periodista, mucho más conocido en su rol de redactor de las noticias policiales y responsable de la edición de este libro y de Senderos extraviados de otro protagonista de la literatura y el rock, Enrique Symns (con quien Calamaro comparte un intercambio de mails, bah, de cartas y que publica también en el libro).

Apuntes, entonces. Ahí reside la clave de todo el libro: un apunte es una impresión capturada en la letra y bajada al papel, como si el responsable fuera una lámina sensible que captura todo lo que tiene a su alrededor. Así, tenemos increíbles descripciones del Retiro de la niñez del autor, pasando por recuerdos tomados de sus seres queridos y allegados (como su padre hablando de Gardel) o un muy particular racconto que trae a cuenta situaciones vividas, camufladas en un código que al principio resulta imposible de entender pero que, a la larga y con el paso del tiempo, va cobrando sentido, como nombres de una fauna particular (en un ejercicio cuasi-dylanesco: Miguel Abuelo es “Mike”, el “citizen García” es Charly, etc.), nombres de su memoria que no caen en la nostalgia. O sea, más que evocación, cuando el libro se concentra en los nombres de los que acompañaron al autor, la lógica es la de un diálogo abierto con los que no están. “No soy un adicto a la nostalgia ni presento un libro de anécdotas de un pasado que, como todos los pasados, ya no transcurre”, agrega Calamaro en entrevista “postal”, vía mail. “Siempre fui la misma persona y espero tener una vida longeva siendo el mismo. La imagen de diálogo abierto que nunca se cierra es muy... agradecida. Doy las gracias. Mi pasado, si es que molesta, es apenas un elemento decorativo en este libro, que no es una biografía formalmente y responde a la intimidad del diario libre. Honrar la presencia es lo mejor que pude haber hecho porque estaría siendo un ejercicio de respeto y de memoria, sin necesidad de generar nostalgia ni tristeza. Quizás una emoción de otra clase. Sinceramente, dejé de lado cierto tipo de anecdotario más ‘comercial’ para enfocarme en hacer el mejor libro posible, por así decirlo. Mi experiencia personal me ayuda porque no puedo confiar completamente en mi fantasía o en mi poder literario. Lógico.”




HAY QUE SER TORERO

Otro rasgo insistente en Paracaídas & vueltas es el tono de crónica que sigue a varios fragmentos. En principio, hay una gran cantidad de reseñas de corridas de toros, la mayoría reunidas en “Cargar la suerte (aguafuertes taurinas)”, viñetas acompañadas no por el objetivismo periodístico, sino por la implicación de quien ve y disfruta del evento, estrictamente, como parte de una conexión con la cultura popular del lugar que visite, sea ya México, España o inclusive Ecuador y Perú. Bien podría decirse, en la tradición del Hemingway de Muerte en la tarde o del “aguafuertismo” de Roberto Arlt, aunque cargado de otro estilo. En esa misma tónica aparecen los comentarios de recitales de la sección “La vuelta al día en ochenta mundos (On the Road)”, y es que tanto el torero como el músico deben enfrentarse cara a cara contra el imprevisto toro que lo desafíe en la plaza o el público de corazón abierto que resiste cualquier injerencia climática, cualquier escenario, para ver al torero-cantante.

“Lamentablemente, nunca escribo con lecturas en mi horizonte”, puntualiza Andrés. “Lo siento porque no me vendría mal escribir con modelos literarios o académicos. Leí a Sam Shepard y conozco alguno de sus guiones para cine y teatro; y leí las Crónicas de Bob Dylan. Cualquier comparación es buena, teniendo en cuenta mi status anecdótico de casi debutante. Pero no pude imprimir mis lecturas en mis propios textos, lo mismo me ocurre con las grabaciones de música. No tengo tanta organización ni esa clase de conducta que me permita replicar estilos o formatos de producción musical. Me gustaría ser más disciplinado y poder copiar formas de grabar discos o algo en la redacción o en el poder del texto. Quizá no pase de la anécdota de ser un libro escrito por un músico con una vida interesante, pero nuestra intención (estoy incluyendo a mi mentor, Rodolfo Palacios) fue presentar un libro de literatura. Intenté evitar las fotos y la portada con retrato pero entendí las razones de la editorial. Lógicamente, sé la distancia entre lo que yo escribo y lo que escribieron tantos grandes intérpretes de la literatura. Ni siquiera leí el Ulises de Joyce, ni a Marcel Proust. Y conozco mis límites y limitaciones. Sé todo lo que mi libro no es. La literatura es un universo académico y virtuoso. En ese sentido estoy editando con mucho respeto”.

Paracaídas & vueltas resulta un libro que se lee, primero, con cierta curiosidad, luego, con un interés cada vez mayor, a medida que se descubre a alguien que tantea con diversas formas literarias para encontrar el meollo de lo que quiere contar. “Ficcionarios y Findelmundismos (Diarios íntimos)”, por ejemplo, funciona como una sección que combina en igual grado hechos que aparentemente han sucedido con un esquema de ficción que sorprende: los nombres elegidos, las fechas y autores inventados (¿heterónimos?), las referencias, la frase corta y tajante (herencia de su costado lírico) que cierra casi como el remate de un chiste de risa fría y distante, etc. Calamaro reverencia a la literatura desde su lugar artístico pero no por eso la deja sin tocar: la humildad que demuestra en sus declaraciones a la hora de hablar de él como escritor es el contrapeso exacto a un libro que parece una biografía de rockero (imagen fetichizada que penetra más de un imaginario) pero que termina siendo una apuesta literaria con algunas victorias a cuestas. “En ese contexto mi inspiración son todos los peines que se me cayeron”, cierra Calamaro en una carta enviada desde España, durante los primeros minutos de su despertar, mail que bien podría ser el epílogo del libro que acaba de editar. “Por lo visto fueron muchos... Metafóricamente hablando. No tengo una clase de inteligencia que me permita recordar nombre de libros y de personajes, autores. Mucho menos el estilo de un escritor y sus traductores. Me faltan muchos libros para poder decir que hay algo de homenaje a mis lecturas. Ni siquiera mis discos reflejan la música que escucho. Lógicamente, lo lamento en ambos casos. Sigo despertando. Juntando los peines caídos mientras tenga pelo”.


Fuente:

libros - Página /12   Por Fernando Bogado - DOMINGO, 7 DE JUNIO DE 2015

Ficha del libro:

Título: Paracaídas Y Vueltas. Diarios Íntimos
Autor: Andrés Calamaro
Editorial: Libros Cúpula
Páginas: 295 páginas
Fecha de publicación: Abril 2015
ISBN: 9788448021320
Precio: 17,95 €

ARTÍCULOS DE ROCK - LITTO NEBBIA: EL BOHEMIO VA (Ediciones Disconario, 2014) de MIGUEL ÁNGEL DENTE









¡La música de Nebbia merece más atención!... redescubrirla y, por qué no, descubrirla, en alguna medida. Qué decir de su tarea como ejecutante. Y también la sensible cotidianidad de sus palabras. Él ha sido uno de los pocos artistas que ha logrado cambiar a tiempo nostalgia por evocación. Este libro bien podría haberse titulado El pionero o, mejor aún, El náufrago, ya que toda esta historia musical había comenzado con ese “naufragar” que Litto definiera alguna vez como  “quemar los días, charlar incansablemente en un café, salir de la rutina, quebrar las barreras del tiempo”... Se podría agregar “ganar la calle” y “divagar”, en el sentido lo más amplio posible del término. La única finalidad de aquel “naufragio” era hacerlos sentir a él y a sus amigos eternamente libres para poder crear: yendo del boliche La Cueva al bar La Perla del Once.

Pero creo que a Litto esa sensación de naufragar no le era ajena ni le representaba una novedad, más bien podía ser una manera de prolongar la infancia junto a sus padres: días de bohemia, nómades, itinerantes... “Por más que me mude de pueblo en pueblo pienso que mi casa va a ser la misma”... En verdad, él nunca ha anclado, siempre ha continuado desarrollando “su propio naufragio”, haciéndolo evolucionar a través de giras e ideas, de corazón a corazón entre los oyentes. No solamente ha decidido no encadenarse al rock convencional, tampoco se convirtió en un gaucho esclavo del paisaje ni en un compadrito asfixiado por algún barrio de tango. Así, de-generado, su música no implica entonces una fusión de géneros propiamente dicha ni la incorporación de instrumentos típicos de ellos, sino arrojarse sin red al estilo Nebbia puro.

La voz del interior, otro título tentativo para esta edición... pues no sólo él proviene de Rosario sino que sus padres permanentemente le aconsejaban que buscara su verdadera identidad musical. Y ese abrirse paso desde los doce o trece años para “inventar” un espacio propio lo ha llevado a derribar muros enormes como si fueran nada más que piezas de dominó. Primero fue el idioma. Cuando en los ’60 todos los grupos beat, aun algunos  “no complacientes” cantaban en inglés, Litto empezó a “adaptar” las canciones importadas a nuestro idioma –un castellano no precisamente antiguo y que algunos se regodeaban llamándolo “mersa”–.

El segundo paso inmediato fue reemplazar esas canciones por composiciones propias que reflejaran con autenticidad las vivencias de los jóvenes argentinos. En medio de disputas entre folcloristas, tangueros o rockeros, “conventilleras” o “de copetín” según cada caso, él decidió avanzar por sobre el gueto de los géneros musicales. Rompió además con barreras generacionales, integrándose a propuestas que abarcaban desde músicos de más de noventa años hasta preadolescentes. Por último, coronó con Melopea su anhelado sueño de independencia, la “soberanía Nebbia”: sello discográfico y estudio de grabación propios; distribución en más de una docena de países...

Durante algunos días el libro se llamó Soñar es deLitto... como él mismo propiciaba desde el principio: “Sueña y nunca dejes de soñar, sueña que algún día tu sueño puede ser realidad... no pienses que es en vano soñar...”.

Pero entonces llegó El bohemio va –título representativo sugerido por el propio Litto– como un complemento necesario, racconto de datos y comentarios sobre la edición de álbumes, bandas sonoras, conciertos, fechas trascendentes, conceptos y opiniones de y acerca de Nebbia, su generosa participación y entrevistas exclusivas a algunos artistas que lo han acompañado en estos cincuenta años con la música. También cuatro anexos que atestiguan sus muchos vínculos discográficos con otros artistas, fotografías y galardones obtenidos.

MIGUEL ÁNGEL DENTE, el autor




Fuentes:




miércoles, 1 de octubre de 2014

ARTÍCULOS - ANDRÉS CALAMARO: ENTRE LAS CHICAS Y EL ABUELO (Página/12, 1999)




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EN ENTREVISTA EXCLUSIVA ANDRES CALAMARO HABLA DE SUS NUEVAS CANCIONES: "El superéxito tiene una amenaza implícita"





Además de adelantar detalles de su próximo disco, el músico analiza desde Madrid su presente, atravesado por las consecuencias del suceso que se generó alrededor de su figura a partir de "Alta Suciedad".

Por Martín Pérez, enviado especial a Madrid



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Aun un oscuro pueblo llamado Nules, es posible encontrar otra de las constantes en la vida artística de Andrés Calamaro: los gritos de las chicas. En Buenos Aires o en España, como solista, con Los Rodríguez y, aun antes, con Los Abuelos de la Nada, Calamaro siempre se caracterizó por ser un sex symbol. O, al menos, concitar los gritos femeninos cada vez que se instaló sobre un escenario. "Nunca fui un sex symbol", se suele defender. "Más bien siempre me consideré un sex pistol", sigue.

--En la primera época de Los Abuelos, cuando daba el paso adelante para cantar sus hits, ¿la platea femenina ya gritaba?

--Nunca me di cuenta de eso. Salvo en un Luna Park, creo, en el que si miraba a cualquier lado veía gente gritándome o saludándome. Pero nada más. La verdad que no me acuerdo mucho de Los Abuelos. Sé que formé parte de algo importante junto con monstruos, en el buen sentido, del rock y la música. Pero yo, personalmente, siento que no hice nada interesante. Era muy joven y tal vez era apenas el mejor lugar en el que quería estar. Aunque hubiera preferido que Miguel Abuelo cantara "Mil Horas" y "Sin Gamulán".

--¿Sí?

--Sí. De esa manera Los Abuelos de la Nada me parecerían el grupo perfecto.

--¿Y por qué los cantaste vos?

--Por la generosidad de Miguel. O por un error de producción de García, que no se podía ni ver con el Abuelo. No lo sé, realmente. Para mí cantar era una tortura. Y ahora lo escucho y ni siquiera me gusta.

Lo que sobra es música.

Con las manos llenas de canciones, la actualidad del rocker más vendedor del mercado argentino --Alta Suciedad lleva vendidas 240 mil copias-- tiene varios proyectos por delante. Por un lado, la decisión de cerrar a fin de año el ciclo de su exitoso álbum solista con la edición de una caja con tres discos: uno que contenga la versión original de Alta Suciedad, otro con los lados B de los simples editados en España (con versiones de "Pato trabaja en una carnicería", "Love in vain", "I will survive" o "My Way"), y un último que incluya una selección de las Grabaciones encontradas, bajo el título de Una década perdida. Luego de este punto final, vendrá el momento de esperar todo lo nuevo. Que puede ser un álbum doble, o más, según se entusiasma (o encapricha) Calamaro cuando debe referirse a su fértil actualidad compositiva y su correspondiente versión discográfica. "Luego de estos discos haré como Dylan después de su accidente de moto... desapareceré por un buen rato", bromea/amenaza Andrés, aun en el camino de saber qué es lo que va a suceder con su nuevo disco, con su vida. Del primer asunto, al menos, sabe que en unas dos semanas comenzará a mezclarlo con Blaney en Madrid. Del resto, pocas pistas. O demasiadas. "Se sabe: el superéxito, especialmente en el rock, tiene su amenaza implícita", apunta el propio Andrés.

La ciudad se llama Madrid; la calle se llama Pez y el piso es el cuarto. Todo parece suceder en un cuarto piso en Madrid. Y por la escalera. A este cuarto piso, por suerte, se accede gracias a un ascensor. Y la hora en la que hay que pulsar el número cuatro debe ser cerca de la medianoche, ya que es entonces cuando se trabaja en este departamento de la muy céntrica y madrileña calle Pez. O, más precisamente, es cuando el pequeño estudio en el que se apiñan los músicos y sus instrumentos adquiere su razón de ser.

El lugar es realmente muy pequeño, y sus paredes están repletas de recortes, fotos y faxes. Por ahí se alcanza a ver la famosa foto de Bob Dylan tocando con el Papa sentado detrás. En los faxes, por ejemplo, se puede reconocer la firma de un tal Joe Blaney (productor de diversas estrellas de rock, desde Charly García hasta The Clash y responsable, también, de Alta Suciedad) y las fechas sitúan las novedades faxeadas para la época en que cierto nombre de alta sociedad aún no tenía toda la suciedad necesaria. Pero el altar más preciso del estudio preciso pero confiable está en la esquina de las camisetas de fútbol. Son tres, y todas llevan su correspondiente autógrafo: los de Gustavo López, Fernando Redondo y Diego Armando Maradona.

Es aquí, en este entorno, uno de los epicentros del huracán compositivo que desde comienzos de año ataca a Andrés Calamaro, que el impredecible sucesor del megavendedor Alta Suciedad va tomando forma. O, mejor dicho, va deformándose. "En algún momento pensé que mi nuevo disco iba a estar formado por los dieciséis temas que compuse y grabé en dos fines de semana en Buenos Aires", le confiesa Calamaro a Página/12, sentado cómodamente en el sillón del amplio living, en un alto de la actividad en su estudio casero. "Pero ahora ya no estoy tan seguro. Hay muchos temas más", asegura. Y la pila de casetes, dats y CD grabables que no deja de ordenar mientras habla no lo dejan mentir. "Nunca antes me había pasado algo así", confiesa Calamaro, refiriéndose a semejante fertilidad compositiva. "El año pasado, por ejemplo, no había escrito ni un tema. Pero cuando ya había comenzado a inquietarme, en la noche del Año Nuevo comenzaron a aparecer letras. Y después llegaron las canciones". Y, a partir de entonces, tanto en Buenos Aires como en Madrid, no dejaron de llegar. Dejando en el camino, como le gusta citar al cada vez más Calamaro/Dylan --un personaje que no deja de materializarse desde aquella portada tan Bob de Alta Suciedad--, la sangre en los surcos.

"No me gusta hablar de títulos, sobre todo después de todo lo que se habló del título de Alta Suciedad", comentaba Andrés unos días antes, lejos de la intimidad hogareña, con lentes oscuros y bolso de fajina, esperando el despegue del avión que lo llevaría a uno de sus últimos shows de su más reciente gira española. "Una vez dejé entrever los títulos que estaba barajando, y desde entonces no dejaron de preguntarme sobre el asunto en cada bendita entrevista. Así que esta vez no quiero decir nada. Sólo esto: mi próximo disco se va a llamar Blood on the tracks, y se editó en 1974. Eso es todo lo que tienen que saber", comentaba entre risas, mientras se preocupaba por pegar una sticker con la foto de César Luis Menotti --encontrado de casualidad en el diario deportivo As-- en su grabador portátil de batalla. Justo cuando el avión con destino a Valencia anunciaba su despegue.

La ruta de ese último show, después de la llegada a la ciudad donde brilla el Piojo López, fue en combi a Castellón. Más precisamente a un pequeño pueblo de las afueras llamado Nules. Allí lo estaba esperando su banda, que había viajado en micro desde Madrid, para la prueba de sonido. Y para luego matizar la espera en camarines escuchando un clásico de la gira en el grabador del jefe: Machine Head, de Deep Purple. "Siempre lo escuchamos antes de cada show", aseguraba Andrés, ante la mirada atenta de Gringui Herrera y Guillermo Martín, sus dos guitarristas. La banda, para más datos, es la misma con la que Calamaro se paseó por Buenos Aires cuando Dylan y los Rolling Stones. Salvo un cambio: la inclusión del Sr. Clemenza en los parches, en lugar de Pomo. Lo que significa, por ejemplo, que Ciro Fogliatta es un lujo que lo sigue acompañando a Andrés en teclados. Y sirviéndole té en el backstage. Y sacándole fotos. La noche de Nules esgrimió precisamente una foto sacada en otro backstage, en otra ciudad, en otro show. En ella se veía la puerta del camarín de Andrés, reconocible por su nombre prolijamente escrito en una hojita pegada en la madera. Claro que lo que llamaba la atención era el cartel más formal, una placa de plástico, que indicaba el uso generalmente dedicado a esa oficina del estadio: "Control antidoping". Justamente.

Una de las canciones más felices firmadas por Andrés Calamaro en el último disco de Los Rodríguez, Palabras más, palabras menos, se llama "Diez años después". Un título que no es casualidad. Porque ese lapso --una década-- parece ser una constante recurrente dentro de la historia artística de Calamaro. La comparación, diez años antes. O diez años después. "Es que realmente hay como una historia de diez en diez", confirma Andrés. "Porque fue en el '83 cuando con Los Abuelos hicimos Mil horas, y diez años después, con Los Rodríguez hicimos Sin documentos. Y si en el '86 yo me quedé solo fuera de Los Abuelos, en diez años llegó el momento de ser solista nuevamente".

--Con Alta Suciedad da la sensación de que pudo reescribir la historia. Diez años atrás dejó un grupo de éxito para iniciar una carrera solista que fracasó. Y ahora lo hizo otra vez, salvo que de la manera correcta...
--Diez años siempre es mucho tiempo, pero en Argentina a veces no es suficiente. Pero la verdad es que una de las cosas de las que me siento orgulloso es que en Argentina la gente siempre trató muy bien a Los Rodríguez. En su momento, es cierto, fui castigado por el fracaso. Pero esta vez me parece que nadie se sintió muy ofendido porque me haya ido de Los Rodríguez.

--Es que aquella vez usted era el jovencito de la rima fácil, el que le robaba el protagonismo en el grupo a Miguel Abuelo. En cambio esta vez el consenso era que, al reiniciar su carrera solista, sólo iba a buscar lo que le pertenecía.
--Te voy a confesar algo. Tal como te decía antes, a diez años del éxito de "Mil horas" nosotros la pegamos con Sin documentos. Pero antes de ese disco, yo estuve a punto de volverme a Buenos Aires para grabar esas canciones allá. Estuve a punto de abandonar todo, realmente. Nosotros habíamos hecho un demo que es igual al disco, con dos canciones menos, lo mostramos en todos lados y nadie lo quería. Así que yo en un momento tuve una reunión con nuestro manager de entonces y con Ariel Roth, para decirles que me volvía a la Argentina. En aquel momento sólo pensaba en eso. Así que la oferta de Dro llegó en el momento justo.

--O sea que, pese al rechazo, usted confiaba en esas canciones...
--Confiaba en ese disco. Para nosotros, Los Rodríguez, fue un crack. O, según la ley de las papas fritas, un boom.
En uno de los tantos CDs que contienen los nuevos temas de Calamaro se puede leer claramente el siguiente título: Sintonía Sessions. El mismo incluye las versiones más acabadas de las brillantes nuevas canciones de Calamaro. Temas que serán éxito, temas que son clásicos instantáneos, con nombres como "Graciela", "Paloma", "La bomba" o "Victoria y Soledad". Sintonía es el estudio en el que Calamaro y su banda suelen grabar en Madrid. Sintonía es otro epicentro del actual terremoto compositivo del ex Rodríguez, junto al estudio casero de la calle Pez y el estudio de Javier en Buenos Aires donde se grabaron aquellas primeras canciones. Amplio y subterráneo, Sintonía es el reino de Calamaro y Guido Nisenson, el hombre detrás de las perillas del universo grabado del Andrés del último tiempo. Un lugar en el que hay sitio de sobra para que los músicos se pongan cómodos cuando llega el momento de grabar. Allí, por ejemplo, se puede ver cómo Guillermo Martín toca su guitarra con siete cuerdas. ¿Siete? Sí, siete: las seis de siempre, y una séptima que va del puente a su cintura, a ver si un zumbido rebelde desaparece de una vez por todas. "Es un truco que le vi hacer a Marc Ribot", le explica Nisenson a Página/12. "Mirá cómo toco la guitarra con mis partes más íntimas", bromea Martín, viendo cómo el cable se le pierde debajo de los pantalones.

Las sesiones de Sintonía son, en realidad, casi el último paso del proceso de gestación de un disco que ya se está haciendo interminable. Pero que sí tiene un comienzo preciso, recuerda Andrés.

--La primera letra, como te dije, la escribí en la noche de Año Nuevo. O el día de año viejo, como más te guste. Digamos que me sentí conmovido por algunas cosas que me pasaron, y me puse a escribir textos. Que es algo que no me gusta hacer, no me gusta escribir letras sin la música, porque así los versos parecen más vulgares. Sin embargo, escribí esas cosas y se las iba leyendo a mis amigos. Lo que ahora es la canción "Paloma", por ejemplo, la escribí durante un par de días en La Pampa, donde habíamos ido a tocar con el grupo. De ahí esa división de sílabas que tiene, ese espíritu de campo. Así fue que, cuando volvimos a Buenos Aires, pedimos prestado el estudio de Javier por un fin de semana. Y en esos dos días les puse música a nueve de esas canciones. Seis el primer día. Incluso me acuerdo de que esa primera noche, después de hacer las primeras tres, nos fuimos a ver tocar a Ciro Fogliatta con Botafogo, después cenamos, y luego volvimos al estudio a terminar otros tres temas. Era algo muy loco, porque nos metíamos a grabar sin tener la canción en la cabeza. Grabábamos una base musical, y después había que elegir letras, dándole forma a la canción en el camino. Me acuerdo de que la pregunta de siempre era, en el medio de ese trabajo, levantar la cabeza en el estudio y preguntarles a los que estaban del otro lado de la consola si ya teníamos canción.

--¿Nunca había trabajado así?
--Para Alta Suciedad por momentos fue así. Pero nunca batiendo esos records, y siempre sin testigos, claro. Al final, esas sesiones duraron una semana, y cuando se me acabaron todas las letras teníamos dieciséis temas. Al final vino Pappo y grabamos "Desconfío", y yo pensé: 'Bueno, es el disco grabado en una semana, dieciséis temas y un cover, no está mal'. Pero cuando volví a Madrid, luego de una semana o dos sin hacer nada, un poco paralizado, nos metimos con los músicos y Guido en un estudio a hacer otras cosas.

--Y ahí empezó a darse cuenta de que tenía más que el disco grabado en una semana...
--Claro. Por un lado tenía eso, y por el otro terminé teniendo otros veinte temas más. Después viajé a Nueva York a mostrarle el material a Blaney, y me di cuenta de que todo sonaba bien también allá. Y desde entonces no paré. Al día de hoy tengo unas ochenta canciones, y me daría lástima tener que descartar alguna. Así que aún no sé qué voy a hacer.

--Sea lo que sea, parece que va a ser un trabajo muy transparente, en carne viva.
--Mirá, como sucede siempre en la vida, será transparente de un lado, y espejado del otro (se ríe). Con la mayoría de las canciones, lo que pasa es que la gente que me estuvo viendo muy cerca en la época que las compuse sabrá a qué me refiero con cada palabra. Pero creo que la gente, cuando las canciones salgan publicadas, las hará propias. Como siempre.

--¿Este será su disco de adultez?
--Es el que voy a seguir escuchando cuando ya sea un adulto, supongo... Si sigo vivo cuando termine este año, y siguen pasando los años, diez o quince, a partir de aquí la gente podrá decir "mirá qué piola que es este viejo....".

--Qué es ese "si sigo vivo"?
--Y bueno... a veces pienso que el punto final glorioso para el próximo disco sería suicidarme (ríe).

--La inevitable pregunta final sería, entonces, si esta sangre en los surcos lo va a llevar hacia la sangre o hacia los surcos...

--Y la única respuesta posible es decirte que con la sangre no se jode, ¿no?


miércoles, 17 de septiembre de 2014

ARTÌCULOS - IN MEMORIAM - GUSTAVO CERATI: VUELTA POR EL UNIVERSO (Suplemento Radar - Pàgina/12, 7.9.14) // Parte II










PODER DECIR ADIÓS

Por Mariano del Mazo

 El arco de la vida artística de Gustavo Cerati, antes de la sorprendente escala de los cuatro años en coma tras sufrir un ACV, comenzó en los inicios de la democracia. Fue uno de los héroes posmodernos que al frente de Soda Stereo disolverían los últimos nudos del rock hippie y libertario, plantando la bandera del placer y la extrañeza, la reivindicación del artificio, una nueva pose y un nuevo look. Durante años, el clásico binarismo del rock nacional lo enfrentó a Luca Prodan, al Indio Solari y al rock más duro de las tribus barriales. Pero treinta años de carrera hicieron correr mucha agua bajo el puente. Cerati se convirtió en la figura más reconocida del rock argentino en toda América latina y después de la separación de Soda inició una carrera solista íntima y técnicamente brillante. El final del jueves pasado, cuando se anunció su muerte, abrió la puerta a un nuevo mito que ya puede empezar a analizarse entre el dolor y el cariño de sus seguidores.

UN HÉROE MODERNO

Por Juan Andrade

Hace menos de una semana, el lunes pasado, se cumplieron cinco años de la salida de Fuerza natural. En las entrevistas que dio por aquel entonces para apoyar el lanzamiento del disco, Gustavo Cerati enlazaba ese momento de plenitud musical con un hecho biológico que lo tenía movilizado: acababa de cumplir cincuenta años. Al revisar su discurso público a la hora de dar a conocer el nuevo material, hay una frase que resulta reveladora por su nivel de autoconciencia y su carga premonitoria. “Si yo me retirara ahora, en este momento –no creo que sea muy factible, pero supongamos que sí–, me iría contento, por Fuerza natural”, decía, hablándole a la cámara en un primer plano casero grabado en un negocio de ropa, entre voces infantiles y una pobre iluminación, en la escena que abría el EPK promocional del álbum.

Lamentablemente, hoy sabemos que Fuerza natural fue la última pieza maestra de su cosecha. Y también, podríamos agregar, del género que lo cuenta entre sus principales referentes: la corriente principal del rock argentino no fue capaz de producir otro disco capaz de dialogar de igual a igual con semejante nivel de genialidad y trascendencia para conjugar pasado, presente y futuro en un mismo paquete de canciones. Entre la tradición y la avanzada estéticas, la obra ceratiana está atravesada por una línea de tiempo paradójica. Va de “Ahora es nunca”, de su debut solista Amor amarillo, a “Siempre es hoy”, pero alcanza todo su esplendor en esa maravilla de riffs circulares que es “Déjà vu”. “Vuelve la misma sensación/ esta canción ya se escribió hasta el mínimo detalle”, canta Cerati. “Esto ya lo toqué mañana”, podría haber pensado el músico después de componerla, como exclama el alter ego de Charlie Parker en “El perseguidor”, de Cortázar.

“No tengo la pretensión de hacer algo nuevo, aunque cuando miro alrededor me parece que sigo proponiendo cosas”, le decía el músico a Mariano del Mazo en una entrevista a propósito del trabajo que cierra su discografía solista. Aunque podía afirmar que ya no se sentía interpelado por la idea de vanguardia, no hacía otra cosa que llevar hasta su límite el imperativo beatle de evolución y cambio con cada paso de su camino artístico. Lejos de especular o de refugiarse en su propio clasicismo, con Fuerza natural seguía ensanchando la avenida del mainstream criollo a partir de una búsqueda insaciable de nuevos carriles musicales. Nunca les temió a las nuevas olas, sino que las abrazó con ganas. En ese sentido, Cerati fue el heredero natural de Federico Moura: un héroe modernizador, un faro que alumbró hasta el final de sus días lo que había al otro lado del horizonte.

Si Ahí vamos había marcado un regreso al rock de guitarras distorsionadas, para activar un caleidoscopio de ecos retro que quizá pavimentó el retorno de Soda Stereo, Fuerza natural dibujó un relativo desplazamiento hacia una geografía hasta entonces no muy transitada en su obra: el campo, la ruta y la soledad del hombre en ese hábitat bucólico. De hecho, el grueso del material fue compuesto entre septiembre y octubre de 2008, en su chacra de José Ignacio, Uruguay. La profusión de guitarras, esta vez, se conjugó en clave acústica. Y también incluyó instrumentos como dobro, mandolina, lap steel y charango. Una paleta que le permitió darle pinceladas country a “Amor sin rodeos” o folk a “Tracción a sangre”, para finalmente pintar esa belleza minimalista que es “Cactus”, con su espíritu de zamba existencial.

En la huella que deja su discografía solista, Fuerza natural emerge como el trabajo que condensa y destila toda una gama de cualidades, elementos y nutrientes que podríamos denominar Factor C. “Es un como un compendio de mi carrera, pero expansivo”, decía el músico a la hora de definir el disco. Ahí están su fascinación por el rock valvular y la impronta de la viola eléctrica, pero también su debilidad por el pop electrónico y las programaciones. Su talento para crear estribillos instantáneos, memorables y de alto impacto popular, pero también el buen gusto para emplear frases y texturas que demandan un proceso de degustación más lento e íntimo. Esas canciones hoy suenan como una despedida que está a la altura de las grandes páginas de su historia, un capítulo que bien se podría titular “La Leyenda del Ultimo Moderno”.

NADA PERSONAL

 Por Sergio Pujol

Al principio, Soda Stereo no nos gustaba, dicho esto con cierta pretensión de vocero generacional. Puestos a la defensiva contra todo lo que oliera o sonara a posmodernismo –que en música se relacionaba con el reciclaje y el bricolage, pero también con la levedad y la falta de pasión–, las primeras canciones de Gustavo Cerati eran gélidas y perfectas, pero también sencillas armónicamente –eran años de petulancias tonales y atonales– y un tanto esquemáticas en sus ritmos, si bien Charly Alberti era un baterista radiante.

Pues bien, estábamos equivocados, si acaso se puede hablar así del gusto artístico en un momento dado. Afortunadamente, la belleza de aquella música, tan bien tocada y tan bien cantada, pronto conquistó a todos los adeptos posibles: a los incondicionales (fans), a los ocasionales (de menú sonoro variopinto y escucha de atención flotante) y a los desconfiados (cazadores infatigables del nihilismo del fin de la Historia). El arte de la canción de Gustavo Cerati se desprendió de sus posibles referentes, en un gesto de autonomía artística infrecuente en cualquier escena musical del mundo. Y ya no sirvió de nada rastrear influencias o tratar de entender el fenómeno local con explicaciones globalizadas.

La música se impuso de modo asertivo. ¡Qué bien sonaba ese trío, con cuánta independencia de gadgets electrónicos se movían sus integrantes! En ese sentido, Soda Stereo compartía con Los Redondos la destreza del vivo, el reto bien asumido de hacer música en tiempo y espacio reales. Pero todo eso sucedía sin perder esa misma cualidad de superficie muy pulida que al principio nos había maldispuesto. Sucedió que esa superficie tenía su reverso. Y que Soda Stereo tenía ironía. En fin, que las cosas no eran exactamente como parecían (¿no es eso el arte?). Que la sensualidad expectante de “Persiana americana” escondía más crítica que frivolidad. Que el mareo del que quería escapar el personaje de “Nada personal” remitía al sujeto angustiado de “Viernes 3 AM”. Que por más que el trío trabajara con obsesión su imagen, su look, su fotogenia escandalosa, su vicio por las pasarelas del estrellato, la fauna de sus canciones era tratada impiadosamente, con lo cual la mordacidad se refractaba en ese mundo “ochentoso” y volvía, lacerante, sobre los propios emisores. Y éste era un gesto de mucha audacia. Al fin y al cabo, ¿de qué servía pertenecer al jet-set?; ¿por qué resultaba tan difícil superar los amores de música ligera?; ¿qué clase de hombres y mujeres vivían inmersos en la “nada dietética”?; ¿hasta dónde había que caer para tocar fondo en la ciudad de la furia?

Es posible que al participar del disco de Leda Valladares Grito en el cielo, Cerati haya querido darse un baño de bagualas ancestrales, lejos de la locura masiva que había despertado Soda Stereo en la Argentina y en buena parte de América latina. Era un escape físico y espiritual. Un viaje en busca de sanación. Pero también era una manera de advertirle a cierto sector de su público que la figura del joven moderno y posmoderno (sólo en el rock estas categorías parecían equivalentes) era también una construcción artística. Y como tal, una estrategia para decir cosas poco agradables, nada corteses. Aún no sabemos si las canciones de Soda formarán parte del clasicismo del futuro. Por lo pronto, hoy nos ayudan a entender, como pocos artefactos culturales de su tiempo, cómo se pudo ser cuestionador y masivo (rockero y pop) en el país de Alfonsín y Menem.

AMOR AMARILLO

Por Sergio Marchi

Cada periodista que se dedica a una actividad específica termina repitiendo entrevistas a referentes o personalidades destacadas dentro de esa actividad. Es decir, hay tipos a los que uno sabe que terminará entrevistando... de nuevo. Esto permite prepararse mejor, pero también anticiparse a la sensación de la charla a producirse. Y en estas horas tan de torbellino tras la muerte de Gustavo Cerati, y sin querer arrogarme un grado de amistad que sería irreal, yendo directamente al núcleo de lo humano, lo que más recuerdo de él es que era el entrevistado ideal. No sólo porque era fácil para la conversación, un artista interesante y bien articulado con las oraciones, sino porque Gustavo tenía una calidez muy especial como ser humano. Gustavo era el mismo con el grabador prendido que con el grabador apagado; no impostaba, no se ponía en pose, ni cambiaba de lenguaje. Conversar con él era una delicia, porque era de los pocos tipos que pese a hacer miles de entrevistas que, i-nevitablemente, tenían muchísimas preguntas en común, se las arreglan para decir cosas diferentes en cada una de ellas y sin penetrar en la contradicción. ¡Carajo, qué era lindo entrevistarlo!

Siempre discutíamos de música y siempre tenía algo bueno que recomendarte. Confieso que su opinión (y la de Charly García) era la primera que buscaba en esos viejos listados de fin de año donde los músicos establecían sus preferencias sobre lo que habían escuchado en la temporada. Y si bien amé a los High Llamas, de los que me compré toda su discografía, no me convenció con los Hot Chip. “Para que veas lo fanático que soy –me dijo–; una noche después de tocar en River, sin cambiarme, así nomás, vestido de Soda Stereo, me fui a Crobar a ver un show de ellos que transmitían vía satélite.”



O sea, que no conforme con haber hecho saltar a una multitud en 2007, haberse tocado todo, haber bajado unos cuantos kilos durante la performance, Gustavo quería más música. Eso es lo que yo llamo amor a la música. Cualquier otro músico hubiese preferido un momento de relax, solo, acompañado, con su familia o con sus compañeros. Pero Gustavo no: su pasión musical no conocía límites.

Una noche he sentido miedo a su lado, por su violencia física. Afortunadamente, no era yo el objeto de ésta, ni tampoco algún otro ser viviente. Fue en la grabación del primer disco de Los Siete Delfines, la banda de Richard Coleman, en la que Gustavo oficiaba de productor. Empeñado en encontrar un sonido particular para la viola de Richard, sonido del que él no tenía la menor idea de cuál podía ser pero cuya existencia o no estaba dispuesto a verificar, zamarreaba con furia lo que se conoce como “pachera”; una suerte de interconector de cables, parecido a una vieja central telefónica. Y Gustavo era el telefonista loco, que sacaba y ponía cables en los agujeros, y no conforme con eso, los sacudía frenético, con una energía desmesurada para el material en cuestión. No recuerdo si encontró o no ese sonido, pero la imagen que me vuelve en estas horas es la de su cabeza enrulada haciendo headbanging mientras acogotaba a un cable inocente (y mis piernas recogidas de terror, como si fuera una mina aterrorizada por una rata).

Esa misma energía, Gustavo la puso a lo largo de su carrera. Pese a que su música podría dar una impresión de gelidez, Cerati era un tipo sumamente caliente y temperamental. Así lo recuerdo en un show demoledor que hizo Soda Stereo en Paraguay en el año 1988, donde parecía U2 con sangre italiana; o en el escenario de Club Buenos Aires, donde presentó el majestuoso Fuerza natural.

Cuando Soda Stereo todavía podía ser considerado un grupo nuevo y un poco plástico, grave error de juicio de los rockeros ya instalados, fue Federico Moura el que desde un reportaje alertaba sobre lo caliente que podía ser la guitarra de Gustavo. “Hot” fue la palabra que usó Moura, pero no “hot” en el sentido de “en boga”, sino con la temperatura de un río de lava. Soda mismo era un grupo caliente: los tres derrochaban fuego. En esta hora, donde todos lloramos a Gustavo, no hay que olvidarse de los dos mosqueteros que pelearon a su lado: Zeta Bosio y Charly Alberti, los cimientos de ese edificio en el que Gustavo oficiaba como “arquitecto del sonido”, tal cual lo definió hace pocas horas Charly García, con quien se quisieron muchísimo.

Gustavo fue un chico de barrio que hizo carrera grande, y como tal generó celos y envidias. Fue de esos compañeros de colegio que tenían los mejores promedios, pero a los que rara vez se los veía estudiando. Su inteligencia era natural y poderosa; su vocación también. No se lo veía en manada, pero sí en familia. Tenía todo por delante porque tenía el talento, las fuerzas y las ganas. Además de la enorme pérdida humana, habrá que resignarse a que no habrá música nueva de su parte. Las dos cosas, hoy, me resultan intolerables.

> UN CAPITULO DE BUENOS LIMPIOS & LINDOS, LA NOVELA DE VERA FOGWILL DONDE LA PROTAGONISTA ESTA OBSESIONADA CON LA FIGURA DE GUSTAVO CERATI

LO QUE SANGRA

Estoy sangrando. Mis piernas están llenas de sangre. Sin embargo siento una emoción tan grande que ningún sangrado me va quitar. No puedo creer lo que está pasando. Gustavo al fin se comunica conmigo. Pero no al pasar, sino con un fin directo a mí. Por fin. Soñé tantas veces en mi vida con este momento en el que él me habla con interés y no de paso. Me lo imaginé, tantas veces despierta, dormida, pero nunca jamás muerta. Comprendo...

El ya sabe lo que es esto. ¿Hace cuánto tiempo que está como yo? Con los ojos abiertos. Hace dos años, cuatro meses y cuatro días que tuvo su ACV. Es cierto, él está en coma. Pero no veo la diferencia de la coma y este punto suspensivo de poder mi alargada muerte. Igual yo pienso que está en pausa. La música tiene esa cualidad de poder ponerse en pausa y que siga cuando uno la enciende de nuevo como si no hubiera pasado el tiempo desde que uno dejó de escucharla. Gustavo es música. Por eso para mí está sólo en pausa.

Yo me mudé no bien lo trasladaron para estar en la manzana de la clínica Alcla donde está internado. No me dejaron verlo por más que fuera vecina. Y a Manuel sí lo dejaron, pero él no quiso. No puede, dice. Casualmente, se había terminado nuestro contrato en la otra casa y lo convencí a Manuel de cambiar de barrio. Y qué bien hice en mudarme cerca.

Cuando Gustavo se puso en pausa, yo planté un jazmín en una maceta que coloqué en la ventana de mi cuarto. Todos los días le ponía a la planta sus canciones preferidas y la planta crecía. Todos los días le cortaba una flor para llevársela a la clínica. Adentro de la maceta puse todo lo guardado. Cada ticket de cada concierto, cada boleto de colectivo a cada concierto y las copias de las cartas. Las originales, de puño y letra, se las pude ir dejando discretamente y con seudónimo en su camarín, suerte y beneficio que me daba ser la novia del plomo. Por las dudas se pierdan, siempre les hice varias fotocopias, no una sola. Mañas de archivista. Así que le entregué copias a su madre para que se las leyera estos años. Novecientas cuatro cartas, entre 1985 y 1987, escritas a mano, con una caligrafía excelente, materia que cursé en archivo. Supongo que se las habrán leído. Y que por eso está ahora acá. Lo veo hasta un poco más joven. ¡Me canta a mí!

–Somos cómplices los dos, / al menos sé que huyo porque amo. / Necesito distensión. / ¡Estar así despierto es un delirio de condenado!



–Te entiendo, es terrible... ¿Por qué no te cerraron los ojos tampoco a vos? Yo no tengo a nadie, pero vos... Es cierto, sí, te los cierran, te los lavan con gotas a diario. Lo sé, intentan que no se te queden pegados y deben abrírtelos al menos cada día varias horas.



–Como un efecto residual, / yo siempre tomaré el desvío. / Tus ojos nunca mentirán, / pero ese ruido blanco es una alarma en mis oídos.



–No es un ruido blanco, Gus; son los monitores nuevos de terapia que están muy blancos y hacen ruidos. Algunas personas locas hoy se compran el ruido ese constante para quedarse dormidos, se vende. Pero a vos no te funciona. No te dejan dormir...



–No seas tan cruel, / no busques más pretextos. / No seas tan cruel, / siempre seremos prófugos los dos.



–¿Cruel?



–No tenemos dónde ir. / Somos como un área desvastada, / carreteras sin sentido, / religiones sin motivo... / ¿Cómo podremos sobrevivir?



–No lo sé, me angustia que te estés enojando conmigo. Y espero que vos me digas cómo es esto y cuánto se puede continuar así...



–No seas tan cruel, / no busques más pretextos. / No seas tan cruel, / siempre seremos –y me repite al oído– / siempre seremos, prófugos los dos...



–No entiendo, ¿de qué huimos? ¿De la vida?



Gustavo no responde mi pregunta, se ríe de mí y me cambia de tema.



–Pude desaparecer, / pude decir que no, / pero el fin de la pasión / es que lo oculto se vea... / Vine a avisarte...



–¿Eh?



–Chica con ojos de ayer / sé que vibras también / la extraña sensación / de no pertenecer a este mundo, / como en un trance.



–Nadie me entiende más que vos.



–Ya tantas veces morí, / nunca me pude ir, / el arte de vivir / por encima del abismo, / estoy condenado a errar / de amor en amor... / Poseídos por el más allá...



–¡Qué horror! ¿Estás? Ya no te veo. ¿Te fuiste? –estoy desesperándome. Era él, me estaba hablando a través de sus letras, me impresiona su déjà vu, cómo es posible que las haya creado antes, tanto antes de tener la necesidad real de decirlas. Escucho apenas su voz; se está yendo, tiene un nuevo mensaje.



–Yo, caminaré entre las piedras / hasta sentir el temblor en mis piernas. / A veces tengo temor, lo sé, / a veces vergüenza... / Estoy, sentado en un cráter desierto, / sigo aguardando el temblor, en mi cuerpo. / Nadie me vio partir, lo sé, nadie me espera... Oh...



–La gente no sabe si partiste o no. La gente no entiende si el estado de coma es de ida o de vuelta, si es aquí o allá. Yo te estoy esperando. Te acompaño muerta.



–Hay una grieta en mi corazón un planeta con desilusión –me confiesa–. / Sé que te encontraré en esas ruinas, / ya no tendremos que hablar del temblor. / Te besaré en el temblor...



Y se va.



Estoy aterrada. ¿Y si ya se murió...? Y yo no me pude enterar. No pude ni leer el diario. ¿Será que vino a despedirse...?



No doy más... Estoy mojada de sangre. Menstrúo... Quieta, muerta, con los ojos abiertos, soy mujer de todos modos. Mi flequillo crece y comienza a taparme parte de los ojos.



–¿Gustavo...? ¿Estás acá o ya te fuiste?

Por Vera Fogwill

El 28 de diciembre de 2007 muere mi mejor amiga, Eleonora Margiotta. Yo tenía bocetos de la novela que había ido escribiendo durante varios años. Era una fábula en tono novela negra, cosa que se mantuvo, y los cuatro adolescentes con sus padres que me venían persiguiendo desde que la comencé. Al cabo de unos meses, hay una subasta en la Galería Catena de la obra de mi amiga, enorme artista, en donación para la contribución y sostén del Instituto de Oncología de la Fundación Angel H. Roffo. Voy, simplemente porque quiero, pero sin posibilidades económicas de donar nada a nadie. La primera obra que se subasta es la fotografía de una lechuza fucsia. Pienso, esa obra es mía, ella me la regaló y se la está llevando “esa”. En efecto, mi amiga me la había regalado, pero durante los dos años que me la regaló yo insistía que me la llevaba la próxima, junto con mis libros, mis discos, mis DVD, y todo lo que compartía con ella. “Amiga, siempre te voy a ver.” Era una forma de decirle: “No te podés morir, no te vas a morir, la próxima me la llevo”. Sonreía. Era hermoso, la única manera de hablar de todo eso que nos pasaba. “Nunca nos vamos a dejar de ver. Nunca.” Y así, una don nadie pudiente se llevaba mi cuadro. Luego se subastaron cuadros de paisajes, qué éxito que tienen los paisajes. Si supieran lo que significan esos paisajes. Para el final llegó la gran obra, la exponen a la subasta como un autorretrato. Su hija hermosa grita: “Es mi mamá”. Yo me callo. Sé mucho de su obra y no importa nada de lo que sé. Esa no es ella. Esa es Laurita. 

La foto es una mujer relativamente joven pero que sobre su cara tiene un espejo redondo y por eso sólo se ve su pelo, que impresionantemente es idéntico (la modelo y la fotógrafa) y sobre ese espejo se refleja al revés la frase NO EXIT (EXIT ON) del subte en Londres con un fondo de paredes rojas. Laurita cuando hizo esa foto estaba embarazada de Zoe, pero esto tampoco se ve. Si Eleonora hizo esta foto es porque estaba en anunciada salida y una tenía una obra para hacer y la otra, otra obra por dar a luz. Es una obra, no puedo llamarla fotografía, tan pero tan fuerte para mí, que pese a mis recursos nulos me embarqué en una deuda enorme que pagué durante un par de años para tener esa obra conmigo para siempre. Mis amigas. Ellas, hablando de salidas posibles, del on exit, no exit, de lo banal del exit, y no sé cuántos diálogos he tenido con ese cuadro que he ido corriendo de lugar hasta que halló el punto exacto, al lado de mi escritorio, en el año 2010 para verlo continuamente. Así siguió la cosa, en la mañana temprano limpiaba el vidrio del cuadro con vinagre (nada limpia mejor los vidrios). A la noche me sentaba a escribir y le ponía los discos de Soda Stereo o los solistas de Cerati. Sí, recorría así mi vida con ellas. Eleonora era fanática y yo me había decidido a hacerles un disco a sus hijos con la música que bailaba su mamá, con la música que escuchaba su mamá. Cerati estaba en prácticamente todos los armados. El 10 de junio de ese año Cerati tiene el ACV. Yo a fines de ese año ya tenía lista la novela, pero apareció un personaje más. Una narradora ON EXIT, en salida. No sabía si estaba viva o muerta, la seguí hasta el final. Quería hablar, bueno que hable y fue atravesando todas las historias (las seis que había) y todos los personajes. Como sonaba Cerati para mi amiga, de golpe sentía lo mismo que ahora, un temblor, una vibración. Fracturaba sus letras, hablaban más que antes, adquirían otros sentidos y así naturalmente el personaje nuevo se convirtió en la fan de él. Así que posiblemente Cerati sea para mí, mi amiga, de la que fui fan y fue su fan. De la que tengo videos de nuestros cumpleaños de quince bailando Soda Stereo, recuerdos de las colas en los recitales, de ir a bailar y escuchar Cerati. Ir a bailar, es una cosa que no existe más, pero en cualquier recuerdo estará Cerati. Atraviesa casi toda mi vida (desde el comienzo de la adolescencia) dejando hermosos rastros, emocionales. No tengo posibilidad de oírlo sin que me remonte al pasado y se me estrangule la vida. Nada transporta más mis recuerdos de amistad que su música. Gracias. Siempre gracias.

Una amiga que vive en París hace treinta años leyó la novela antes que nadie. Años más tarde, viene a Buenos Aires y se sorprende cuando ve un disco de Cerati: “¿Cómo? Pensé que era un invento. No sabía que existía este músico y ¡todo eso es verdad!”. Sí, todo es verdad, la novela está cargada de verdades y quién sabe, algún día será un libro de historia. Yo no inventé nada, transcribí ciertos hechos, ni siquiera puedo decir que la escribí. Fue un sueño intervenido por la realidad de este mundo, que tristemente convierte horrores inventados en realidades universales. Se apagó la vela que le encendí para mandarle luz a Gustavo. Duró lo que tardé en escribir. Gracias otra vez.

Fuente: Suplemento Radar, Pàgina/12. DOMINGO, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2014